Jorge Guardia. 3 septiembre

Los economistas gustan de curarse en salud. Suelen visualizar riesgos que podrían empañar sus proyecciones para tener una excusa y justificar gazapos. Lo vemos en los grandes organismos, como el Fondo Monetario Internacional (el papá de los tomates), el Banco Central (la mamá) y las firmas consultoras (hijastras). Todos señalan ominosos riesgos latentes en la economía internacional a causa de la guerra comercial.

Creo que la globalización y el libre comercio son fuerzas demasiado vigorosas para ser abortadas, por más obcecados que sean los políticos de turno

El FMI, en su World Economic Outlook, advirtió que “una escalada de las tensiones comerciales podría minar el sentimiento de los negocios y los mercados financieros e infligir una dentellada a la inversión y el comercio”. El Banco Central, en su revisión del Programa Macroeconómico, agregó una coletilla más mordaz: “El incremento de medidas proteccionistas en EE. UU. y represalias comerciales de los países afectados podrían incidir adversamente en el crecimiento económico global y generar volatilidad en los mercados financieros internacionales, con efectos adversos sobre flujos de capital, tipos de cambio y tasas de interés”. Las demás firmas consultoras también explicitaron sus desvelos. ¿Estaremos condenados?

No necesariamente. Yo he mantenido un grado de optimismo, aun en el 2016 cuando muchos pronosticaban la inminente renegociación de nuestro TLC; también, cuando Trump denunció el tratado entre México, EE. UU. y Canadá, y cuando impuso aranceles al aluminio, acero y otros. Su estrategia es golpear primero para desestabilizar al contrario y, luego, negociar. Creo que la globalización y el libre comercio son fuerzas demasiado vigorosas para ser abortadas, por más obcecados que sean los políticos de turno.

Hace unas semanas exalté el alto al fuego entre la Unión Europea y Estados Unidos; hoy me entusiasma el acuerdo que, en principio, lograron México y EE. UU. sobre el Nafta. A pesar de las críticas (The Economist lo juzga con dureza), los mercados lo vieron bien y las bolsas en casi todo el mundo reaccionaron positivamente: en Nueva York, el Nasdaq y Standard & Poor’s rompieron récords históricos y, a pesar del compás de espera con Canadá, hay expectativas inciertas, pero posibles, de que pronto se adherirá.

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Trump, por desdicha, tuiteó (casi lo escribo con “c”) cosas feas contra Trudeau y las bolsas recularon un poco. Esa energía maléfica que ostenta en las madrugadas debería emplearla en algo constructivo o, por lo menos, más placentero. Ojalá la hermosísima Melania ponga su granito de arena, por el bien de la humanidad.