Iván Molina Jiménez. 4 agosto

Al igual que Dante, quien descendió a los infiernos y después dio testimonio de lo que allí vio, este artículo –sin la ayuda de Virgilio ni la inspiración de Beatriz– efectúa un viaje similar, pero a un destino diferente: al averno burocrático de la Universidad de Costa Rica (UCR).

Meses atrás (“A la UCR le sobra el dinero”), indiqué que el nuevo sistema de evaluación de los proyectos de investigación, puesto en práctica en esa benemérita institución de educación superior, burocratizaba todavía más todo el proceso de revisión, con el aumento consiguiente en el número de horas laborales dedicadas a dicha tarea.

De haber conocido este nuevo sistema de evaluación, Dante seguramente hubiera añadido al infierno un décimo círculo

Tal distorsión es evidente en los nuevos formularios de evaluación de proyectos, ya de aplicación obligatoria en la UCR: en vez de favorecer la mejora y la innovación, pueden producir los efectos contrarios e incrementar, de manera desproporcionada, el costo de la revisión para los contribuyentes.

Pares. El nuevo modelo de evaluación estipula que los proyectos sean enviados a dictaminadores externos (pares), sin relación con los centros o institutos de investigación a los que pertenecen los investigadores que presentan los proyectos.

Con base en una escala de 1 (mínimo) a 5 (máximo), los pares deben calificar los siguientes contenidos de los proyectos: el estado del conocimiento sobre el tema que se va a investigar, la identificación de asuntos no investigados, la pertinencia de los objetivos, hipótesis y metas planteados, cuán adecuada es la metodología propuesta, el tipo de análisis a que serán sometidos los datos y la contribución que se hará al problema estudiado.

Hasta aquí, todo parece estar bien, pero el formulario establece que, aun cuando los evaluadores califiquen con la nota máxima (5) los distintos contenidos, están obligados a justificar por qué otorgaron esa calificación.

Por si esto fuera poco, los evaluadores, aunque hayan otorgado la nota máxima, son directamente emplazados para que indiquen cómo pueden ser mejorados los distintos contenidos de los proyectos.

Objeción. De todos los horrores que Dante encontró durante su viaje a los infiernos, ninguno se compara con las directrices establecidas en ese formulario, que parecen haber sido específicamente diseñadas para que los proyectos, aun los mejor planteados, siempre puedan ser objetados por algo.

Para empezar, puesto que por lógica es más simple justificar por qué no se asignó la nota máxima que explicar por qué se otorgó, el formulario crea un fuerte incentivo para que los contenidos de los proyectos sean calificados con valores inferiores a 5.

Tal incentivo es reforzado por la obligatoriedad en que están los evaluadores, aun si asignaron la calificación máxima, de sugerir cambios a los proyectos con la justificación de mejorarlos.

Al promover y respaldar esta evaluación “objetista”, la UCR propicia que, por más bien elaborados que estén, los proyectos sean devueltos a los investigadores para que los “mejoren”, en el marco de una relación desigual, ya que las evaluaciones de los pares son inapelables.

Todo este proceso tiene un alto costo en horas laborales, que en vez de ser empleadas en lo que debería ser el objetivo de todo proceso de investigación (la investigación misma), se utilizan innecesariamente en su etapa previa (la preparación del proyecto de investigación).

Innovación. Durante su viaje a los infiernos, Dante no encontró algo equiparable a lo que ha establecido la UCR en un segundo formulario, diseñado para que los Consejos Científicos de los centros e institutos evalúen los proyectos de investigación.

En ese formulario, se obliga a dichos Consejos a calificar, en una escala de 1 a 5, el siguiente contenido de los proyectos: “El tema abordado, problema o la situación a (sic) considerar, se enmarca en los intereses de estudio de la unidad académica en donde se ubica”.

Por tanto, si un investigador presenta una propuesta que se aparta de los intereses de investigación que predominan en un determinado centro o instituto, su proyecto va a ser calificado con la nota mínima (1).

Al evaluar el contenido en esos términos, la UCR no solo limita la libertad académica de los investigadores, en el sentido de que se les pena si se apartan de los intereses de investigación dominantes –con la posible violación de la libertad de cátedra–, sino que, de manera contundente, desincentiva la innovación.

Omisión. También en ese mismo formulario, los Consejos Científicos deben calificar “si los productos propuestos” en el proyecto de investigación “serán de beneficio para la unidad”, es decir, para centros e institutos.

Dante, en su célebre informe sobre el infierno, no reporta haber visto algo semejante a esto: ¡Que los miles de millones de colones que la UCR invierte en investigación son utilizados para crear productos no para el avance del conocimiento humano, no para provecho de la sociedad costarricense, sino para beneficio de los centros e institutos en donde se lleva a cabo la investigación!

Aparte de incentivar una evidente endogamia académica (investigar en función del centro o instituto a que se pertenece), tanto este formulario como el que deben completar los pares externos son omisos o imprecisos en relación con el tema de los productos de la investigación.

Productividad. En algunos sectores de la UCR ha prevalecido, durante mucho tiempo, la curiosa noción de que el informe final de un proyecto de investigación es el producto de ese proyecto, cuando se trata de dos asuntos completamente distintos.

Los informes no son el producto de la investigación: se escriben para rendir cuentas de qué fue lo que se hizo durante la investigación, para que nadie realmente los lea y para que descansen, eternamente en paz, en las polvorientas gavetas del olvido.

Precisamente por eso, toda investigación financiada con fondos públicos en la UCR debe culminar en un producto concreto, cuyo impacto pueda ser determinable, como el borrador de un artículo académico o de un libro, una base de datos, un procedimiento novedoso, una semilla mejorada o un repelente natural que sirva para espantar al mosquito transmisor del virus “ramashekis talamasois”.

Dado que el nuevo sistema de evaluación promovido por la UCR prioriza el proyecto más que los resultados de la investigación, los posibles productos quedan prácticamente al margen en los nuevos formularios, un indicador del total desinterés que hay en la institución por el asunto de la productividad.

Círculo. El nuevo sistema de evaluación, como se desprende de los formularios recientemente implementados, parece haber sido diseñado expresamente para objetar los proyectos a toda costa, para desincentivar la innovación y la productividad, para limitar la libertad de investigación y para promover la endogamia académica.

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Puesto que el proyecto de investigación es apenas una expectativa de lo que se va a hacer y de lo que se puede lograr, su relevancia es por naturaleza limitada en comparación con lo que verdaderamente importa: los resultados de la investigación materializados en productos concretos.

De haber conocido este nuevo sistema de evaluación, Dante seguramente hubiera añadido al infierno un décimo círculo: aquel en el cual el Ministerio de Educación Pública, en lugar de invertir más en la enseñanza preuniversitaria, raspa la olla para que una institución como la UCR pueda darse el lujo de implementar el más caro sistema de evaluación de proyectos de investigación que hasta ahora registran los anales de la civilización costarricense.

El autor es historiador.