Ronald Matute. 5 septiembre

El caso de la interminable construcción de la carretera a San Carlos es digno de estudio y debate en las facultades de Ingeniería de nuestro país.

Mala planificación, diseños deficientes, pifias, atrasos y hasta intrigas políticas convirtieron en una pesadilla el sueño que tuvieron los sancarleños hace más de 50 años.

La última empresa que estuvo a cargo de esta ruta, de 29,7 kilómetros, entregó la obra con un avance de solo el 60 %, luego de 14 años de trabajos y una inversión de $184 millones.

Vivimos en la tierra del nunca jamás, donde las mejores intenciones suelen estrellarse contra el muro de la chapucería.

La aparición de fallas geológicas en 73 puntos y un humedal que, al parecer, no fueron detectados en la etapa de estudios, ha generado enorme atraso y desperdicio de dinero.

Esto evidencia la enorme incapacidad que arrastramos como país para gestionar proyectos de esta envergadura con buena calidad y eficiencia.

Resulta inevitable recordar otras dolorosas experiencias como el “puente de la platina”, la trocha fronteriza, la carretera a Monteverde y la ampliación de la vía entre San José y San Ramón.

Ahora, el Consejo Nacional de Vialidad (Conavi) nos dice que terminar la carretera a San Carlos tomará, por lo menos, seis años más.

En otras palabras: los sancarleños que nacieron cuando las obras arrancaron, en el 2005, tendrán 20 años de edad cuando supuestamente quede listo el proyecto.

Es posible que esta generación haya crecido escuchando las historias de sus padres y abuelos sobre la larga lucha para contar con una ruta para transportar productos agrícolas, materias primas y turistas.

Conavi pretende desarrollar el nuevo cronograma en cuatro etapas e incluir la llamada “punta sur” para concluir la carretera en San Miguel de Naranjo.

¿Le creemos? Cuesta mucho hacerlo porque vivimos en la tierra del nunca jamás, donde las mejores intenciones suelen estrellarse contra el muro de la chapucería.

Además, el crédito que se piensa utilizar para financiar estos trabajos ni siquiera se ha solicitado y tendrá que pasar por un Congreso resfriado con el problema del gasto.

Los vecinos se muestran esperanzados de que la ruta, finalmente, alcance la velocidad crucero. En pocos meses. nos daremos cuenta si fue otro alegrón de burro o un intento serio para terminarla.

Ronald Matute es jefe de Información de La Nación.