Columnistas

Bajo el hielo prístino de los polos

Aunque el deterioro de la criosfera pone en peligro nuestra salud y la del planeta, despierta el hambre de obtener algún beneficio económico

Un viaje en barco desde el puerto de Róterdam (Países Bajos) a Yokohama (Japón), pasando por el canal de Suez (Egipto) es de aproximadamente 20.700 kilómetros. Si se siguiera la ruta del Polo Norte, la travesía entre ambos puertos se reduciría drásticamente a 12.700 kilómetros.

Por esto, aunque el deterioro de la criosfera pone en peligro nuestra salud y la del planeta, despierta el hambre de las potencias y de quienes están lo suficientemente al norte o al sur de obtener algún beneficio económico.

Comencemos por el norte. Desde hace varios años, Canadá, Estados Unidos, Dinamarca, Rusia, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia son plenamente conscientes de que el deshielo del Ártico puede abrir nuevas rutas comerciales, incentivar el turismo más septentrional y explotar en condiciones más favorables las grandes reservas de gas natural, petróleo y recursos minerales. Entre estos están diamantes, oro, zinc, hierro, plomo, uranio, torio, cobre, escandio e itrio. Los dos últimos, imprescindibles para que las baterías de nuestros teléfonos celulares, así como de nuestros autos híbridos y eléctricos, sean más eficientes.

Pero las potencias árticas —como se les conoce a estos países— no son las únicas que se frotan las manos pensando en el futuro. China tiene un pie firme en Groenlandia a través de la empresa Shenghe Resources Holding, la principal accionista de la compañía australiana Greenland Minerals Limited (GML), la cual, a su vez, explota la mina de Kvanefjeld, uno de los principales yacimientos de tierras raras del mundo.

Posiblemente esto motivó a que, el 1.° de abril del 2019, el entonces presidente Donald Trump le propusiera al gobierno de Dinamarca comprar Groenlandia, oferta que, por lo demás, fue rechazada, debido a que «la isla no está en venta».

Aunque en aquella oportunidad pensamos que se trataba de una broma típica del April Fools’ —algo así como el Día de los Inocentes en Estados Unidos—, vistas las posibilidades que se esconden bajo el hielo virgen, quizá no lo fue.

Sigamos por el sur. La actividad humana en la Antártida está regulada por cuatro instrumentos jurídicos internacionales. Se conocen como el Sistema del Tratado Antártico y la limitan a fines científicos. Sin embargo, gracias a la prospección geológica desarrollada hasta ahora, se conoce la existencia de excepcionales riquezas naturales en el continente blanco, entre ellas, la mayor reserva de agua dulce del mundo, yacimientos de minerales y tierras raras, además de petróleo y gas.

De igual forma, el cielo antártico, puro y limpio de interferencias de radio, es ideal para la investigación del espacio profundo y el seguimiento satelital. En su peor versión, también lo sería para el establecimiento de redes de vigilancia encubierta y el control remoto de sistemas de armas de ataque.

Del 14 al 24 de junio se celebró en París la Reunión Consultiva del Tratado Antártico, el instrumento jurídico base. Aunque los países signatarios originales y los adherentes consultivos, como se les conoce en la jerga diplomática, reafirmaron su compromiso para que la Antártida continúe siendo una gran reserva científica internacional, el fantasma de la explotación de los minerales e hidrocarburos antárticos flota en el aire.

¿Por qué? En primer lugar, porque vivimos en la era digital y la tecnología es sumamente intensiva en el uso de tierras raras que, como su nombre lo indica, son minerales escasos y además difíciles de reciclar. Y, en segundo lugar, porque el Tratado Antártico podrá ser revisado, modificado o derogado en el 2048 según lo acuerden las partes.

En este escenario tan inquietante, hay voces científicas que consideran que las reclamaciones territoriales existentes sobre la Antártida —que por ahora están congeladas— en realidad preparan el terreno para una futura explotación de los recursos naturales, con fines comerciales y militares, cuando por fin las potencias dispongan de la tecnología necesaria para rentabilizar la minería extrema.

Mientras tanto en los trópicos. Algunos países tropicales, imbuidos por la ilusión de separación, miran con distancia o desinterés lo que pasa en los extremos de la tierra, porque consideran que nos les afecta o les afecta poco. No obstante, la pandemia por la que aún atravesamos ha dejado muchísimas vulnerabilidades al descubierto. Una de ellas tiene que ver con el comercio internacional, que sí concierne a todos.

En el 2021, muchas empresas costarricenses han tenido que enfrentar aumentos sustanciales en el precio del transporte marítimo, rubro que de por sí ocupa un porcentaje muy significativo en la estructura de costos de las compañías.

Las tarifas se han incrementado por una serie de razones, entre ellas, los confinamientos sanitarios decretados por los brotes y rebrotes de la covid-19, el cuello de botella que se generó en el canal de Suez y por el acaparamiento de contenedores en dos estratégicos puertos asiáticos.

Evidentemente, toda posibilidad de acceder a rutas marítimas alternas más competitivas llama la atención de cualquier país o compañía, aunque esto suponga pasar por el Ártico.

La carrera tecnológica. Por otra parte, la tecnología avanzada tiene un peso creciente en todos los aspectos de nuestra vida cotidiana. Cuando las reservas actuales de tierras raras se agoten o simplemente disminuyan, es bastante probable que el mundo ponga sus ojos en el Ártico, la Antártida, la luna y los asteroides como posibles fuentes.

No en vano, en las Naciones Unidas se debate, desde hace varios años, sobre la «bioprospección marina» y la «minería espacial» y, desde esa óptica, se reafirmen con vehemencia principios como el de «no interferencia» en el caso del océano o el de «no apropiación nacional por reivindicación de soberanía, uso, ocupación u otra manera» del espacio ultraterrestre.

Si una potencia, un conglomerado de empresas o un tycoon —es decir, una persona multimillonaria, poderosa y exitosa en una determinada industria, como Elon Musk o Jeff Bezos—, desarrolla la tecnología necesaria para acceder a los recursos naturales más remotos, ¿quién podrá prohibírselo de facto? ¿Con qué velocidad estarán dispuestos los países a abandonar sus valores y compromisos para alcanzar la superioridad tecnológica? Esto nos indica que, aunque los instrumentos jurídicos internacionales son necesarios para la convivencia pacífica global, en algunas circunstancias tienen pies de barro.

Un ecosistema único y dinámico. La antropóloga española Noemí Villaverde relata en su libro Una antropóloga en la Luna, que la palabra inuit —término que se utiliza para designar a los distintos pueblos que habitan en las regiones árticas— es la forma plural de la palabra inuk, que significa alma o humanidad.

Así, inuit es la suma de muchas almas que no se cuentan ni se suman, porque son parte de un movimiento que continúa y sigue. Según Villaverde, «se trata de sentirse parte de y emocionalmente relacionado con un universo y una existencia colectiva que siempre es dinámica, y con ella ir existiendo, como una hebra en un tejido que se va gestando».

Si a miles de kilómetros, en el Ártico o en la Antártida, un bloque de hielo se fragmenta o se derrite para siempre por la actividad de un consorcio minero o de una superpotencia, ¿hacia dónde se inclinará la moral colectiva mientras disfrutamos de tecnologías novedosas y sofisticadas? En ese caso, ¿será posible continuar gestando el tejido de mundo?

manuelaurena@gmail.com

La autora es internacionalista.