Por: Irene Rodríguez.   15 abril
El estudio de la Universidad Estatal de San Francisco, EE. UU., indica que los teléfonos inteligentes facilitan que las personas puedan hacerse adictas a Internet. Fotografía: Universidad Estatal de San Francisco
El estudio de la Universidad Estatal de San Francisco, EE. UU., indica que los teléfonos inteligentes facilitan que las personas puedan hacerse adictas a Internet. Fotografía: Universidad Estatal de San Francisco

Los teléfonos inteligentes y las posibilidades de conectarnos a Internet en cualquier lugar y momento nos acercan a personas que tenemos lejos geográficamente o a quienes no podemos ver tan seguido. No obstante, en quienes desarrollan una adicción a Internet y al teléfono celular, este comportamiento aumenta el riesgo de depresión, ansiedad y los sentimientos de soledad.

Si usted dedica más de 30 horas de su tiempo de ocio semanal a navegar por Internet, descuida sus relaciones personales, pierde horas de sueño, no puede controlar el tiempo que pasa en línea o sufre ansiedad cuando apaga la computadora o si su celular se descarga, podría ser catalogado como ciberadicto.

El estar constantemente pendiente de mensajes entrantes o de si el teléfono suena o vibra, y tener activadas diversas alertas de noticias y de correos electrónicos entrantes, puede abrumar a quienes no pueden dejar un solo mensaje sin revisar o contestar, o no resisten el impulso de ver todas las notificaciones de inmediato.

Así lo señala un estudio de la Universidad Estatal de San Francisco, EE. UU., publicado en la revista NeuroRegulation.

¿Por qué nos hacemos adictos al celular? Según confirma Erik Peper, coordinador del estudio: "La adicción al teléfono inteligente comienza cuando se forman conexiones neurobiológicas en el cerebro. Esto funciona de una forma similar a como funciona la adicción a opiodes o a personas que toman oxitocina para aliviar el dolor".

En otras palabras, las notificaciones, vibraciones y alertas en nuestros teléfonos nos hacen sentir comprometidios a revisarlos y, para ello, utilizan los mismos caminos neurales en nuestros cerebros que se utilizan para alertar de posibles daños, como el ataque de un depredador.

Esto se complica cuando existen muchos trabajos para los cuales es necesaria la conexión a Internet, lo cual también pone en riesgo a las personas que necesitan estar respondiendo correos electrónicos laborales y resolviendo asuntos de trabajo en su tiempo de ocio.

Esto hace que la persona tenga menos tiempo de descanso y mayores posibilidades de adicción al trabajo. Tal situación pone en jaque la salud mental y esto, a su vez, hace que la ansiedad y la depresión pueden encontrar terreno fértil.

El estudio

Peper y su compañero de investigación Richard Harvey, entrevistaron a 135 jóvenes entre 18 y 35 años. Al analizar sus respuestas, se vio que cuanto más usaran los teléfonos, mayor era la sensación de aislamiento, soledad y ansiedad. Más aún: muchos decían sentirse "deprimidos".

Los investigadores afirman que esta soledad es consecuencia de tener menos interacciones cara a cara. También desaparecen otras señales no verbales de lenguaje que no pueden darse a través de un teléfono.

Asimismo, se encontró que esos mismos sujetos de estudio eran multistasking, es decir, estaban acostumbrados a hacer varias cosas a la vez: estudiar, comer, estar en clase y tener varias pantallas abiertas en su computadora.

Sin embargo, de acuerdo con Peper, este multitasking termina siendo un semitasking, es decir, la persona hace dos o más tareas al mismo tiempo, pero las hace con la mitad de la calidad o en el doble del tiempo que si realizara una sola tarea a la vez.

Además, los jóvenes que utilizaban más su teléfono celular eran más popensos a los problemas de postura y el dolor de cuello.

Esta no es la primera vez que una investigación asocia la adicción a Internet con depresión o ansiedad. En el 2010, psicólogos de la Universidad de Leeds, en Reino Unido, evaluaron el uso de Internet y los niveles de depresión de 1.319 personas con edades entre 16 y 51 años, residentes en el Reino Unido.

El documento, publicado en la revista Psychopathology, señaló que los jóvenes eran los más propensos a sufrir adicción a Internet, mucho más que que los usuarios de mediana edad. La edad promedio del grupo de adictos fue 21 años.

Además, los adictos tuvieron una mayor incidencia de depresión, de moderada a severa, que los usuarios no adictos.

En busca de soluciones

Peper y Harvey sostienen que así como nos podemos entrenar para consumir menos azúcar, también podemos hacerlo para bajar la adicción por Internet y el teléfono inteligente.

El primer paso consiste en reconocer que las compañías de tecnología son conscientes de cómo responde el cerebro humano y se aprovechan de ello. Una forma de comenzar este proceso de "liberación" es desactivando las notificaciones y limitando los horarios del día para responder correos electrónicos y para revisar redes sociales. Además, ayuda programar las actividades importantes de estudio y trabajo sin interrupciones del celular, para así concentrarse en lo que se está haciendo.

Otras medidas consisten en eliminar el uso de audífonos cuando se está caminando, para así ser más consciente de lo que sucede alrededor.

Buscar pasar más tiempo en contacto cara a cara con los seres queridos es otra sugerencia. Eso sí, mantenga el teléfono guardado en su bolso o lejos de usted, para que así pueda concentrarse en pasar tiempo de calidad con esas personas.

La psicóloga costarricense Ana María Agüero es de la misma opinión: "Busque momentos de 'desconexión'. Tal vez usted necesite Internet para el trabajo. Tal vez el tenerlo todo en el teléfono le haga más fácil trabajar, pero, una vez que llegue a su casa deje el teléfono a un lado y dedíquese a usted mismo y a su familia. O salga con sus amigos y ni siquiera vuelva a ver el teléfono".

"A veces necesitamos volver por un par de horas a aquella época de 1990 cuando nadie andaba con celular y si alguien tenía que comunicarse con uno, lo llamaba a la casa y tenía que esperarse a que uno regresara para hablar", concluyó.