Lucía Astorga. 28 septiembre
Los colaboradores de la empresa aún trabajan en el traslado definitivo al inmueble, ubicado al costado oeste del edificio Omni, donde concentrarán sus operaciones. Fotos: Mayela López
Los colaboradores de la empresa aún trabajan en el traslado definitivo al inmueble, ubicado al costado oeste del edificio Omni, donde concentrarán sus operaciones. Fotos: Mayela López

La noticia cayó como un balde de agua fría para los trabajadores de la Librería Lehmann: las puertas del edificio patrimonial, que sirvieron como principal acceso al negocio durante 103 años, cerrarían finalmente.

Así ocurrió el pasado lunes 16 de setiembre, una fecha que pasará a la historia y que nunca olvidarán quienes por décadas han laborado en este negocio familiar, incluso convirtiéndose en un segundo hogar.

“Cuando cerraron la puertas dije: sí, ya es en serio. Tuve que entrar en el proceso del cambio. No ha sido fácil, ha sido un sentimiento, correr, quitar cosas, trasladarnos, pues ha sido doloroso”, expresó Ana Rita Ramírez, administradora de la tienda.

Ana Rita Ramírez tiene 31 años de trabajar en la librería, actualmente ocupa el cargo de administradora de la tienda. Ha vivido con nostalgia todo el proceso de abandono del edificio patrimonial, ya que luego de tantos años de servicio, se ha convertido en su segundo hogar. Foto: Mayela López
Ana Rita Ramírez tiene 31 años de trabajar en la librería, actualmente ocupa el cargo de administradora de la tienda. Ha vivido con nostalgia todo el proceso de abandono del edificio patrimonial, ya que luego de tantos años de servicio, se ha convertido en su segundo hogar. Foto: Mayela López

Ramírez recuerda perfectamente cuando empezó a trabajar en la librería, el 17 de octubre de 1987, como vendedora, durante una temporada de tres meses. Regresaría el 2 de febrero de 1988, esta vez de manera de definitiva, ascendiendo con los años, hasta llegar a su puesto actual.

“Ha sido doloroso, pero somos positivos, tenemos que apoyar a nuestro patrón, don Antonio (Lehmann), queremos a esta empresa y tenemos que dar todo lo que se pueda por este lugar y un mejor servicio al cliente”, indicó.

El cambio también resulta extraño para quienes transitan por la avenida central. Algunos se detienen abruptamente, al percatarse que no pueden entrar por este acceso, otros miran con curiosidad a través de las puertas de vidrio, con la esperanza de conseguir un vistazo de cómo luce el interior sin la mercadería que caracteriza a este negocio, fundado en 1896 por Antonio Lehmann Merz.

“Los años que tenemos nosotros de estar aquí, los clientes ya reconocen esta entrada como la principal, ahora hay que ir acostumbrándolos a que estamos 50 metros este y 50 metros norte”, dice Miguel Morales, quien tiene 24 años de trabajar en la empresa; actualmente se desempeña en servicio al cliente.

“Tenemos la fe de que este cambio sea para bien, porque la empresa es muy fuerte y tenemos este otro edificio que son seis pisos; con el tiempo todo se va a ir acomodando (...) En estos días estamos poniendo una persona para enseñarle a la gente cómo llegar”, explicó.

Ricardo Solano empezó a trabajar en la Lehmann por primera vez en 1968, y sigue atendiendo a los clientes con el mismo entusiasmo y trato amable que al inicio. Foto: Mayela López
Ricardo Solano empezó a trabajar en la Lehmann por primera vez en 1968, y sigue atendiendo a los clientes con el mismo entusiasmo y trato amable que al inicio. Foto: Mayela López

La nostalgia también embarga a Ricardo Solano, quien ingresó a la Lehmann por primera vez en 1968, cuando tenía 19 años.

Su figura será una de las primeras que verán las personas cuando ingresen al comercio, ahora al costado oeste del edificio Omni. A sus 70 años está destacado en la sección de plumas y bolígrafos. Su voz suave también será lo último que muchos escuchen, cuando les desee un buen día o les agradezca por su compra.

En dos ocasiones se ha atrevido a visitar el edificio patrimonial, pero asegura que es “muy desagradable” verlo en la forma en que se encuentra actualmente, vacío y desprovisto de todo su mobiliario, productos y las personas que le daban vida.

“No es bonito ver esa parte del edificio desmantelado”, agregó.

También, expresó su desagrado por toda la situación que llevó a la familia a perder la titularidad del edificio y en general, por la forma en que las familias alemanas fueron tratadas a raíz de la Segunda Guerra Mundial.

Durante este conflicto, el gobierno costarricense dictó reglamentaciones para impedir que ciudadanos alemanes tuvieran acceso directo a sus bienes, como establecimientos comerciales, cuentas bancarias, fincas y plantas agroindustriales, entre otros; lo que se materializó en deportaciones, confiscamiento y expropiación de bienes, según recuerda el decreto ejecutivo que en el 2016 declaró la sede de la Lehmann como parte del patrimonio histórico-arquitectónico de Costa Rica.