9 mayo, 2012

En 1972 el Reino de Bután de la mano del rey Jigme Wangchuck tomó la decisión de desarrollar una economía nacional basada en las tradiciones budistas, para lo cual debían establecer un parámetro de medición de su desarrollo, que no estuviera ligado exclusivamente al crecimiento económico. Es así como nace la idea básica del Índice de la Felicidad Interna Bruta (FIB). Inicialmente este índice fue tomado más como una meta holística y un deseo, que como una política de Estado.

Fue hasta años más tarde, luego de la creación del Centro de Estudios de Bután, presidido por Dasho Karma Ura, cuando se establece un verdadero programa de Gobierno y una serie de sofisticados instrumentos de medición del bienestar del pueblo Butanés, basados en el concepto del Índice de Felicidad Interna Bruta (FIB). Hoy en día, todos los procesos de planificación estatal son filtrados, con el fin de asegurar que cualquier medida que se tome en el país no solamente no vaya en detrimento del bienestar de la población, sino que por el contrario, contribuya a fortalecer este.

Pilares de la felicidad. La medición del FIB está compuesta por nueve pilares esenciales que incorporan no solo las variables de medición tradicionales tales como: salud, educación, participación política, libertad de expresión, calidad de los gobernantes y desempeño medioambiental, sino también aspectos emocionales y variables culturales y filosóficas. Estos pilares están sustentados por setenta y dos indicadores que son la base de un estudio anual que se lleva a cabo con una muestra muy significativa de la población (cerca de un 2% de los habitantes del reino) en una entrevista que lleva más de dos horas, y que busca comprender a fondo la realidad material, emocional, cultural y política de cada encuestado, a fin de poder tomar de esa forma, decisiones de políticas públicas que acerquen al país a su meta original: la felicidad de sus habitantes. Pero la felicidad entendida en términos budistas. Felicidad como resultado de una búsqueda personal y colectiva del bienestar o paz interior.

Esta filosofía de gobierno y estrategia de desarrollo nacional, no responde, por lo tanto, a una ocurrencia o a una campaña electoral, sino que está respaldada y basada en los preceptos budistas (que la población butanesa practica en más de un 95%) y que encontró un sustento –no solo teórico–, sino en la vivencia cotidiana de una población profundamente religiosa que la asume con naturalidad pues, en el fondo, es lo que su cultura y sus tradiciones han buscado siempre.

Trasladar esa experiencia a occidente no es tarea fácil, pues para empezar, el concepto de felicidad budista, como resultado de una plenitud espiritual, ha sido mal entendida y se tiende a interpretarla simplemente como la alegría de vivir que, bajo los estándares y valores occidentales, puede ser algo muy diferente sino contradictorio con los preceptos orientales.

“Pura vida” engañoso. Seguramente por ello, la primera medición que, en el 2009, realizó el New Economic Foundation , el denominado: Happy Planet Index, pretendió establecer una medición basándose en algunos indicadores. En esta primer evaluación Costa Rica apareció en primer lugar y resulta fácil imaginar que para ello pesó de sobremanera el “pura vida” que puede engañar a cualquier analista, haciéndolo caer en la ingenuidad de creer que aquello es reflejo de un estado espiritual colectivo único de este país, y no más bien, nuestra triste realidad marcada por una actitud a veces de indiferencia a las realidades. No importando los altos niveles de corrupción, las desigualdades económicas de la población, el deterioro de la educación y de la salud que venimos padeciendo.

Nada más alejada de la experiencia butanesa en la que, por el contrario, cada individuo asumió como propio aquella meta y trabaja –responsablemente–, en busca de ella, como un proyecto-país asumido y consensuadamente aceptado por todos. Aquel resultado que en Costa Rica se convirtió en producto turístico y, peor aún, en eslogan publicitario de algún licor, evidentemente no refleja nuestra realidad, mucho menos, la de cerca de un 25% de nuestra población que vive en la pobreza.

Por ello, la presencia de la presidenta Chinchilla en la ONU la primer semana de abril, “promocionando” la felicidad de los ticos para “atraer” turistas e inversión como se anunció demuestra un poco incomprensión del tema. El FIB insisto, no es una competencia, es una meta-país que ni está asumida ni está aceptada en Costa Rica, ni es siquiera un objetivo o una política de este Gobierno. Nunca antes se había mencionado ni discutido el tema, y este surge, irónicamente, en un momento duro para el país.

La metodología empleada en el estudio de la ONU y el Earth Institute de Columbia University –presentado en la reunión sobre Bienestar y Felicidad a la que asistió la presidenta Chinchilla– refleja mejor, aunque seguramente aún lejos de la filosofía butanesa que sustenta el FIB, el bienestar general, colectivo e individual de los habitantes de cada país, y en el que –no por casualidad– Costa Rica ya no aparece como numero “uno”, sino como número “doce”.

Lograr mayor bienestar. La felicidad de un pueblo es el resultado de su bienestar. Solamente podremos aspirar a vivir en un país más feliz, cuando logremos un mayor bienestar para sus habitantes. Y este solo se logrará cuando las brechas de desigualdad se reduzcan. Solamente lo lograremos cuando la corrupción vaya en disminución y no en aumento, cuando la seguridad ciudadana sea una realidad que podamos percibir en las calles. Cuando no tengamos problemas de tráfico o consumo de drogas, cuando el sistema de salud vuelva a ser lo que originalmente fue en Costa Rica, cuando la educación sea nuevamente un ejemplo en la región. Cuando en el país volvamos a vivir en paz, con confort urbano, con satisfacción laboral, con seguridad, igualdad y tolerancia y en una sana convivencia con nuestro entorno natural.

Costa Rica, sin duda, alguna fue hace muchos años un país más feliz que ahora, un país con las características para ser un ejemplo en occidente como lo es Bután en oriente y hoy en el mundo. Por ello resulta importante comprender que estas mediciones no pretenden medir ni se refieren a la felicidad individual de cada habitante de un país, sino más bien, al bienestar colectivo. Lamentablemente en ese sentido, Costa Rica, en vez de acercarse, cada vez está más lejos de alcanzar ese bienestar. Por ello más que “promocionar la felicidad de los ticos” tendríamos que enfocarnos en recuperarla.