Jacques Sagot. 10 noviembre
Un retrato de 1881 de Johannes Brahms, quien vivió entre 1833 y 1897. Foto: Wikimedia Commons.
Un retrato de 1881 de Johannes Brahms, quien vivió entre 1833 y 1897. Foto: Wikimedia Commons.

Johannes Brahms es uno de los más altos pináculos en la historia de la sinfonía: el heredero directo de una tradición sinfónica que arranca con Haydn (104 sinfonías), Mozart, Beethoven, Schubert, Mendelssohn, Schumann, Bruckner, y que termina con Mahler, ya en pleno siglo XX. Existe un linaje, una clarísima noción de estirpe y de legado histórico entre todos estos maestros. Cada uno recogió la llama azul de la belleza de manos de su predecesor, y la pasó a su sucesor.

Cuando Brahms llega a Düsseldorf, desde su ciudad natal, Hamburgo, para conocer a Schumann, este le pidió que se sentara al piano y tocara alguna de sus composiciones. Al final de su ejecución, un estupefacto Schumann corrió a llamar a su esposa Clara: “Ven de inmediato: tienes que escuchar a este muchacho: es un fenómeno”. Clara quedó igualmente impresionada.

El joven Brahms, aún no oculto bajo su barba de Odín y su voluminosa barriga, con sus bellos ojos azules, y su timidez de adolescente le generó una verdadera conmoción: “Diríase una joven divinidad nórdica” –dijo, extáticamente–. Schumann corrió a publicar en la Nueva Revista Musical –que él había fundado– el que sería el último de sus artículos: “Un águila ha aparecido en el firmamento musical, Brahms es el hombre que tenía que venir, el legítimo sucesor de Beethoven”. Desgraciadamente, meses más tarde, Schumann se lanzaba al Rhin, acosado por la voz de ángeles y demonios, y era internado hasta el fin de sus días en el manicomio de Endenich.

Brahms se pasó a vivir en la casa de Clara y sus ocho hijos, para consolar a la viuda; pronto llegaron a ser amantes, realizaron viajes juntos y permanecieron en contacto durante toda la vida. Brahms sobrevivió apenas nueve meses a la muerte de Clara, acaecida en 1996. Ella fue su musa, su inspiradora, el arquetipo de la mujer ideal que siempre persiguió.

Fuera de Clara, Brahms no tuvo relaciones más que con prostitutas. Para él existía Clara –la Mujer, así, con mayúscula, el amor platónico que confirió sentido a su vida– y las más sórdidas meretrices de Viena (la ciudad donde desarrolló su carrera y vivió hasta su muerte).

Un comienzo auspicioso

La sinfonía era el alma misma de la música de Brahms. Todo cuanto compuso (conciertos, sonatas, música de cámara) pareciese estar imbuido del espíritu de la sinfonía: en cierto modo, eran sinfonías disfrazadas. Nos legó cuatro, y estaba pensando en una quinta cuando se lo llevó el cáncer del hígado y el páncreas el 3 de abril de 1897 a los 63 años.

Existe una relación de sinonimia entre Brahms y la sinfonía: era el género ideal para él, especialista en grandes formas, en enormes estructuras, en vigas pretensadas, en colosales diseños de ingeniería musical. Vean ustedes si le tenía respeto al género en cuestión, que le tomó 22 años resolverse a estrenar la Primera, en do menor.

Comenzó a trabajar en ella en 1854, el año mismo en que conoció a Schumann, a instancias de su mentor, que lo exhortaba a cultivar las grandes formas y dejar por el momento las miniaturas musicales. Pues no fue sino hasta 1876 que la Primera Sinfonía fue ejecutada, con la Orquesta de Karlsruhe dirigida por Otto von Dessoff, uno de sus más queridos amigos.

La obra no fue apreciada. Los críticos la llamaron “La Décima de Beethoven”, y no faltó quien señalara la evidente afinidad entre el tema de la Oda a la Alegría y la suntuosa, solemne melodía del movimiento final de la obra de Brahms. “Hasta un borrego puede darse cuenta de que los temas se parecen: lo importante es lo que yo, a diferencia de Beethoven, hago con el mío”, respondió soliviantado Brahms.

La Primera Sinfonía tiene en común con Beethoven mucho más que ese tema: la dramaturgia de ambas obras es la misma: la ética de la lucha y la victoria, la modulación del modo menor al modo mayor, el lema de Dante: per aspera ad astra (por el camino del dolor hacia las estrellas). Las tormentas que Brahms desata en el primer y cuarto movimiento, se resuelven en un final épico, grandioso (un coral religioso de los bronces), que sucede a implacable cabalgata de las cuerdas y el timbal. Es, a no dudarlo, uno de los finales más emocionantes de la historia de la música.

El mensaje básico de la pieza es, así pues, optimista: “en el mundo padeceréis aflicción, pero no temáis, que yo he vencido al mundo” -pareciese decirnos-. Es importante saber que Brahms tenía perfecta conciencia de estar sucediendo a Beethoven: ¿cómo no paralizarse ante semejante sombra? Fue por ello que, antes de estrenar su Primera Sinfonía, se fogueó en el manejo de la orquesta con dos serenatas en varios movimientos, y con las maravillosas Variaciones sobre el coral Saint-Anthony de Haydn.

Y una despedida amarga
Una imagen de Brahms a los 29 años en Hamburgo. Foto: Wikimedia Commons.
Una imagen de Brahms a los 29 años en Hamburgo. Foto: Wikimedia Commons.

Sin embargo si su Primera Sinfonía es una obra de luz, la Cuarta es amarga, oscura, opresiva, y llena de ira. Brahms había sido rechazado como director de la Orquesta de Hamburgo, su vida sentimental era un páramo yerto, y su instinto certerísimo le permitía intuir que su mundo, el del romanticismo decimonónico, estaba llegando a su fin, que su vejez coincidía con el fin de una era, y que en cierto modo él era el último eslabón de una cadena: cuestión de sensibilidad histórica y de comprensión de los fenómenos musicales que anunciaban el fin de la música tonal, de la armonía tradicional, de ese siglo que había sido pródigo en genios de todo jaez. La Cuarta es una sinfonía otoñal, llena de adioses, de profunda melancolía.

Afortunadamente, Brahms insertó en ella el exuberante tercer movimiento (un scherzo) que no es otra cosa que música gitana sublimada y ennoblecida, una página que con su exultación equilibra los demás opresivos movimientos de la obra. El último de ellos es un prodigio de técnica compositiva: se trata de una forma llamada passacaglia. En ella, el bajo armónico reitera sin cesar el mismo círculo de acordes, y sobre ellos el resto de la orquesta va elaborando las más insólitas variaciones, treinta en total, más la reaparición final del tema estructurador de todo el movimiento y la coda. El tema del bajo –en Mi menor, como toda la sinfonía– está tomado de Bach, y reaparece constantemente, sosteniendo la catedral sonora. Es la base –sólida, inconmovible– del movimiento. Todo lo demás son fenómenos de superficie, variaciones asombrosamente diversas.

Lo más pasmoso de todo es que Brahms se las arregla para hacer que este tema con variaciones sea, al mismo tiempo, una forma sonata, esto es, una estructura con una exposición, un desarrollo y una reexposición. La obra fue estrenada en 1884, bajo la batuta del propio compositor.

Brahms jamás volvió a la sinfonía, después de esta obra señera. En cierto sentido, agotó la forma de la sinfonía clásica (como lo observa sagazmente Debussy, quien nunca abordó el género). Claro que Mahler, Shotakovich y Prokofiev nos legaron sinfonías admirables, pero ya eran, esencialmente, otra cosa.

El genio inmenso de Brahms hace culminar pero al mismo tiempo cancela la sinfonía tal cual la creara el adorable papá Haydn, allá durante la segunda mitad del siglo XVIII.

Brahms el solitario, el solterón, el lobo estepario, el huraño, el gruñón, el frecuentador de la taberna “El erizo rojo”, el visitador de sitios de dudosa moralidad, le entregó el tesoro de su ser íntimo a su música, y le dejó al mundo todo cuanto en su persona era bastante menos que sublime. Una inmensa, inconciliable disonancia: tal fue su vida.

El concierto

El XI Concierto de la Temporada Oficial de la Orquesta Sinfónica Nacional será el viernes 16, a las 8 p. m., y el domingo 18, a las 10:30 a. m., en el Teatro Nacional. La agrupación interpretará el Concierto para violín y la Sinfonía N.° 1, de Johannes Brahms.

La Sinfónica será dirigida por su titular Carl St. Clair; además, contará con la participación de la solista Simone Porter (violinista). Los precios de las entradas oscilan entre ¢5.000 y los ¢ 20.000 dependiendo de la localidad; están a la venta en la boletería física del Teatro Nacional y en su sitio web.