120 años del Teatro Nacional: Recreando la imaginación

Equipo de trabajo. La gestión del Teatro Nacional ha tenido tres etapas muy claras. La institución ha evolucionado con el norte que le han dado sus diferentes directores

El Teatro Nacional de Costa Rica (TNCR) celebra 120 años activo con una de sus principales cualidades como institución cultural intacta: adaptarse a los cambios artísticos, políticos y sociales que le rodean.

Su trayectoria ha tenido 14 direcciones administrativas en tres diferentes etapas. La primera estuvo a cargo de la Secretaría de Fomento, que abarcó el proceso constructivo y se amplió hasta 1941.

En estos años, la programación y conservación del inmueble dependían del Secretario de Fomento y de cada administrador, que fueron los señores José Antonio Varela Salazar (1891-1897), Ruy Cristóforo Molinari Acchipatti (1897-1910), Fernando Mayoral Jiménez (1910-1915), Octavio Castro Saborío (1915-1917), Rafael Cardona Jiménez (1917-1919), Jenaro Castro Méndez (1919-1924) y nuevamente Octavio Castro Saborío (1924-1964).

Estos primeros años mostraron una institución tendiente a programar arte internacional con énfasis en compañías de ópera y zarzuelas europeas; actividades de las élites nacionales que acudían a bailes, veladas de caridad y eventos de Estado.

Mayor dinamismo

A partir de 1924, el Teatro Nacional acentúo su presencia como sede del arte y la cultura nacional, y comenzó a redoblar las funciones internaciones. No obstante, ya en la década de 1930, los espectáculos de extranjeros fueron superados por los artistas nacionales.

La larga gestión de Castro Saborío, historiador empírico, de afiliación militar y bolivariano empedernido, fue una fase de dinamismo total, con teatro de aficionados del país y un alza en la música nacional que se turnaron con el pensamiento científico, certámenes de literatura, exposición de artes plásticas y actividades estudiantiles. También fue usado por varios gremios, como educadores y movimiento feminista, los cuales fueron abriendo el lugar a distintos sectores sociales del país.

En esta administración, el Teatro Nacional pasó a ser una entidad adscrita a la Secretaria de Educación en 1941, con lo cual empezó un acercamiento entre educación y cultura, propiciado por el Estado.

Hacia 1947 –en el marco de un nuevo reglamento y su cincuentenario– se nombró una Junta de Vigilancia y Conservación que serviría como instancia de poder intermedia.

Con la Junta, se alcanzó una mayor expansión en la década de 1950, cuando el arte nacional aumentaba en los escenarios. Este crecimiento cultural estaba de la mano con la promoción de las artes desde el Estado, que para 1963 instauró la Dirección General de Artes y Letras. Un año más tarde, Castro Saborío falleció, tras 42 años como director, labor que sumó al quehacer del TNCR como bastión de la cultura nacional.

Al Ministerio de Cultura

Seguida fue la gestión de Manuel Rodó Parés, que promovió una cartelera clásica con énfasis internacional. Realizó importantes obras para la conservación del Teatro, logrando que lo declararan Monumento Nacional. Bajo su administración, la entidad pasó al Ministerio de Cultura Juventud y Deportes (MCJD) en 1971.

En esta nueva etapa y contándose con un ministerio dedicado al sector, el desarrollo artístico costarricense llegaría a su máxima expresión con el nombramiento de Graciela Moreno Ulloa como directora, quien tuvo como norte la renovación y el impulso de un Teatro multifacético, con producciones propias.

Así, surgieron iniciativas como el Festival de Jóvenes Coreógrafos, alianzas con las escuelas artísticas de las universidades Nacional y de Costa Rica, conciertos en el foyer y la paulatina apertura de galerías para las artes plásticas, lo que posibilitó sumar 433 actividades en 1975, 491 en 1984, 630 en 1986 y 793 en 1989. Se convirtió en un Teatro activo todo el año.

El trabajo de Moreno Ulloa colocó al Teatro Nacional en epicentro artístico mientras iba consolidando un modelo de trabajo especializado por departamentos, y un importante reforzamiento estructural al edificio, luego de los terremotos de inicios de la década de 1990.

Este crecimiento llevó a que en 1997 se celebrara el centenario del monumento con bastas actividades y la publicación de un libro.

Al finalizar este periodo, se gestó un cambio en la normativa del TNCR al proclamarse una ley y nuevo reglamento.

Relevo

El dramaturgo Samuel Rovinski Gruszco recogió el relevo y se abocó a impulsar la agilización de procesos, un acercamiento tecnológico, capacitaciones al personal y la coproducción de una oferta artística con énfasis en el arte costarricense.

Posteriormente, las direcciones de Jody Steiger Goodmen y Adriana Collado Chaves ahondarían la actualización de normas para el personal interno que se profesionalizaría en todas las instancias.

En el caso de Steiger Goodmen, ella apostó por programas artísticos tan queridos en la actualidad, como Teatro al Mediodía y Música al Atardecer; además de llevar puestas en escena ganadoras del Concurso Inédito de Dramaturgia, dentro y fuera del Valle Central, en un esfuerzo por abonar a la democratización del Nacional.

Estas acciones, unido al protagónico papel que el TNCR tuvo con la producción del Festival de las Artes por algunos años, permitió el acercamiento de nuevos y diferentes públicos. Uno de los pilares del periodo Collado Chaves fue la reestructuración organizativa del Teatro Nacional; su gestión contribuyó sustancialmente al proceso de inscribir el personal al Servicio Civil.

Ambas directoras lograron superar las 400 actividades anuales. La corta gestión de Inés Revuelta Sánchez dio énfasis a los eventos con artistas nacionales.

En este momento

Actualmente, el economista y mimo Fred Herrera Bermúdez, ha trazado su estrategia sobre grandes ejes. Por un lado, la conservación basada en el binomio de tradición e innovación, la implementación de un sistema contra incendio y la renovación del sistema eléctrico, entre otros.

Por otra parte, el trabajo de Herrera Bermúdez, ha colocado al TNCR en la mira de la opinión pública como un bien por cuidar. Además, retomó las producciones y ha logrado un valioso aporte al arte y cultura costarricense de la mano de su programa Érase una Vez, en convenio con el Ministerio de Educación Pública, que está llevando al Teatro Nacional a 40.000 niños y adolescentes de todo el país bajo la consigna de que todo costarricense debe visitarlo al menos una vez.

Además, ha lanzado puentes a la comunidad internacional con el programa Ventana al Mundo, que convoca a cantidad de países que aportan compañías artísticas y fortalecen vínculos culturales entre pueblos.

En su gestión durante estos 120 años, el Teatro Nacional ha mantenido el anhelo que impulsó la edificación de este monumento: recrear la imaginación.

El autor es sociólogo, Máster en Historia e investigador CICDE- UNED.

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