Revista Dominical

Tinta Fresca: Elegía de un adiós

Tantos recuerdos, tanta añoranza. El tiempo es una vía inexorable.... (Nombres ficticios me permiten compartir este relato de la vida real)

Siete y minutos de la noche. Mientras atendía a las visitas en la sala de su residencia, Nora Elena se ausentó un momento para asistir a su hija Matilde en la habitación, donde yacía la princesa, sufriente y lívida, bajo la luz tenue de una lámpara sobre la mesita de noche, donde no cabía un medicamento más.

Matilde era la hija mayor de Nora Elena, la única mujer de sus cuatro retoños.

Alta, espigada y carismática, desde niña hacía gala de un encanto natural, heredado de su mamá, inteligencia, vivacidad y alegría que la convertían en la pieza que encajaba perfectamente en la generación colegial de los sesentas y setentas en Guadalupe de Goicoechea.

Con el paso de los años, cuando alcanzó la edad adulta, Matilde fue una de las muchachas más lindas de Guadalupe, tanto que los varones se mostraban apocados al cortejar a semejante beldad. Porque Matilde era bella, simplemente bella.

Inclusive, las personas que le conocieron coinciden en que había un cierto paralelismo entre Matilde y la legendaria escritora nacional, Yolanda Oreamuno, pues, al igual que Yolanda, la belleza de Matilde había sido, paradójicamente, la causa de muchas de sus desdichas.

Un día, Matilde empezó a sufrir paulatinamente los embates de una dolorosa enfermedad que, en cuestión de pocos meses, flagelaron su juventud.

Conforme el mal avanzaba, la vitalidad de la joven se desvanecía, se apagaban sus ilusiones y el dolor lacerante bordeaba el drama de la postración. Fue entonces que los cuidados de Nora Elena para su amada hija se prodigaban de sol a sol. Era madre, amiga, enfermera, ancla, soporte y bastión, hasta el agotamiento.

Nora Elena fue una señora con quien cultivé una entrañable amistad. Digna, con una personalidad subyugante, su elocuencia convertía las tertulias que sosteníamos en cátedras de cultura general. Era una dama valiente, sincera, devota de sus afectos.

Cuando partió de este mundo, el 10 de abril de 2018, Nora Elena había afrontado con admirable estoicismo los fallecimientos de tres de sus cuatro hijos, giros de la adversidad que no habían hecho más que cincelar su granítico carácter, pues ella sabía cómo encarar las veleidades del destino, sin ceder ante los vendavales ni perder por ello el disfrute de las cosas simples.

En nuestras tardes de café, manejaba con tal destreza el arte de la conversación que el aroma de la bebida parecía matizar sus relatos y la descripción de otras épocas.

Escuchándola, las palabras de Nora Elena ejercían en mí la fascinación de un espectador cinematográfico al borde de una butaca.

Aquella noche, después de tranquilizar y despedir cortésmente a los allegados diciéndoles que podían irse a descansar, porque Matilde dormía plácidamente, Nora Elena retornó al lecho de Matilde. Bajó un poco la luz de la lámpara.

Acarició el rostro de ángel de mármol de su muchacha. La besó con el amor infinito que solo puede manifestar una madre, repasó a su lado los días de sol, las quimeras de su niñez, los encantos que insinuaba en la adolescencia, los años plenos de su juventud, las utopías que la chica jovial del Napo, como llamaban a su colegio, perseguía con especial devoción. Nora Elena evocó además las últimas conversaciones que madre e hija habían tenido. “No quiero que llorés, mamá. Mi deseo es que antes de dejar mis restos en la sepultura, me cantés una canción, ojalá un tango, con esa voz tan linda con la que Dios te ha bendecido”.

Tantos recuerdos, tanta añoranza. El tiempo es una vía inexorable. Mientras las agujas del reloj avanzaban hacia el centro de la noche, Nora Elena besó a su hija en la postrera vez, se acurrucó al lado de aquel cuerpo inerte entre las sábanas, la abrazó con exquisita ternura… Y esperó el amanecer.

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