Revista Dominical

Robert Durst, el magnate asesino que se burló de la justicia por 40 años

El estrafalario personaje, sospechoso de asesinar y desaparecer a su esposa; culpable de desmembrar a un vecino, y de matar a su mejor amiga, por fin recibió cárcel de por vida. La forma en que se autoincriminó parece un increíble chiste

Tanto nadar para ahogarse en la orilla. El adagio le calza perfecto a Robert Durst, heredero multimillonario de Simon Durst, quien logró consolidar una gran fortuna con negocios inmobiliarios en Nueva York en los albores del siglo pasado.

Dolor de cabeza para su familia desde su niñez, incluso antes que sufriera el suicidio de su madre -cuando él tenía solo 7 años- y la señora se lanzara desde el techo de la mansión familiar para acabar con su vida. En los últimos años su hermano Douglas y otros parientes han declarado a la prensa que Robert traía una especie de gen de “sociópata” desde su más tierna infancia.

Como mínimo, todos en su familia lo tildaban de “raro”.

Como fuera, lo que sí es un hecho es que Robert empezó a llamar la atención de la prensa en Estados Unidos a partir de 1982, cuando trascendió que su esposa Kathleen McCormack había desaparecido tras asistir a una cena con un grupo de amigas y jamás se supo de ella. Aunque las sospechas recayeron de inmediato en el esposo, el cuerpo nunca apareció y, ante la impotencia de los investigadores, tampoco hubo pruebas contundentes de que Durst estaba detrás del hecho.

Esto a pesar de que las agresiones que sufría Kathleen por parte de su marido eran de dominio público entre sus familiares y amigos, lo cual no fue suficiente para procesarlo pero sí para que empezara a figurar como un paria a nivel de la opinión pública.

Antes de continuar con la reseña de las extraordinarias -en el peor sentido- andanzas de Durst, hay que decir que el pasado 15 de octubre su nombre le volvió a dar la vuelta al mundo pero esta vez porque, al fin, la justicia estadounidense dictó cadena perpetua contra él, quien a sus 78 años luce severamente deteriorado.

Incluso, tan solo un día después de la condena, Durst fue hospitalizado de emergencia por haber contraído covid-19.

Marcado durante casi dos décadas por la extraña desaparición de su esposa, importantes medios estadounidenses volvían de vez en cuando sobre el caso, que se volvió incendiario cuando, el 24 de diciembre del año 2000 su mejor amiga, la escritora Susan Berman, fue asesinada de un disparo en la cabeza en su apartamento.

Una vez más, por razones que se explicarán más adelante, Durst se convirtió en “persona de interés” en el caso pero, tal como había ocurrido con su esposa, el rompecabezas que armaron los investigadores no alcanzó para llevarlo a juicio. No en aquel momento.

A la luz de los hechos era más que evidente que Durst, de contextura delgada, baja estatura y voz baja, parecía haberse vuelto adicto a un extraño sentido de impunidad. También hay que destacar su inteligencia académica, pues tras terminar la secundaria se licenció en economía y luego obtuvo un doctorado en la Universidad de California.

Esto volvía más extraña su trama de vida, que fue un paso más allá cuando, en setiembre del 2001, mató y descuartizó a su vecino en la ciudad insular Galveston, Texas, donde se había radicado Durst, para luego lanzar los restos a un río. La cabeza nunca apareció. Por este hecho Durst fue arrestado y llevado a juicio pero, a pesar de su descarnada descripción de cómo había desmembrado a Morris, un poderoso equipo de abogados logró que en el juicio -llevado a cabo en noviembre del 2003- saliera absuelto por, supuestamente, haber actuado en defensa propia.

Más tarde trascendería la hipótesis de que el asesinato se debió a que el magnate quería usurpar la identidad de Black.

Y aquí es donde comienza a tejerse la caída libre del asesino que había logrado salirse con la suya en lo que ya parecía un patrón de burla hacia la justicia y que, a la postre, terminó autoincriminándose por una torpeza casi infantil.

En medio de la tremenda bulla que arrastraba consigo el nombre de Robert Durst, el reconocido director y cineasta Andrew Jarecki decidió llevar la historia a la pantalla y en el 2010 estrenó la película All good things, protagonizada nada menos que por Ryan Gosling y que se basaba en la vida de Durst.

Este hecho fue, a no dudarlo, un parteaguas en la vida del estrafalario criminal, cuyo ego pareció traicionarlo y se sintió casi halagado al ver su vida plasmada en la pantalla grande, al punto de que fue el propio magnate quien buscó a Jarecki para ofrecerle una entrevista que finalmente se convirtió en el documental The Jinx: La vida y muertes de Robert Durst (2015), que ganó dos premios Emmy en el año de su estreno.

Y es aquí donde quienes hemos seguido la historia a lo largo de varios años, catapultada por el extraordinario documental -hoy disponible en HBO Max-, nos mesamos los cabellos al observar cómo al final del sesudo y extraordinario audiovisual -que desmenuza todos los casos criminales atribuidos a Durst y también crudas confesiones del magnate con respecto a su infancia-, es él mismo quien termina por aportar la prueba madre que hoy, finalmente, lo puso tras las rejas.

En los 53 segundos finales de la docuserie Durst comete una torpeza monumental, en la que confiesa al mundo lo que la justicia estadounidense no había logrado: en las postrimerías de 20 horas de entrevistas realizadas por Andrew Jarecki, en las que Robert se deslizó en medio de claroscuros sin admitir su culpa en los homicidios que se le atribuyen, al final se disculpa para ir al sanitario un momento.

El rodaje del documental sobre su intrincada vida estaba terminado. Las preguntas y los cuestionamientos sobre los tres asesinatos por los que lo venían señalando en los últimos treinta años cesaron con el grito de ‘¡corte!’, del director.

Una vez apagada la cámara, Robert Durst fue al baño para, especulan algunos, sacudirse un poco la angustia que lo invadió durante el rodaje. En el camino, las cavilaciones por haberse referido a tan serias acusaciones tomaron voz propia.

Ya fue... ¡Estás atrapado! ¿Qué diablos hice?... Los maté a todos, por supuesto”, murmuró, hablando consigo mismo sin percatarse de un pequeño gigante detalle: aún portaba en su solapa el micrófono de la grabación.

Increíblemente, el ‘descuido’ terminó por reabrir la investigación judicial que pesaba en su contra por los crímenes ya señalados.

El pasado jueves 14 de octubre, seis años después de lo que hoy se conoce como ‘el micrófono accidental’, Durst fue condenado a cadena perpetua por el segundo delito que cometió: asesinar a su mejor amiga, quien fue testigo del que, según se presume, fue su primer crimen, el de su esposa.

Pobre niño rico

No por nada la historia de Robert Durst ha tenido enganchadas a varias generaciones durante décadas, mucho más cuando él decidió abrirse a la prensa y, por ejemplo, contó detalladamente el suicidio de su madre frente a sus ojos y disparó una de sus frases más fuertes: “Desde que tengo memoria he tenido la posibilidad de gastar todo el dinero del mundo. Y eso no me ha conferido jamás un minuto de felicidad”.

La sentencia a cárcel perpetua ha extrapolado opiniones intensas en redes sociales sobre el caso, en el que muchos aplauden que finalmente el multimillonario cayera ante la justicia, y quienes afirman que, con todo y todo, la justicia no fue ni pronta ni cumplida, pues Durst tuvo unas cuatro décadas de impunidad antes de que recibiera su condena hoy, ya adulto mayor y con varias complicaciones de salud.

Para intentar entender este enmadejado caso, se impone volver a los orígenes: Robert Durst nació el 12 de abril de 1943, en Nueva York, con el “pan debajo del brazo”, es decir, en medio de la clase económica más alta de aquellos tiempos. Según lo afirma en el documental de marras, él observó el suicidio de su madre cuando solo tenía 7 años y luego ha afirmado que no solo lo llevaron al cementerio, sino que hubo un tumulto que terminó por maltratar el féretro y a la señora fallecida, lo cual, afirma, lo marcó de por vida.

Sin embargo, su hermano Douglas -uno de sus principales detractores-, ha declarado que no es cierto que Robert presenciara el suicidio de su madre y asegura que todas estas historias en las que trata de generar lástima, son invenciones, parte de su sociopatía.

Lo del suicidio de su madre sí es una realidad, pero el padre, Simon, se aseguró de que ni a Robert ni a sus tres hermanos les faltara la mayor abundancia material y comodidades posibles gracias a sus multimillonaria fortuna.

Recién había cumplido sus 30 años, ya desmotivado y sin intenciones de seguir con la empresa familiar, decidió montar una modesta tienda de alimentos saludables que llamó All Good Things (Todas las cosas buenas, en inglés). Sin embargo, la presión del padre hizo que abortara su emprendedurismo y a los tres años regresó a trabajar en las empresas familiares.

Fue por entonces que conoció a Kathleen McCormack, una joven auxiliar de odontología, con quien su vida parecía haber comenzado a cambiar. Sus tiempos felices están documentados en diversas tomas caseras incluidas en el documental The Jinx pero, a estas alturas, es abrumador atestiguar como el caso toma tintes siniestros cuando se ha considerado desde siempre a Kathleen, su esposa, como la primera víctima de su ‘inmunidad millonaria’.

La pareja se casó el 12 de abril de 1973, en Manhattan, justo el día en que Robert cumplía sus 30 años.

Hasta inicios de los años ochenta, la primera década de matrimonio pasó inadvertida del ojo público. Luego se sabría que, para ese momento, era de conocimiento de allegados y familiares las eternas discusiones entre ambos y las repudiables agresiones de Durst contra ella, que incluso le llegó a bloquear de todas las maneras posibles sus fuentes de ingresos económicos.

La última vez que se supo de ella fue el 31 de enero de 1982, después de salir de una cena con sus amigas rumbo a casa. Aunque las autoridades desplegaron investigaciones sobre lo sucedido, nunca se comprobó la responsabilidad de Durst en su desaparición y aparente muerte. De hecho, casi 40 años después no hay indicios de lo que ocurrió con su cuerpo y prácticamente está descartado que aparezca... a menos, claro, que Durst decida hablar ya en el invierno de su vida.

Las sospechas en su contra provocaron que Robert fuera separado de las empresas familiares por las fuertes sospechas que se cernían sobre él. Fue entonces cuando se radicó en Texas, en donde alquiló un pequeño apartamento en el que casi nunca estaba pero, cuando lo hacía, se vestía de mujer y fingía ser sordomuda. Así, evitaba el contacto con sus vecinos.

Vecinos que hablaron para el documental contaron que el millonario se conducía con perfil bajo, se depilaba las cejas, usaba una máscara y se vestía como una señora. “Era la mujer más horrible que he visto en mi vida, tenía los pechos caídos y colgantes de piel en los brazos y papada”, contó uno de los vecinos, entre risas, para el documental.

A principios del año 2000 ocurrieron dos repentinas muertes relacionadas con Robert: las de Susan Berman y Morris Black, la mejor amiga y uno de los vecinos del magnate.

Jauría demencial

A la escritora Susan Berman, la hija de un mafioso norteamericano y quien era su mejor amiga, Durst la mató el 24 de diciembre del año 2000 en Los Ángeles, California. Se trató de la culminación de un macabro plan.

Fue justamente por este crimen que finalmente, 21 años después, Robert Durst fue condenado a cárcel de por vida, todo gracias a la confesión involuntaria que realizó al final del documental ya mencionado. “Los maté a todos”, dijo claramente con el micrófono abierto.

Sus acciones no dejan de sorprender: hoy se sabe que horas después del crimen el asesino escribió una carta anónima a la policía para reportar el fallecimiento de la mujer, a quien él había ultimado de un balazo en la cabeza. Susan era la persona más allegada a Robert y al parecer ella sabía lo ocurrido con la desaparición de Kathleen.

A mediados de setiembre pasado, el cineasta Andrew Jarecki estaba en medio de una entrevista cuando recibió un mensaje de texto que esperaba desde hace años: se avecinaba un veredicto en el juicio por asesinato de Robert Durst, capturado después de su involuntaria confesión en el documental de Jarecki.

Según narra The Washington Post, de inmediato Jarecki dejó lo que estaba haciendo, fue a la casa de al lado y encendió un televisor. Es que el prestigioso cineasta llevaba sumergido nada menos que 16 años en el caso de Durst.

Y entonces finalmente sucedió: Durst fue condenado por asesinato en primer grado por la muerte de Susan Berman, de 55 años.

“Mi reacción al veredicto fue de un gran alivio”, dijo Jarecki. “Obviamente me sentí muy satisfecho porque este ha sido un proceso increíblemente largo”.

Un mes después, el 15 de octubre, se conoció el veredicto de cadena perpetua por el crimen de Susan, el cual se produjo después de múltiples intentos de procesarlo por delitos que abarcan casi cuatro décadas. Anteriormente había sido absuelto de asesinato en el 2001 por el asesinato de Morris Black, un vecino de 71 años en Texas.

Antes de conocerse el veredicto la familia de Kathleen McCormack, quien fuera su esposa, emitió un comunicado pidiendo que la justicia también obre en el caso de ella. Lo cierto es que todavía hay dos muertes sin resolver y la grabación de un ‘micrófono accidental’ podría ayudar a su esclarecimiento.

La caída

A pesar de que la única forma de procesar a Robert Durst ocurrió tras su tremendo error con el micrófono, las autoridades llevaban años tras las pistas que iba dejando el hombre en su errático comportamiento. Por ejemplo, un periódico hallado en la escena del crimen de Susan tenía la dirección de Dorothy Ciner, en Texas. La policía indagó a los vecinos y todos coincidieron en que la “extraña” mujer prácticamente aparecía por unos días, dos o tres veces al año, y no tenía contacto con nadie.

Los agentes revisaron la basura y hallaron recibos y documentos a nombre de Robert Durst. Se percataron de inmediato de que Durst y Ciner eran la misma persona.

En una investigación realizada en el 2015 por Vanity Fair, tras el estreno del documental The Jinx, la revista localizó a la última persona que vio con vida a Kathie, como le llamaban sus amigas a la desaparecida esposa de Robert. “Si algo me pasa, lo sabrás. Tengo miedo de que me haga algo”, fueron las palabras de Kathie a Gilberte Najamy. Ambas se encontraban en una fiesta en casa de Najamy. Kathie se despidió apresuradamente después de que, muy alterado, su esposo la llamó por teléfono.

No hubo mayor extrañeza entre el grupo, pues las discusiones de la pareja eran habituales. Ella incluso les había confesado que Durst la había agredido verbal y físicamente en varias ocasiones. Robert tardó cinco días en avisar a la policía de la desaparición de su esposa, lo que hizo, por razones obvias, que fuera sospechoso desde el primer momento.

Dieciocho años llevaba el caso de la desaparición de Kathie Durst cuando la fiscal del distrito de Westchester, Jeanine Pirro, decidió reabrirlo por la aparición de ciertos indicios de la muerte de Kathie, que nunca llegaron a confirmarse.

Pero un nuevo giro de los acontecimientos hizo que el caso recobrara vigencia, y fue el hallazgo en su casa de Beverly Hills del cuerpo sin vida de Susan Berman, la mejor amiga de Durst y quien también había sido muy allegada a Kathie.

La investigación concluyó que lo más probable es que su asesino fuera alguien de su entorno, ya que no había signos de forcejeo, ni en la entrada ni en el interior de la casa y la propia postura de la asesinada (de espaldas a su asesino) indica que no temía por su vida.

¿Qué hizo que se estableciera una vinculación entre su asesinato y la desaparición de Kathie Durst ocurrida dieciocho años atrás, además de la suposición de que conocía a su asesino? Siempre, según la investigación de Vanity Fair, por aquella época Susan en enfrentaba a problemas de liquidez y, después de pedir dinero a varios de sus conocidos, decidió recurrir a Robert, al que envió una carta en agosto del año 2000 pidiéndole $7.000.

Robert no contestó a esa carta hasta noviembre, cuando la reapertura del caso de la desaparición de Katy estaba en el aire. Entonces hizo una jugada: le envió a Susan un cheque de $25.000 a Susan con una nota: “No es un préstamo, es un regalo “.

De nuevo un callejón sin salida: en esta ocasión había cuerpo e indicios, una carta manuscrita muy probablemente de puño y letra del asesino e incluso un móvil. Se cree que Robert podía sospechar que Susan hablara con la fiscal del distrito Pirro y para evitarlo intentó primero sobornarla, pero después decidió asegurar el silencio de su amiga matándola. Sin embargo, no había pruebas.

No obstante, un nuevo devenir de los acontecimientos que parece diseñado como clímax de una película, tuvo lugar en septiembre del 2001. James, un adolescente de 13 años, pescaba junto a su padre en la costa texana del golfo de México, cuando lo que vio le hizo girarse hacia su padre y gritar: un torso humano desmembrado flotando en el mar. Sin cabeza, sin brazos, sin piernas.

La cabeza nunca apareció, pero gracias a las huellas dactilares la policía concluyó que el cadáver (más bien lo que quedaba de él) había pertenecido a Morris Black. Un registro en su casa determinó que el asesinato había tenido lugar allí y que su vecina, Dorothy Ciner, también parecía implicada en el caso ya que en su vivienda también se encontraron manchas de sangre de Morris.

Pronto se descubrió, como se explicó antes, que Dorothy no existía: para sus vecinos era una señora de mediana edad que a veces recibía a un tal Robert Durst. Bingo.

Robert fue arrestado poco tiempo después por el asesinato de su vecino, a la espera del juicio que determinara su culpabilidad. En Texas, quienes cometen asesinato al mismo tiempo que otro delito o aquellos que asesinan a un policía o a un federal permanecen en prisión sin fianza. No era el caso de Robert, que tras pagar $300.000 tenía como única restricción firmar en el juzgado una vez al mes.

Pero nunca volvió. Siete semanas estuvo a la fuga hasta que le capturaron por robar un sándwich en un supermercado. Llevaba $38.000 en su lujoso vehículo, así que enseguida se especuló con que Robert Durst quería ser atrapado en un alarde de fanfarronería, creyéndose por encima de todo y de todos.

Y así fue: Durst fue declarado no culpable porque supuestamente había asesinado a Morris Black en defensa propia. Un caso sumamente oscuro, pues nunca se explicó por qué razón desmembró el cuerpo. Nada que un poderoso equipo de abogados no lograra resolver.

Sin embargo, todo acaba y la suerte de Durst no fue la excepción. Tras su involuntaria confesión pública, la justicia por fin le echó mano y fue detenido en el 2015 mientras se escondía en un hotel de mala muerte, en Nueva Orleans.

Justo el día de su sentencia a cadena perpetua, Robert Durst fue diagnosticado con covid-19. “Está en un hospital y conectado a un respirador”, afirmó el sábado su abogado, Dick DeGuerin, en una llamada telefónica con la cadena televisiva NBC News.

“El jueves tenía una apariencia terrible, nunca le he visto tan mal. Le costaba respirar, le costaba hablar”, agregó.

Las fotografías de un Robert Durst totalmente desmadejado, casi muerto en vida, le dieron la vuelta al mundo. Y, por supuesto, provocaron una andanada de comentarios en redes sociales, muchos ironizando que a Durst, hasta cuando le va mal, le va bien. “Solo falta que fallezca sin haber cumplido un solo día de cadena perpetua en la cárcel. Sería el colmo de la buena suerte para un ser tan ruin”, escribió en Instagram Sareb Kaufman, el hijo de Susan Berman.

Lo asiste la razón. Visto lo visto, cuando se trata de Robert Durst cualquier cosa puede pasar.

Yuri Lorena Jiménez

Yuri Lorena Jiménez

Periodista de la Revista Dominical desde 1992. En setiembre del 2010 asumió como editora de Teleguía. Premio a la Mejor Crónica a nivel latinoamericano otorgado en el 2001 por la Sociedad Interamericana de Prensa.