Natalia Díaz Zeledón. 26 junio, 2016
Transvida atiende a mujeres trans que han abandonado sus estudios de primaria y secundaria. | FOTO: MAYELA LÓPEZ.
Transvida atiende a mujeres trans que han abandonado sus estudios de primaria y secundaria. | FOTO: MAYELA LÓPEZ.

El trabajo de la Fundación Transvida comienza en las calles y termina en las aulas.

“Es algo muy idiosincrático de Costa Rica. Acá, todavía, la educación se ve como una herramienta de cambio, la gente lo cree”, asegura la periodista Camila Schumacher, quien trabaja como maestra en Transvida.

Las clases que da semanalmente son una labor gratuita que, este año, atiende a 50 mujeres trans que quieren terminar su bachillerato pero que no encuentran una opción viable de enseñanza en la educación pública ni en centros privados.

A pesar de que, en el último lustro, el Ministerio de Educación Pública ha logrado avances para garantizar un sistema educativo que sea inclusivo y no discriminatorio, hay factores que se salen de sus manos.

“Ellas necesitaban un proyecto como este porque el Estado les ofrece un colegio nocturno y en la noche trabajan en prostitución y entonces no pueden estudiar. En un colegio diurno no pueden pasar porque se pasaron de edad. En los institutos privados no estarían exentos de discriminación”, resume Schumacher.

Dado ese panorama tan sombrío, es evidente que, para esa población, cualquier diferencia representa un cambio.

Al ser una población minoritaria –a falta de censos locales, Transvida utiliza el dato de que 1% de la población mundial es trans –, no ha sido difícil oprimir el rastro histórico de su existencia.

No obstante, existen y cada vez toman un papel más visible en la sociedad.

Una persona trans es aquella que no siente que su identidad de género esté acorde a su sexo biológico. Esta situación no tiene que ver con su orientación sexual ni cómo viven su sexualidad genital. Los activistas no consideran que sea una enfermedad mental o un problema emocional.

La transexualidad y la disforia de género aparecen nombrados como enfermedades mentales en manuales de diagnóstico

“No significa que porque vos te hiciste trans yo me voy a hacer trans. No es una cuestión de gusto, es una cuestión de identidad”, clarifica la psicóloga María Laura Hernández, cofundadora de la organización Trans-Formando.

Las mujeres trans son personas cuyo género biológico es masculino pero su identidad de género es femenina. Los hombres trans son personas cuyo género biológico es femenino pero su identidad de género es masculina.

Cada persona trans tiene circunstancias de vida particulares, como las tendría una persona cisgénero. Hay, no obstante, experiencias y circunstancias que son particulares a cada identidad trans.

Según argumentan las fuentes consultadas, las mujeres trans tienen más obstáculos para recibir una educación formal.

El rechazo familiar a sus identidades femeninas es más común y, por tanto, hay más posibilidades de que abandonen sus hogares y sus estudios. Son más susceptibles a vivir y trabajar sexualmente en las calles. Corren mayor riesgo de automedicarse y recurrir a prácticas de riesgo.

Por su parte, los hombres trans tienen mayor probabilidad de graduarse de secundaria. Los procesos de transición de género se realizan después de la pubertad; muchos son adultos legales cuando comienzan a vestirse de forma masculina.

El rechazo familiar también se consigna como una problemática; no obstante, es normal que la violencia intrafamiliar actúe de forma represiva, obligándolos a vestirse de forma femenina o negándose a llamarlos por sus nombres de hombre.

“Tenemos una salvedad. A diferencia de las chicas trans, en nuestra niñez y adolescencia la sociedad nos acepta andar en pantalón, la sociedad nos acepta andar con pelo corto y un montón de cosas que a nivel externo se ven normales y que para uno significan el mundo”, explica Vincenzo Bruno, un hombre trans tico que ocupa la vicepresidencia de la Red Centroamericana de Hombres Trans, conformada en noviembre del 2015.

Pese a esas diferencias, para toda la población trans la falta de educación es su peor enemigo: sin una sociedad informada abiertamente para reconocer su presencia es difícil contar con profesionales que se interesen en sus problemas particulares.

¿Cómo romper con el desinterés? Las organizaciones que tratan con estas poblaciones coinciden en que la herramienta más poderosa es educando: hablando abierta y respetuosamente sobre sus experiencias y sus problemas; invitando a que el gobierno y las instituciones públicas velen por sus derechos humanos.

TransWendy Vanessa Sánchez, Francini del Boca (atrás), Tiffani Segura y Sasha Chavarrí­a participan de la clases de español con la docente Camila Schumacher. Foto: Mayela López
Cuerpo ajeno, piel propia

En el 2014, la actriz estadounidense Laverne Cox se convirtió en la primera persona trans en aparecer en la cubierta de la revista Time . En el 2015, Caitlyn Jenner fue la primera persona trans en tener su propio reality show .

La exposición de ambas ha sacado a la población trans de las secciones de derechos humanos y sucesos; y las han incluido en la agenda de farándula y televisión.

Le ha dado a la población trans plataformas públicas y ha colaborado, lentamente, a disolver actitudes transfóbicas.

“Al ser figuras públicas, exponen su vida y al exponerlas, la gente se sensibiliza”, explica Hernández, psicóloga de Trans-Formando. “Al venir y mostrar tu corazón, estás abogando por la parte humana de la otra. Eso es lo que ha ido cambiando poco a poco las cosas”.

Fuera de esos casos aislados, las personas trans que usan su voz en espacios públicos no pertenecen a la farándula.

Son seres humanos comunes y corrientes que comparten sus historias. En ellas son comunes encontrar sensaciones de incomodidad con sus cuerpos porque no representan la forma en que actúan.

No obstante, encontrar información sobre qué es ser una persona trans es difícil. No hay estadísticas. La única forma de obtener información confiable es contactando a activistas trans.

A falta de estadísticas locales, se estima que 1% de la población mundial es trans

Asimismo, es más sencillo encontrar información sobre orientación sexual que sobre identidad sexual. Es por eso que, generalmente, las mujeres trans comienzan identificándose como hombres gays y los hombres trans como mujeres lesbianas.

Empero, estas etiquetas no bastan para autodenominarse a largo plazo.

“El proceso de transición lo empecé a los 19 años, cuando estaba en la universidad”, cuenta Tomás Campos, una persona trans que lidera desde febrero el espacio para hombres trans Síwo Alâr (hijos de la luna en lengua bribri). “Fue justamente porque en un curso tuve una lectura sobre hombres trans. Antes de eso no sabía que se podía ser trans. En ese momento, hice el análisis de lectura y comencé a investigar, a contactar grupos de apoyo. Así comencé la transición”.

Las mujeres trans sienten mayor incomodidad con las características físicas de su sexo biológico, especialmente hacia los que aparecen después de la pubertad: el vello corporal, el engrosamiento de la voz y el desarrollo de sus genitales.

Ante esas consideraciones físicas, las soluciones de transformación corporal más comunes son el tratamiento hormonal y la cirugía plástica.

“El concepto básico es dar las hormonas del género deseado en la cantidad suficiente como para llevarlo a los niveles normales de ese género”, explica el endocrinólogo Alejandro Cob, quien brinda tratamiento hormonal en la Clínica Los Yoses y es jefe del servicio de endocrinología en el Hospital San Juan de Dios.

Sin posibilidad de recibir estos tratamientos en la Caja de Seguro Social y sin dinero para acudir a endocrinólogos privados, muchas mujeres trans experimentan prematuramente con automedicación hormonal: consumen estrógeno (la hormona responsable de los caracteres físicos femeninos) pero no reciben supresores de testosterona (la hormona responsable de los caracteres físicos masculinos).

“La mayoría de chicas nos autorrecetábamos, nos automedicábamos. Les preguntaba a mis amigas qué estaban tomando y yo tomaba la misma dosis”, explica Victoria Rovira, una mujer trans que ahora recibe dosis de estrógeno acompañadas de supresores de testosterona y seguimiento de un endocrinólogo.

El uso de hormonas no es ilegal. Las pastillas anticonceptivas que consumen las mujeres cisgénero contienen, según la marca, cantidades determinadas de hormonas femeninas (estrógeno y progesterona). Los médicos también recetan tratamientos hormonales para las mujeres que experimentan la menopausia.

La automedicación tampoco es ilegal pero, en Costa Rica, es un problema de salud pública. En el caso del consumo de hormonas, las personas que se automedican tienen riesgo de padecer, entre otros, trombosis, inflamación en el hígado, problemas de presión arterial y colesterol.

Guatemala estima que la esperanza de vida de sus mujeres trans es de 35 años por la cantidad de asesinatos y acceso limitado a  salud

Campos asegura que durante el periodo que consumió testosterona, la Caja le proveyó de un seguimiento más estricto de su salud con análisis de sangre regulares para prevenir esas complicaciones.

La intervención quirúrgica es un proceso aún más complicado. En el país no se realizan operaciones de reasignación de sexo aunque hay médicos que hacen servicios de mastectomía (reducción de pechos) para hombres trans e implantes de senos para las mujeres trans.

Se consultó en distintas clínicas de cirugía plástica y ninguna confirmó realizar cirugías plásticas para modificar la apariencia genital (la vaginoplastia para las mujeres y la faloplastia para los hombres).

No obstante, la ausencia de profesionales capacitados para esta clase de procedimientos es uno de los problemas menos urgentes para la población trans.

El vacío es un problema social

Sin validación institucional de la población trans es imposible contar con datos estadísticos de sus necesidades.

En Guatemala, las organizaciones no gubernamentales distribuyen un dato escalofriante: la esperanza de vida de una mujer trans es de 35 años como consecuencia de de asesinatos violentos y acceso limitado a servicios de salud.

Natasha Jiménez, activista del espacio latinoamericano Mulabi, describe que la falta de esas cifras en Costa Rica es una combinación de “falta de financiamiento, voluntad política, capacidad institucional y segregación de este tipo de datos”.

La falta generalizada de información ha sido causal de que en Costa Rica las ONG se encarguen de problemas que en la vía legal aún no tienen una solución efectiva o, peor aún, pasan por desapercibido.

“No hay en Costa Rica ninguna formación especializada”, asegura la psicóloga María Laura Hernández. “Desde el plano investigativo la información es casi nula. A nivel internacional sí hay otro tipo de información pero en Costa Rica está muy poco desarrollado. Es un perfecto reflejo del interés que le hemos dado a la población trans”.

Además de su trabajo de difusión en Trans-Formando, Hernández es una de las profesionales que da acompañamiento psicológico grupal a los miembros de Transvida y, además, ofrece consulta privada.

“Hay algo muy claro, los profesionales en psicología no están formados para poder abordar temáticas de diversidad y en el tema trans aún menos. Es parte de lo que nos hemos querido enfocar desde Trans-Formando y buscamos a las universidades para poder formar a profesionales en formación, abordarlos a ellos para que lleguen a ser profesionales sensibles”.

Tan vacía está la investigación psicológica que la identificación trans todavía se categoriza como un trastorno llamado disforia de género (Asociación Estadounidense de Psicología) o se cataloga a la transexualidad como una enfermedad (Organización Mundial de la Salud).

“La población en general tiene mucha estigma hacia la psicología”, describe Tomás Campos de Síwo Alâr. “La mayoría cree que no es necesario tener un acompañamiento psicológico. Muchas personas trans deciden no llevar a cabo terapia individual porque es feo llegar a recibir un acompañamiento con un profesional y que le digan que uno está enfermo o que tienen un trastorno”.

TransLas organizaciones trans ofrecen servicios de acompañamiento psicológico grupal. Foto: Mayela López
El 17 de mayo pasado, el día Internacional contra la Homofobia, el Colegio Profesional de Psicólogos de Costa Rica emitió un pronunciamiento público en el que se “suma al llamado internacional para erradicar urgentemente todas las prácticas de patologización de las personas lesbianas, gays, bisexuales y trans”.

El documento fue suscrito por el presidente de la Junta Directiva del Colegio y el psicólogo activista Mar Fournier.

“Hasta donde tengo entendido, el tema trans no forma parte del curriculum de ninguna carrera de psicología del país”, explica Fournier, quien es docente de psicológica en la Universidad de Costa Rica y en la Universidad Nacional. “En mis clases es un tema que tocamos y sé de colegas que también lo hacen pero es a voluntad de que el o la profe lo quiera meter en el curso”.

Fournier asegura que no es que una persona trans requiera atención psicológica especializada sino que la ausencia de temáticas de diversidad sexual en los planes de estudio obstaculiza que los psicólogos comprendan de forma integral los procesos por los que pasa una persona trans.

“Todos los semestres hay por lo menos un grupo por cada curso que quiere trabajar un tema de estos. Quiere decir que sí hay interés de parte de los estudiantes pero que el currículum no está respondiendo a eso. A la gente que quiere trabajar el tema le toca formarse de manera autodidacta o en la calle”, dice Fournier.

De la buena voluntad

Entre tantas carencias, los servicios y espacios que existen se movilizan por la “buena voluntad”.

Pese a que académicamente no hay formación ni para psicólogos y médicos, sí existen profesionales confiables que están ofreciendo servicios de transformación física para los hombres y las mujeres trans.

“Uno ha venido reaccionando a dar el servicio que se requiere. Hace unos diez años, estos pacientes no consultaban. Se arriesgaban a hacerlo de forma empírica o automedicada con todos los riesgos que eso implica para la salud de la persona”, explica el endocrinólogo Alejandro Cob.

El nombre de Cob y otros especialistas en endocrinología y cirugía plástica no aparece en ningún directorio que la población trans pueda consultar.

Los pacientes que están en condición económica de pagar consulta privada obtienen los contactos por consejo de conocidos y recomendación de las organizaciones de las que forman parte.

A hoy, la Caja Costarricense de Seguro Social no ofrece ningún tipo de tratamiento de transformación física.

En el 2015, una mujer trans presentó a la Sala Cuarta un recurso de amparo para que la institución costeara una cirugía de reasignación de sexo en Tailandia porque no hay especialistas en el país que realicen el procedimiento. Los magistrados declararon sin lugar el recurso aduciendo que no contaba con un dictamen médico que justificara su petición.

Después de este caso, la Caja conformó, en noviembre del año pasado, una comisión para “valorar el tema de abordaje de las personas trans”, según explicó el doctor Hugo Chacón, jefe de Área de Atención Integral a las Personas.

“Todavía se está en la revisión de evidencia, de aspectos de seguridad, disponibilidad, de los diferentes abordajes”, explicó Chacón, quien añadió que la institución cuenta con lineamientos –específicamente para evitar tratos discriminatorios– pero que aún no genera un protocolo particular de tratamiento para la población trans.

“Se está revisando la documentación que, en algunos casos, es voluminosa; principalmente en el caso de tratamientos hormonales y, también, muy escasa en otros. Pero sí hay una comisión trabajando en eso”, reiteró Chacón.

En el área de salud, otro avance contundente está en proceso en el Ministerio de Salud. En noviembre del 2015 se culminó una propuesta inicial de Directrices técnicas para la promoción y garantía del derecho a la salud de gais, lesbianas, bisexuales, trans e intersex en Costa Rica .

El grupo de trabajo para su elaboración fue conformado por funcionarios del Ministerio y activistas investigadores tanto del Centro de Investigación y promoción para América Central de Derechos Humanos (Cipac) como de Mulabi.

Según detalló Natasha Jiménez, representante de ese último espacio, hace unas semanas se presentó el documento a la Dirección Regional de Rectoría de la Salud. “Para su implementación falta rato”, explica.

El texto contiene lineamientos generales para una política nacional que promueva el respeto al derecho humano de la salud de la población LGBTI. Ese objetivo se desgrana desde aristas médicas, sociales –como la sensibilización en casos de violencia dentro y fuera del núcleo familiar– y la resolución de “asuntos críticos” en la garantía de su derecho: la discriminación producto del desconocimiento y otras barreras institucionales.

La vía ejecutiva es una forma de presionar un cambio social que no se está generando de forma orgánica.

Aunque la percepción generalizada es que el último lustro ha sido más tolerante con la existencia de la población trans, las micro y macro violaciones a sus derechos persisten: aún no hay una forma de forma de garantizar que las personas trans sean tratadas acorde a la identidad de género que elijan en las instituciones públicas.

Por ejemplo, no hay forma de garantizar que una persona trans internada será ubicada en un salón hospitalario del género que, por su identidad, le corresponde.

El largo brazo de la educación

El reconocimiento institucional de las identidades de las personas trans ha sido un proceso lento.

En mayo, la Universidad de Costa Rica anunció que sus carnés podrán llevar el nombre ubicado en el “conocido como” de sus cédulas de identidad.

El Tribunal Supremo de Elecciones permite el cambio de nombre como lo permite para el resto de ciudadanos. El artículo 54 del Código Civil consigna: “todo costarricense inscrito en el Registro Civil puede cambiar su nombre con autorización del Tribunal, lo cual se hará por los trámites de la jurisdicción voluntaria al efecto”.

Aún así, el trámite es engorroso. Para efectos prácticos, es mejor consignar su nombre público en el “conocido como”.

“Mi cédula dice Vincenzo Bruno y más bien el conocido como que me puse es Enzo Bruno porque mi nombre es como complicado”, explica el activista. “Fue un proceso difícil y desgastante. La decisión depende de un juez y si esa persona dice que no la respuesta es no. Yo tuve la gran suerte de que como testigo puse a mi pareja y al oírla el juez se sensibilizó. Es que si tenés el ‘conocido como’ y entregás tu tarjeta en un supermercado te hacen mala cara: tenés un nombre de mujer y sos un hombre”.

Para la psicóloga María Laura Hernández, este tipo de experiencias redundan en que las personas trans se sientan obligadas a revelar sus experiencias personales.

“Llega un momento en que las personas trans lo dicen: la vida de activismo es una vida de exposición: son chicas y chicos que, a nivel personal, se sienten forzados a revelar sus sentimientos o revelar su historia para que la gente los entienda”. asegura.

Las fuentes consultadas persisten en que la educación es la herramienta más consistente para lograr un cambio social, una supresión paulatina de la transfobia.

Trans Foto: Mayela López
Desde el 2008, el Ministerio de Educación Pública (MEP) puso en práctica un manual de prácticas para minimizar conductas de discriminación y el bullying en centros de educación. En el 2015, el MEP se declaró “como un espacio libre de discriminación, incluyendo la discriminación por orientación sexual e identidad de género”.

En enero pasado, el Ministerio avaló el programa de educación abierta que ofrece Transvida. El programa mantiene 50 cupos para estudiantes, ajustados porque todavía les faltan más recursos. Una de sus estudiantes ya se graduó de bachillerato.

Es importante mencionar que Transvida, Síwo Alâr, Hombres Trans Costa Rica y Trans-Formando ofrecen servicios de talleres informativos para empresas e instituciones. A falta de legislación particular, la educación es es el único músculo que pueden operar.