Revista Dominical

Errores ortográficos, papel de tela de algodón y otras curiosidades del Acta de Independencia

En total son tres páginas que declaran a Costa Rica como una nación independiente de la Corona española. Recientemente, el documento pasó por un exhaustivo proceso de restauración y, para preservarlo, ya no se exhibirá públicamente.

A simple vista parece un libro de actas más. Tiene una encuadernación sencilla, con tapas que asemejan cuero en color café, y posiblemente no atraparía la curiosidad de quien lo tuviera al frente.

Su título llano, Actas del Ayuntamiento de Cartago de 1821, no ayuda mucho. Al abrirlo, su primera página no es muy diferente; allí adelanta que se encuentran las actas que van desde el 1.° de enero hasta el 31 de diciembre de ese año.

Sin embargo, ese libro tan sencillo deja de ser uno más del depósito histórico del Archivo Nacional cuando la fecha y el lugar se asocian al año y a la provincia en que se oficializó la Independencia de Costa Rica.

En la página 126, a la mitad de la hoja, donde comienza el acta número 57 -con fecha del 29 de octubre-, se encuentra ese documento del que tanto nos hablaron en la escuela y en el colegio, en las clases de Educación Cívica y Estudios Sociales.

Allí está la “hoja de nacimiento” de Costa Rica, esa que la declara como una nación libre e independiente. En ella se lee textualmente, con faltas de ortografía incluidas, lo siguiente: “(...) Haviéndose leído también un manifiesto de Guatemala sobre el verdadero aspecto de su independencia por unánime voto de todos los circunstantes se acordó: 1. Que se publique, proclame y jure solennemente el jueves 1° de noviembre la independencia absoluta del Govierno Español (...)”.

Fue así como Costa Rica descartó continuar siendo parte de la Corona española.

En total, son tres páginas escritas a mano por un escribano de la época, un trabajo que pocos realizaban en ese entonces.

“Había muy poca gente que sabía leer y escribir, entonces el trabajo del escribano era un puesto que otorgaba el Gobierno y solo esas personas tenían autorización de poder escribir en ese documento”, comentó Javier Gómez, historiador del Archivo Nacional.

“Además es un documento oficial, con sellos, y que era un negocio para la Corona, ya que la Corona vendía el papel y prácticamente, si no estaba escrito en ese papel, no tenía validez. Entonces el escribano era el único que podía escribir, a excepción de las personas que firman”, agregó.

El Acta de Independencia está firmada por 28 personas, incluidos Gregorio José Ramírez (legado por Alajuela), Cypriano Pérez (legado por ‘Eredia’), Rafael Francisco Osejo (legado por Ujarrás), Juan de los Santos Madrid (legado por San José), Bernardo Rodríguez (legado por Barva), Visente Fabrega (delegado de los ayuntamientos de Bagaces) y Joaquín Carazo (secretario de cabildo).

Una historia

“En la ciudad de Cartago a los veintinueve días del mes de octubre de mil ochocientos veintiuno, con premisas de las plausibles noticias de haverse jurado la Independencia en la capital de México y en la provincia de Nicaragua, juntos en cabildo extraordinario y abierto el Muy Noble y Leal Ayuntamiento de esta ciudad, los señores Vicario y Cura Rector, el Ministro de Hacienda Pública, innumerables personas de distinción y pueblo, se leyeron dos oficios y bando del señor Gefe Político Superior don Miguel Gonzales Saravia en que conforme al voto de los partidos de Nicaragua se juró en León el día once del corriente mismo la independencia absoluta del Govierno Español y baxo el plan que adopte el Imperio Mexicano”.

Así, textual, inicia el escrito de tres páginas con el que Costa Rica comenzó a escribir su historia; un escrito que hasta la fecha, se mantiene intacto.

Sin embargo, su buen estado actual, no es obra de la casualidad. Un grupo de expertos, quienes recientemente desempolvaron el documento, son los responsables de que pueda estar en óptimas condiciones por al menos dos siglos más.

Al intervenirlo, los expertos encontraron que tenía algunas aberturas y estaba poco legible por la oxidación. De hecho, su deterioro se debía a que desde su llegada al Archivo Nacional, a finales del siglo XIX, el documento se exhibió una y otra vez en diferentes sitios y fue manipulado por una gran cantidad de personas.

“Tuvimos la oportunidad de pasarle una manita a uno de los tesoros del país, el cual nos recuerda quiénes somos, de dónde venimos y para dónde vamos. Por eso yo rescato la idea de poder repararlo, para que el día de mañana, quienes vienen después de nosotros, puedan leerlo, entenderlo y reconocer que en este trabajo que hicimos queda un documento histórico, que se va a poder consultar en 200 años. Es decir, es un legado para el futuro”, explicó Alexander Barquero, director del Archivo Nacional.

El delicado y riguroso proceso de restauración del Acta comenzó hace aproximadamente año y medio. Entre los expertos que participaron en el proyecto habían químicos, microbiólogos, biotecnólogos, conservadores de arte y restauradores de Costa Rica y de Italia (Florencia).

Al Acta se le realizó una limpieza especial, se le revirtió el proceso de oxidación y se le creó un contenedor único para asegurar su adecuada conservación.

Con ello, se asegura que uno de los documentos más importantes para Costa Rica perdure en la historia.

De curiosidades

El Acta es un documento muy particular, al igual que la mayoría de escritos de la época.

Por ejemplo, las hojas del documento están hechas de papel de algodón, que según explica Paola Agüero, química de la Universidad de Costa Rica (UCR), se hacía con retazos de tela que se deshilachaba y, a partir de ahí, hacían el papel.

Además, la tinta de la pluma con la que se escribió el Acta es muy acorde a la época. Se trata de tinta ferrogálica, compuesta por hierro y una serie de ácidos orgánicos provenientes de los árboles y que, en ocasiones, se les adiciona miel o vino. Esto fue lo que provocó, en gran medida, el deterioro del documento.

“Con el paso del tiempo ese hierro se va liberando. Cuando ese hierro que está dentro de la tinta se libera, comienza a generar un mecanismo de radicales libres dentro del papel y provoca que se oxide y que genere huecos”, detalla Agüero.

Por otro lado, la letra hecha del escribano es un castellano antiguo, de allí que a simple vista sea un tanto difícil de entender.

“No es cualquiera el que puede leer ese tipo de escritura, porque estamos hablando de escritura colonial, no tan antigua, pero que requiere cierta técnica o experiencia en su interpretación. Es una letra con ciertos detalles que no deja de ser español o castellano, pero si requiere un poquito más de cuidado, porque las letras se hacen distintas”, explica Carlos Pacheco, restaurador de libros antiguos del Archivo Nacional.

Por ello es que existen algunas “faltas de ortografía”, pues para ese entonces la forma de escribir era la menor de las preocupaciones, más aún tomando en cuenta que pocas personas sabían leer y escribir.

“Es un español antiguo en el que, además, no existían reglas ortográficas; entonces ellos escribían las palabras como sonaban. Por eso, en la actualidad, hacer la lectura cuesta más, porque entonces usted dice: ‘¿Cómo?’, ‘¿Qué dice aquí?’, ‘qué extraño’”, comentó Gómez.

Riguroso proceso

En el 2019, Carlos Pacheco se enteró que estaría a cargo del proyecto para restaurar el libro de actas de 1821, incluidos los folios de la Independencia.

Desde hace 40 años Pacheco es restaurador de documentos del Archivo Nacional y aunque por sus manos han pasado documentos de gran trascendencia para la historia del país, no duda en que este ha sido el más importante.

De hecho, Pacheco confiesa que al principio tuvo temor de que algo no saliera como esperaba. No precisamente por el deterioro del Acta, sino porque recaía en él, de una u otra forma, conservar una parte de la historia de Costa Rica.

“Al principio, cuando nos dijeron que íbamos a restaurar el documento, me dio miedo y no por el grado de enfermedad que tenía, porque no era tan grave; hay otros documentos más enfermos y más graves que se pueden solucionar. Sí temía por la importancia que reviste este documento. Pero debo decir que también me sentí muy orgulloso de ser la persona escogida para este proyecto”, afirma.

Su trabajo consistió en supervisar todo el proceso, ya que es la persona que conoce de documentos, sabe cómo funcionan, cómo se comportan y cómo reaccionan ante los diferentes procedimientos.

Luego de tener el libro de actas en sus manos, con mascarilla y guantes, lo manipuló y lo analizó para saber qué hacer para restaurarlo. Primero, Pacheco notó que este estaba cowido de una forma “muy apropiada”, lo que ayudó a que los folios no se rompieran.

Entonces Pacheco le quitó las cubiertas, soltó las costuras, individualizó las 157 páginas y comenzó a eliminarle los residuos que contenían para que quedaran completamente limpias.

Posteriormente introdujo los folios uno a uno sobre láminas de papel secante y los lavó con un jabón creado por Darío Chinchilla, profesor de la Escuela de Química de la Universidad de Costa Rica (UCR), específicamente para este fin.

A partir de allí le correspondió el turno a Mavis Montero y Paola Agüero, químicas de la UCR, quienes crearon un protocolo científico para la restauración del libro de actas del Ayuntamiento de Cartago de 1821.

Lo primero que hicieron fue determinar de qué estaba compuesto el documento y, tras múltiples pruebas, aplicaron procesos químicos que revirtieron la oxidación. Posteriormente, con otra fórmula, le quitaron la acidez.

“Fue una responsabilidad gigantesca, por un lado daba mucho miedo, pero por el otro sabíamos que era algo que teníamos que hacer. Entonces instalamos un laboratorio en el Archivo Nacional por prácticamente un año. Me acuerdo que la profe Mavis siempre me decía: ‘Paola, estas son las cosas que uno le cuenta a los nietos’, porque para nosotras fue un privilegio y un honor haber hecho esta restauración”, recuerda Agüero.

Luego de todos los injertos, procesos químicos y bacteriológicos, le tocó el turno a Luis Umaña. Él tenía la responsabilidad de preparar la encuadernación del libro tal y como lo hacían hace 200 años.

Sin embargo, antes de hacerlo, Umaña y Pacheco debieron descifrar cómo se hacía el proceso de encuadernación en aquellas épocas.

“Determinamos que fue cosido en un bastidor, en el que se atan cordones que quedan verticales y se va cociendo cuadernillo por cuadernillo. En total, nosotros utilizamos cinco cordones con hilo delgado de lino y al final quedó visualmente parecido a la época”, dijo Umaña, dueño del taller El diario de los viajes.

El encuadernador buscó cubiertas que asemejaran a las originales, en un tono café de cuero. Además elaboró un estuche de conservación para el documento, para que luciera remozado.

Cabe destacar que el Acta de Independencia se extrajo del libro Actas del Ayuntamiento de Cartago de 1821 y se encuadernó por aparte.

Ahora, al Acta de Independencia se le van a hacer nuevos análisis y se le aplicarán nanopartículas de hidróxido de calcio donadas por la Universidad de Florencia, Italia. Además se le añadirá una gelatina para darle más resistencia y una capa protectora que evitará que el oxígeno se difunda fácilmente por el documento y lo vuelva a oxidar.

Posterior a eso, el documento se guardará en una cámara especial de control de temperatura y pasará nuevamente al depósito de archivos históricos del Archivo Nacional. Una vez allí no volverá a exhibirse, con el propósito de garantizar su conservación y aislarlo de los factores naturales que lo pueden dañar.

Kimberly Herrera

Kimberly Herrera Salazar

Periodista graduada de la Universidad Internacional de las Américas. Licenciada en Comunicación de Mercadeo de la Universidad Americana.