Priscilla Gómez. 5 diciembre, 2015

"La matrona del teatro". "Maestra de muchos". "La actriz por excelencia de este país; una actriz de talla mundial". Estas son sólo algunas de las declaraciones que amigos cercanos a Ana Poltronieri Maffio dieron cuando el jueves 10 de setiembre de este año la actriz murió en su hogar.

Poltronieri dejó detrás de ella un legado de escenas memorables, palabras fuertes y actos rebeldes. Hija de padres inmigrantes italianos, creció en un hogar no hostil, pero sí estricto. Lo suficiente para que su madre se opusiera a su carrera como actriz.

Pero, como lo dejó claro en una entrevista, Ana no iba a ceder: "Yo nunca en la vida pretendí ser ni primera ni segunda, ni tercera, ni cuarta; yo hice el trabajo que tenía que hacer porque me lo dictaba el corazón".

Comenzó sus estudios en la Facultad de Pedagogía de la Universidad de Costa Rica, se graduó de maestra en 1949, trabajó en la Escuela de Cinco Esquinas de Tibás y formó parte en el experimento pedagógico de la Escuela Nueva Laboratorio, y fue profesora en el departamento de Artes Dramáticas de la Universidad de Costa Rica.

La Poltro, como le llaman sus amigos, protagonizó una gran cantidad de obras, entre ellas La zapatera prodigiosa y La casa de Bernarda Alba, de García Lorca; Antígonade Sófocles; Las manos sucias, de Jean-Paul Sartre; Pigmalión, de Shaw; La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde; La visita de la vieja dama de Durrenmatt y Topaze, de Pagnol; El pedido de mano, de Chejov, Delito en la isla de las cabras, de Betti; El malentendido, de Albert Camus; Seis personajes en busca de un autor, de Pirandello; Danza macabra, de Strindberg; Tartufo y El avaro, de Molière, y Las sillas, de Ionesco.

El 22 de abril, el Ministerio de Cultura y Juventud le rindió un homenaje para reconocerla como un baluarte de la escena teatral.

Ana dejó el escenario para siempre, pero en sus enseñanzas y en sus legendarias actuaciones se convirtió en una presencia infinita.

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