Fútbol Nacional

De fantasmas y saprihoras

El Club Sport Herediano se convirtió en el viajero habitual del último vagón. Pero ya Saprissa le robó la receta.

Pasó de ser el recurso esporádico de un equipo, a convertirse en el reloj biológico del futbol tico. Posiblemente el fenómeno más marcado de la decadencia de este balompié, que cada vez resulta más folclórico y menos competitivo.

No importa cómo arranquen los diferentes conjuntos de la primera división en el torneo casero. Ya se sabe que al final los tradicionales pasarán a la segunda ronda, aunque sea de panzazo, dejando los pelos en el alambre. No tanto por sus méritos, sino por el miedo al éxito de todos los demás.

El “no se repartan nada mientras Saprissa esté vivo” tiene su contraparte con “El Tigre salió de cacería”. A ambos les alcanza con cambiar al técnico, una o dos veces, entrar en la hora de la agonía y relamerse los bigotes ante ese banquete, al que los otros prefieren engañarse diciendo que todos llegan en igualdad de condiciones.

Lo cierto es que ya en esa instancia, después de escapar del infierno de la descalificación, los “cazadores” del tercer o cuarto puesto arriban inflados por esa suerte de conquista épica, sacando pecho porque los dejaron vivos cuando debían acabarlos, o porque durmieron a pierna suelta la mitad del torneo, y con el primer bostezo hicieron temblar a sus contrincantes.

El Club Sport Herediano se convirtió en el viajero habitual del último vagón. Sus arranques fríos, apáticos, han sido una constante remendada a mitad del viaje, a veces al final, con uno o dos cambios de timonel. Resultado: una colección de títulos.

Pero ya Saprissa le robó la receta. Lleva tres campeonatos entrando en el cuarto lugar y por diferencia de goles (éste último por un castigo a San Carlos) y ya nadie se sonroja por el vergonzante camino recorrido, antes de acudir a la épica de los juegos finales.

Todo esto sería anecdótico y sin importancia, si no fuese porque el ADN, las rayas del tigre o la Saprihora solo alcanzan para ganar el torneo mediocre local, mas no para vencer a un desconocido Waterhouse, el Estelí nicaragüense o el Comunicaciones chapín. Lo peor: El virus contagió a la Sele.

Más malo aún: El papelón de sus rivales en este campeonato de pipiripao. Empezando por la Liga, especialista en master class en fase regular y en entregar títulos en la clase final. O el Club Sport Cartaginés, cuya “cartagada” ya es parte del folclore local.

El proyecto, la estrategia, la táctica, la pizarra… Todo queda en segundo plano ante esos arranques emocionales del futbol casero. Para unos es la vitamina dopante del ADN que los resucita, y para otros el fantasma o el muñeco que juega en contra a lo interno del camerino, espantando las estadísticas y todo lo bueno conseguido en la primera parte de la temporada.

Casi siempre termina ganando la emoción, el corazón, el monstruo o tigre interior que se siente victimizado por sus detractores que lo daban por muerto. Esos arrebatos de último minuto son suficientes para ganar títulos en casa, pero nos alejan cada vez más del escenario competitivo del futbol jugado en serio.

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