Jacques Sagot. 20 abril

No, el fútbol no es “el opio del pueblo”. Ello es, a menos de que se le use como tal. Cuando un hombre posterga la realización de sus sueños, o renuncia a su proyecto de vida, y traslada todas sus ambiciones a la figura de un héroe deportivo, entonces estamos en problemas. El ser humano comienza a vivir por interpósita mano, vicariously (expresión inglesa), a través de otros. Y en ese caso, el fútbol, peor que el opio, es una inmensa estafa, un espejismo, una peligrosísima alucinación, y una forma de enajenación individual y colectiva.

Yo depongo mis sueños, y le concedo a Lionel Messi la potestad de vivirlos por mí, en mi lugar, como una suerte de depositario universal de mis ilusiones. Así, el día en que Messi juega bien, yo lo experimento como un éxtasis y un éxito íntimo, personal, y el día en que juega mal, mi vida entera colapsa, y experimento su fracaso como el mío propio. Cuando el fútbol se convierte en un sucedáneo, en un Ersatz de la vida, en la suma de todas nuestras aspiraciones y batallas personales, caemos en una forma de enajenación gravísima. Porque cada individuo debe ser el goleador, la estrella, el portero, el árbitro y la barra de su propia vida.

Millones de obreros, de proletarios y subproletarios, de seres con horizontes vitales limitadísimos no conocerán jamás otra forma de la gloria y de la realización “personal” que la que les pueda deparar Messi. Y esto es profundamente trágico. Nunca jugarán su verdadero partido, nunca jugarán en su auténtico estadio, nunca jugarán como lo que deberían ser: los cracks, los astros absolutos de sus propias vidas. En estos casos el fútbol opera como veneno ideológico, como una venda que nos cubre los ojos, como una vacua sucesión de éxtasis y agonías sobre las que no tenemos absolutamente ningún control o potestad.

No se engañen amigos: lo esencial de sus existencias no cambiará gracias a Messi. Empuñen sus vidas, y vívanlas desde, por y para ustedes.