Por: Gerardo Bolaños.   Hace 5 días

Cuentan que Edmund Kean, actor inglés del siglo XIX especializado en Shakespeare, solía comer cordero si tenía que hacer un papel de amante, carne de res si le tocaba interpretar a un asesino y cerdo si actuaba como tirano.

No sé qué habrán podido comer, o si habrán comido del todo, los veteranos actores Pepe Vázquez y Rodrigo Durán Bunster para encarnar con tal dominio de su arte a los dos personajes principales de La última fuga, obra francesa (Moins Deux es el título original) que se presenta en el Teatro Espressivo bajo la dirección de Andrés Montero.

Me emocionó verla montada con Pepe y Rodrigo y me devolvió en el tiempo hasta la época dorada del teatro costarricense

La obra del joven pero experimentado dramaturgo Samuel Benchetrit, dotado de humor, insolencia y sinceridad, pone en escena a dos “rocos” de más de 70 años, Jules y Paul. Estos, en vez de resignarse cuando un médico indiferente les pronostica pocos días de vida, abandonan sus camas y deciden despedirse de este mundo viviendo sus últimas aventuras en pijama de hospital y arrastrando equipo médico.

Amistad. Sin conocerse apenas, los dos hombres van confraternizando poco a poco a pesar de sus temperamentos disímiles y de su crueldad recíproca, pero con algo más en común: la perspectiva de una muerte cercana, a uno porque le fallan los riñones y al otro, los pulmones. ¿Podrán ante el río incontenible de la muerte cimentar una amistad?

Paul (Rodrigo Durán) y Jules (Pepe Vázquez) se cuentan sus vidas, a veces divertidas, a veces tristes, a veces enternecedoras, mientras intentan ayudar a un par de personajes necesitados, como ellos, de calor humano o de eso que algunos llaman amor: una mujer embarazada y abandonada, y un aprendiz de suicida.

Como traductor de Moins Deux y de más de media docena de obras de teatro, debo decir que la obra me intrigó y me sedujo desde los primeros parlamentos por su atrevimiento, por su mordacidad e ironía; muy francesas por cierto.

Me emocionó verla montada con Pepe y Rodrigo y me devolvió en el tiempo hasta la época dorada del teatro costarricense, cuando uno disfrutaba con frecuencia de los misterios más provocadores de la dramaturgia mundial.

Si al lector de este artículo no le gusta el teatro, sugiero que vaya a ver La última fuga para que cambie de parecer.

Y si le gusta el teatro, vaya también, pues será recompensado con creces por una brillante producción.

El autor es periodista y traductor.