Por: Fernando Durán Ayanegui.   7 julio

Hace dos años escribimos una breve pieza teatral en la que una expedición venida desde otra galaxia secuestra a varios internos de un hogar de ancianos con el fin de estudiar el fenómeno de la longevidad humana. Los posibles interesados en montar la obra la consideraron irrepresentable, entre otras razones, presumimos, porque el tema no permitía introducir escenas eróticas candentes, lo que convertía la obra en seguro fracaso de taquilla. La redactamos aplicando el juego de la “mirada marciana”, que consiste en el infructuoso intento de actuar como un observador hiperobjetivo capaz de juzgar las acciones humanas desde la perspectiva de un extraterrestre, y en aquella oportunidad quisimos practicarlo examinando un tema al parecer tabú entre nosotros: la eutanasia.

Partimos de unas declaraciones dadas por una traviesa joven parisina en Cancún, México, donde la imaginamos tendida en una soleada playa, levemente ataviada y diciendo, por supuesto en francés: “Los ancianos viven demasiado y eso es un riesgo para la economía global. Tenemos que hacer algo, y enseguida”. ¡Genial! La nota de prensa que informaba de ello señalaba, entre otros datos banales, que la joven dama ya era –a pesar la corta edad que le suponíamos– directora gerente del Fondo Monetario Internacional y se llamaba Christine Lagarde. Consignaba, además, algunos consideraciones financieras de un funcionario español del FMI, y más adelante reproducía la siguiente reflexión de un político francés cuyo nombre no era mencionado: “Vemos con interés la legalización de la eutanasia y la consideramos el resurgimiento, bajo una modalidad moderna, de una práctica ancestral, característica de las economías de subsistencia, que propicia el deceso anticipado de los miembros menos productivos de la sociedad”. ¡Brutal!

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De esta manera tan franca y abierta quedó planteado el debate sobre la morrocotuda cuestión. No teníamos que leer entre líneas para sospechar que los franceses de la nota se confabularon para proponer con estilo que a los viejos se les considere “inmigrantes ilegales en el planeta Tierra” y, en una vena excluyente que luego adoptaría Donald Trump, se les obligue “a regresar al lugar de donde vinieron”. Claro que, para eso, pese al prometedor futuro de los viajes espaciales solo quedaría la eutanasia.

duranayanegui@gmail.com