María Laura Fernández.   15 enero

La resolución de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte-IDH) ha generado una marea de reacciones, y para nadie es un secreto que los candidatos presidenciales han sabido aprovechar la situación para ganar el voto de ciertos sectores de la población. Pero resulta muy lamentable que algunos caigan en un irrespeto radical hacia quienes piensan diferente y, además, utilicen el nombre de Dios o de una determinada religión para denigrar a ciertas personas.

Una frase muy escuchada es: “Dios ama al pecador, pero no al pecado”. Por más que pinten la frase con tintes de “amor”, no están considerando a las personas LGTBI como iguales ante los ojos de Dios. Entonces, ahí no hay amor auténtico.

Foto: Carlos Láscarez
Foto: Carlos Láscarez

Sin darse cuenta, se están arrogando el derecho de decidir por cuenta propia a quiénes alcanza el amor de Dios y deslegitiman a quienes son diferentes, mostrándolos como alejados de ese amor. Por más que se hable de tolerancia y de respeto, no es posible construir una verdadera fraternidad si tan injustamente se coloca a la otra persona en esa posición de inferioridad.

Tal vez, dentro de muchos años, a la gente le parecerán absurdas algunas concepciones de ciertos grupos de nuestra época. Al fin y al cabo, ha pasado lo mismo en todas las generaciones.

Viejos pecados. En la sociedad de Jesús, las autoridades religiosas consideraban pecado muchas cosas que a nosotros hoy podrían resultarnos extrañas. La pesca, por ejemplo, era considerada fuente de impureza y pecado por los más fieles cumplidores de la ley judía. Sin embargo, a Jesús poco o nada le importaba esa concepción. Justamente de ese gremio de pescadores “impuros” fue de donde llamó a muchos de sus discípulos y varios de los momentos más significativos que vivió con ellos fueron precisamente en el contexto de la pesca.

A nadie se le ocurriría afirmar que Jesús amaba a los pescadores, pero no la pesca. También la pesca era ocasión propicia para hacer presente el reino de Dios, que cambia la lógica de las cosas y que hace brotar libertad, vida, alegría y fraternidad. Y que conste que pescar era “pecado”. Entonces que cada uno saque sus propias conclusiones.

Otros dicen que debemos defender “el modelo de familia que promovió Jesús”. Si con eso se refieren al modelo tradicional de papá, mamá e hijos, no me queda más que reconocer mi absoluta ignorancia del mensaje cristiano (porque, por más que lo intento, no logro recordar ningún texto que haga alusión a la defensa que Jesús hizo de ese modelo de familia ni tampoco del modelo de familia que era tradicional en su propia sociedad).

Si mal no recuerdo, lo que nos refiere el evangelista Marcos es que cuando la madre y los hermanos de Jesús llegaron a buscarlo porque consideraban que estaba “fuera de sí”, Jesús respondió: “¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y mirando a los que estaban sentados a su alrededor, dijo: estos son mi madre y mis hermanos, pues quien cumpla la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre (Mc 3, 33-35).

No era fácil para la gente de aquel contexto entender que alguien decidiera desligarse de su grupo social. El disgusto de los parientes queda evidente cuando llegan a buscarlo, al punto que ni siquiera entran a la casa donde se encuentran él y los suyos; se quedan fuera y le mandan el mensaje con un intermediario.

Deconstrucción. Pero Jesús no solo deconstruye el modelo tradicional de familia, sino que, además, construye uno nuevo donde se mantienen los lazos afectivos y las relaciones de poder son sustituidas por relaciones horizontales.

¿No debería eso iluminar nuestra manera de relacionarnos con nuestros hermanos LGTBI? ¿De cuál familia queremos ser? ¿De la familia que se sienta en círculo con Jesús y acepta que él nos ame a todos por igual? ¿O preferimos ser de la familia que se queda fuera porque no soporta que él se haga rodear por personas diferentes a lo que estamos acostumbrados? Si preferimos quedarnos al margen, de seguro nos estaríamos perdiendo la explosión de vida que ofrece el reino de Dios.

Entonces sí, retomando el título que he escogido para este escrito, puedo afirmar que yo defiendo el modelo de familia de Jesús. Pero este modelo de familia: un modelo donde la fraternidad y la inclusión no se queden meramente en el plano del discurso, sino que se manifiesten en la manera concreta de relacionarnos con nuestros hermanos.

Un modelo donde nadie se sienta con la potestad de sentirse más santo que los que son diferentes. Un modelo donde sea posible un auténtico diálogo, que no pretenda imponer a toda costa la propia postura, sino que deje abierta la oportunidad de aprender los unos de los otros.

En fin, un modelo donde no pongamos límites al amor infinito de Dios y aceptemos agradecidos el don de la fraternidad que nos empuja a ser cada vez más humanos.

La autora es teóloga y profesora.