María Laura Elizondo García. 1 mayo

Sin que haya sido muy agradable, hemos aprendido que existen mercados húmedos, donde animales silvestres se conservan vivos para consumo humano, entre estos, los encantadores pangolines.

Se trata de un mamífero de aspecto bondadoso, poseedor de escamas como característica particular. El animalito es el más traficado del mundo, junto con los murciélagos, y ha ganado protagonismo como una de las posibles especies de donde el SARS-CoV-2 emergió y dio el salto hacia los seres humanos.

Se calcula que el 70 % de los nuevos virus vendrán de animales. Y no es que sean nuevos, son parte de la biodiversidad, en teoría muy, muy lejos de los humanos como para que muten y se produzca la zoonosis. Esta es la teoría, la práctica es muy distinta.

La pandemia de la covid-19 ha demostrado, de forma devastadora, una de las consecuencias más graves de la continua necesidad humana de acortar distancias entre la biodiversidad y los humanos, y de la presión desmedida cada vez más grande en los límites del espacio al cual hemos confinado —en perpetua cuarentena— a la naturaleza.

La asfixia al ambiente se manifiesta, además, en el incremento de la temperatura global a raíz del cambio climático, la acelerada extinción de especies y la destrucción de sus hábitats durante nuestra era, los incendios forestales casi eternos (como los de Australia y Brasil), la amenaza de otras pandemias, el incremento de la pobreza y la escasez de recursos naturales, entre otros muchos demonios de causa inequívocamente humana.

Un alto. La covid-19 nos ha detenido forzosamente. Las emisiones mundiales de dióxido de carbono (CO2) producidas por el consumo de combustibles fósiles disminuirían un 5 % en el 2020 (unos 2,5 billones de toneladas) debido a la baja en la demanda durante la pandemia, según datos publicados esta semana por el periódico inglés The Guardian.

El mundo respira y, sin embargo, a medida que algunos países se incorporan a la producción y las fábricas reabren, el carbón para la generación eléctrica arde nuevamente con más intensidad. Al parecer, retornando al business as usual (“todo sigue igual”).

Tiempo de cambio. Pretender volver a una existencia similar a la que teníamos antes de la pandemia, ignorando que fenómenos como el cambio climático o la explotación desmedida —en muchos casos innecesaria— de la biodiversidad son solo dos problemas ambientales de los muchos por revertir, sería una indiscutible falta de respeto.

Una falta de respeto y una muestra de total indiferencia al dolor de quienes han sido afectados por este virus o han perdido a sus seres queridos, y por la admirable labor de los trabajadores que se exponen diariamente a la enfermedad, en defensa de nuestra salud o para que sigamos teniendo una semblanza de normalidad en nuestro diario vivir.

Por otro lado, es imperativo un cambio en la forma como tratamos a las otras especies. Necesitamos llegar a un consenso mundial a fin de generalizar medidas que exijan un trato ético y por el bienestar de los animales, silvestres o domésticos, en toda circunstancia, pero, aún más, si son para consumo o serán utilizados en otros fines que nos beneficien.

La eliminación del tráfico ilícito de especies, mediante formas legales de comercio regidas por normas higiénicas y en condiciones libres de dolor y hacinamiento, así como una mayor protección de la biodiversidad in situ y la educación de las personas y consumidores finales, debe tomar preeminencia.

Si no lo hacemos por compasión, por el solo hecho de que podemos hacerlo y porque tenemos la conciencia para ello, siempre existe el motivo antropocentrista (que francamente no comparto) de cambiar el statu quo para beneficio humano.

Dejemos la biodiversidad en su sitio y, cuando no sea posible, tomemos las medidas más sensatas para aprovecharla, de manera que exista un equilibrio entre el progreso humano y el correspondiente lugar de las demás especies dentro este complejo y perfecto organismo que llamamos Tierra.

La autora es abogada.