José Ricardo Carballo. 27 agosto

Del aciago panorama que nos pinta el Sétimo Informe Estado de la Educación, hay un dato estremecedor que explica y resume todos los otros. En un país donde la mayoría de sus maestros no lee —y, por ende, sus alumnos tampoco— no es de extrañar que haya jóvenes fuera de las aulas, programas de estudio desactualizados y cobertura universitaria estancada.

Como bien lo advirtió la coordinadora del Estado de la Educación, Isabel Román, el lenguaje es la base de las demás áreas del saber; es la cintura del sistema. Y si esa cintura —agrego yo— se encuentra atrofiada, resulta fácilmente comprensible todo lo que ocurre en su entorno.

Al igual que los escritores, los niños, jóvenes y adultos son víctimas de un sistema educativo anquilosado que no vela por fomentar destrezas de lectoescritura ni tampoco —he aquí otro dato alarmante— para el análisis y el sentido crítico.

Algunos de los síntomas de nuestras graves falencias en materia educativa son aquellos estudiantes incapaces de articular una frase lógica o muestran serias fallas de redacción y ortografía, así como diputados que dicen ser estúpidos, mas no idiotas, y cuyas alocuciones los colegiales revoltosos no tienen mucho que envidiar.

Si bien lo anterior no se puede atribuir exclusivamente a la falta de lectura, sí influye en este penoso rezago. ¿No es acaso en los libros donde, muchas veces, hallamos las soluciones a nuestras mayores desventuras? ¿No son ellos los que adentran a los niños en conceptos valiosos como el amor, el respeto, la solidaridad, la tolerancia, la bondad y muchos otros principios venidos a menos?

País de contradicciones. Ahora entiendo por qué a nuestro país le cuesta tanto avanzar. Estamos plagados de contradicciones. Y aunque la contradicción es inherente a nuestra condición humana, la congruencia no es un don divino inalcanzable como para no emplearlo en resolver las disonancias discursivas de nuestra propia identidad.

Para muestra, unas cuantas dicotomías culturales. Somos de tradición pacifista, pero cada vez más inseguros; amantes de la naturaleza, pero con playas y ríos infestados de basura; muy democráticos, pero con imposiciones de minorías impertinentes y bulliciosas.

Y, ahora, como amarga cereza del pastel, nos enteramos de que a un 74 % de los maestros de primaria —más de 200— no les gusta leer ni fomentan el hábito entre sus estudiantes. Lo ven como un ejercicio obligatorio, ajeno al gusto y el placer propios de esa experiencia.

O sea, en plena sociedad del conocimiento, nos damos el “lujo” de tener educadores que no leen. ¿Qué nos falta por ver? ¿Oradores con pánico escénico, economistas que no saben de números, pilotos con fobia a las alturas o a Keylor Navas con miedo a la bola? A veces somos un meme ambulante.

Sistema obsoleto. Aunque el dato es para pararle el pelo a cualquiera, a mí no me sorprende. Lo venía intuyendo desde hace unos tres años, cuando, en ferias literarias, más de uno expresaba el típico “no me gusta leer” o “no tengo tiempo”.

Al igual que los escritores, los niños, jóvenes y adultos son víctimas de un sistema educativo anquilosado que no vela por fomentar destrezas de lectoescritura ni tampoco —he aquí otro dato alarmante— para el análisis y el sentido crítico. Seguimos con lecciones magistrales sumamente aburridas e ineficaces, en las cuales el profesor habla sin cesar y el alumno, cual autómata inerme, se limita a tomar nota y asentir sin chistar.

En la era de la robótica y la inteligencia artificial, hay algunos que se quedaron varados en la época industrial del siglo XIX. El reconocido autor de educación financiera T. Harv Eker afirma que en la escuela nos educan para ser empleados, no para ser empresarios que cuestionan, critican, analizan y razonan. ¡Cuánta verdad!

¿Qué podemos hacer al respecto? Según el informe, urge integrar a los docentes en procesos para desarrollar el gusto por la lectura a partir de sus intereses. Totalmente de acuerdo. A nadie se le deberían imponer sus preferencias, lo mismo sucede con la lectura, estudiantes incluidos. Es una afición adquirida que se desarrolla desde tempranas edades, en el hogar y en las aulas.

También se debe fomentar el hábito de leer, como mínimo, unos 30 minutos diarios, lejos de cualquier distractor o dispositivo y alrededor de algún tema, autor o género de interés. De ese modo, pronto veremos la literatura como realmente es: una práctica placentera y no una odiosa obligación. Aún estamos a tiempo de rectificar, si los maestros y alumnos empiezan a leer más y a marchar menos.

El autor es periodista y escritor.