Edgardo Piedra Garita. 8 septiembre

Corría el año 1988 cuando en una entrevista televisiva el gran científico y literato de origen ruso Isaac Asimov acuñaba un término de lo que —según él— sería la nueva forma de aprender en el futuro: educación electrónica.

Explicó al periodista Bill Moyers que en el futuro cercano la educación funcionaría a partir de tres premisas: las personas tendrían en sus casas computadoras conectadas a grandes “bibliotecas”, donde aclararían toda duda sobre todo tema y a toda hora; recibirían una educación interesante y con expertos, quienes les enseñarían en la modalidad de “uno a uno”; y sería posible un aprendizaje inacabado, independientemente de la edad y los gustos.

Está claro que, sin ningún tipo de poder metafísico o bola de cristal, sino con sus capacidades científicas y literarias (cual Verne del siglo XX), previó el advenimiento de la Internet y lo que ha significado en la forma como las personas accedemos al universo de conocimientos.

Más allá de que hoy con toda la perspectiva histórica a mi favor podría fácilmente realizar una inquisitiva (¿y socialista?) crítica a sus acertadas predicciones, argumentando que falló en el que “todos” tendríamos esa “nueva educación”, me asombra la innegable visión futurista de una persona cuya obra — científica y literaria— sea simplemente impresionante.

Cumplimiento de la "profecía”. Hace tan solo nueve meses nadie en el ambiente educativo pensaba que esta predicción tendría tanta vigencia, dada la necesidad de la “virtualización” de las aulas a consecuencia del distanciamiento social.

Revisando el video de la entrevista a Asimov en YouTube —precisamente una de las “bibliotecas” predichas por el buen Isaac— me parece que su acertada visión pecó un pelín de optimista.

Digo, si bien un 60 % de la población mundial tiene una conexión a Internet, y es probable que a corto plazo el porcentaje aumente (lo que nos alejaría de la crítica social al respecto), también es cierto que expertos hablan de un sorprendente 90 % de contenido basura en la red.

Por ejemplo, si el dueño de un dispositivo electrónico no posee los criterios racionales de voluntad y sentido común, es muy posible que, más que “tener un aprendizaje inacabado” en cursos de salud, cocina, baloncesto u otros objetivamente buenos y loables para él y la humanidad, termine perdiendo el tiempo viendo inacabados videos de tipos que se accidentan en patineta o cosas más serias que traen mucho dolor, como páginas de reclutamiento terrorista, violencia, trata de personas, pornografía infantil u otros flagelos.

Por tanto, está claro que la navegación en la red requiere una “preparación”, una “hoja de ruta” para todos, pero, esencialmente, para los niños.

Manual de instrucciones. A ninguno de los que somos padres se nos ocurriría enviar a nuestros hijos a la escuela u otro lugar a pie sin que supiesen las reglas básicas de tránsito, los colores del semáforo o las zonas peatonales; exactamente, de igual forma, es en la familia donde los padres debemos acompañar y enseñar a los chicos a acceder al maravilloso mundo de la información buena y positiva que pueden aprender en la web.

Es en las casas donde los hijos deben desarrollar la voluntad y autonomía para, en auténtica libertad, utilizar de forma constructiva una herramienta de uso indispensable en el desarrollo académico y profesional moderno.

Por su parte, la escuela debe complementar didácticamente, con conocimientos técnicos de pensamiento computacional, el uso eficaz, pero quizás el aporte más significativo de la institución educativa formal sea proporcionar las habilidades y destrezas necesarias para discriminar la información, es decir, que en este nuevo paradigma de la educación electrónica de Asimov los maestros promuevan un pensamiento crítico y divergente, que facilite a sus educandos discriminar informaciones y, así, obtener aprendizajes constructivos y positivos al servicio de ellos y la sociedad.

A fin de cuentas, lo fundamental es que aprovechemos al máximo la forma de educarnos predicha por Asimov… y así formemos y tengamos pronto muchos nuevos científicos, escritores (¿profetas?) de tal nivel.

El autor es educador y periodista.