Jorge Vargas Cullell. 18 diciembre, 2019

Que el parque La Sabana sea en las noches oscuro como boca de lobo y que lo haya sido así desde que la electricidad vino a Costa Rica a finales del siglo XIX, podría explicarse de distintas maneras, ninguna de las cuales me satisface. Aun así, las planteo por aquello de propiciar la deliberación pública: otro servicio social de este columnista.

Esa desidia para con La Sabana, un patrimonio común, da grima.

Una primera teoría es que nos encanta tenerla apagada en las noches, pues es el hueco negro que muchos necesitan para escapar del control social. Así las cosas, la oscurana no sería un problema público, sino, por el contrario, oportunidad para el gozo privado, públicamente tutelado. La Sabana, como fruto prohibido, tiene su morbo, pero es una tesis que se las trae: toda sociedad tradicional y rígida como la nuestra requiere de un Gran escape, un carnaval perpetuo de las máscaras para pecar “mátalas callando”.

Una segunda teoría rechazaría el neofreudianismo anterior y sugeriría que, en realidad, la inmutable oscuridad de La Sabana es un objetivo de política pública. Me explico: no puede ser casualidad que la sede central del Instituto Costarricense de Electricidad (ICE), la institución que electrificó todo el país, esté a la par del parque y que nada pase. Lo que tenemos, entonces, es una pieza de la justicia redistributiva del estado benefactor: mientras el último costarricense de zonas remotas no tenga electricidad, La Sabana seguirá a oscuras.

Hay una tercera teoría que refutaría esta visión neoinstitucionalista y es sociológicamente la más radical. La Sabana es utilizada, sobre todo, por las clases populares, pero está rodeada de barrios donde habitan muchos “papudos” y en sus cercanías tienen la sede algunas de las empresas privadas más importantes del país. La oscuridad del parque, pues, sería reflejo del egoísmo de los privilegiados, un recordatorio de la sociedad desigual que somos. Esta es la explicación chancletuda.

Dejo al culto público escoger la teoría más apropiada, distribuir los porcentajes de razón entre ellas o, más interesante, formular una teoría mejor. El “maní” mío, mi imaginación e intelecto, es lo que es, que nunca fue una maravilla tampoco. Lo cierto, sin embargo, es que esa desidia para con La Sabana, un patrimonio común, da grima.

El Icoder y la Municipalidad anunciaron hace poco un nuevo plan de iluminación. Le tengo más fe a pegarme la lotería el domingo.

El autor es sociólogo.