Jorge Vargas Cullell. 11 diciembre, 2019

El otro día me monté en el bus de Sabanilla de Montes de Oca, luego de meses de no andar en “lata”. Pude constatar, una vez más, lo silencioso del ambiente. Todo el mundo pegado a sus celulares, sin intercambiar palabra, viendo quién sabe qué. Y yo también.

El bus era, pues, la suma de individuos, cada uno en su propia burbuja, indiferentes al entorno. No es que ese ambiente fuera particularmente atractivo, cierto, pero nunca lo fue tampoco. Si alguien hubiese hecho un selfi de grupo, habría tenido un retrato de nuestra manera de vivir hoy en ciudad: soledades que no se interesan en lo más mínimo por dejar de serlo.

Como ya no lo utilizan las clases medias y altas, el servicio ha sido poco prioritario para los políticos. Y después dicen que no hay sesgo social en las políticas públicas…

Nada que ver con la habladera de antes en los buses. Pongamos, por dar una fecha, lo que era característico en la época ATC (antes del teléfono celular), que concluyó unos diez años atrás. Se montaba uno y siempre oía al par de comadres contando un chisme; el hablantín del lado se quejaba de algo; y, por supuesto, alguien chiflaba para increpar al chofer por la lentitud. Y el chofer, que a veces salía respondón, ponía calientes las cosas.

Lo de siempre, cierto, pero al menos “algo” ocurría que daba la sensación de que ese bus era un espacio de encuentro entre gentes de diversa procedencia social; algunos vecinos, los más no. Y es que, hasta los años noventa, más del 80 % de la población se desplazaba en este transporte. Hoy, la proporción anda cerca del 50 %: los que tenían cómo huyeron al carro y la moto; y los que no, quedaron atrapados en las latas de siempre, pero ahora envueltos en el silencio y la soledad.

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Enfoque: Ciempiés

Con todo, no es sobre buses esta columna, un servicio que sigue desorganizado y es poco funcional para la mayoría de los usuarios. Sobre esto, solo espero que, cuando se venzan las concesiones, en un par de años, se utilice la oportunidad para reformarlo, pues, como ya no lo utilizan las clases medias y altas, el servicio ha sido poco prioritario para los políticos. Y después dicen que no hay sesgo social en las políticas públicas…

Quería, más bien, hablar de las soledades urbanas en una ciudad como San José, que se ha desparramado hasta crear una aglomeración caótica que va de Paraíso de Cartago al Coyol de San José de Alajuela; de Aserrí, en el sur, hasta San Isidro de Heredia, en el norte. Ahí, vivimos más de dos y medio millones de personas, hombro con hombro, pero compartiendo poco y nada. ¿Qué agravios está cocinando esa masa?

El autor es sociólogo.