Eduardo Ulibarri. 3 julio

Pocas veces, en las relaciones contemporáneas entre América Latina y Europa, el calificativo de “histórico” ha sido utilizado con tanta precisión.

Lo usaron Mauricio Macri, presidente de Argentina; Jair Bolsonaro, de Brasil; Mario Abdo Benítez, de Paraguay; Tabaré Vázquez, de Uruguay; y Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, tras una decisión de profunda trascendencia económica y geopolítica, tanto para los países directamente involucrados como para el sistema internacional.

El acuerdo Mercosur-UE, por su magnitud, amplitud y profundidad, puede convertirse en un bastión esencial para el andamiaje del comercio internacional, del cual tantos países dependemos.

El viernes 28 de junio en la noche representantes de los cuatro países del Mercosur y de la Unión Europea (UE) concluyeron en Bruselas las negociaciones para la próxima firma de un Acuerdo de Asociación Estratégica entre ambos bloques. Su naturaleza es similar al suscrito hace siete años con Centroamérica, pero su magnitud y trascendencia lo superan por mucho.

El laberíntico ejercicio tomó 20 años plagados de dudas, pero en el 2016 recibió un renovado ímpetu, gracias a los impulsos políticos del más alto nivel en ambas orillas del Atlántico.

Si logra entrar en vigor, como espero, tras un proceso de afinamiento, homologaciones jurídicas, polémicas y ratificaciones nacionales, creará una zona de libre comercio de 800 millones de habitantes, lo cual representa casi una cuarta parte del producto interno bruto (PIB) global. Entre los obstáculos que deberá superar están las próximas elecciones argentinas, las presiones de los industriales brasileños y el crónico proteccionismo agrícola francés.

Impacto posible. Ya la Unión Europea es el principal inversionista y mercado para los cuatro países del Mercosur, pero el acuerdo impulsará las inversiones y los intercambios comerciales con mayor agilidad y volumen; intensificará las transferencias tecnológicas; promoverá nuevas cadenas de valor; y dará renovado impulso a la modernización y crecimiento de las economías de Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y, eventualmente, Bolivia (en proceso de adhesión). Venezuela, que se incorporó en el 2013, fue suspendida tres años después, en aplicación de la cláusula democrática del grupo.

El acuerdo logra un adecuado balance entre los intereses más sensibles de ambos bloques, esencialmente en los sectores agropecuario e industrial, y establece una implementación gradual, con plazos de desgravación más acelerados para la UE que para el Mercosur. Liberaliza las compras públicas; incluye normas sobre denominaciones de origen, propiedad intelectual, arreglo de disputas, seguridad sanitaria y fitosanitaria, regulaciones y estándares técnicos; y contempla salvaguardas sobre el medioambiente y los derechos laborales.

Una de sus mayores novedades, de claras implicaciones estratégicas, es que elimina o reduce al máximo las barreras que actualmente impone el Mercosur a la exportación de los llamados metales raros, indispensables para muchas industrias de alta tecnología. Esto reduciría a la UE su dependencia de China en la materia.

El carácter estratégico de la asociación, además, impulsará una mayor coordinación política, diplomática y cultural entre el Mercosur y la UE.

Lo anterior basta para reconocer que el acuerdo constituye un marcador inédito en las relaciones entre Suramérica y Europa. Pero su trascendencia salta sobre esa geografía específica y se conecta con realidades y desafíos globales de enorme calado. Juncker, apropiadamente, la definió con estas palabras: “En medio de las tensiones comerciales internacionales, estamos enviando una señal potente de que apoyamos el comercio basado en normas”. Es una visión que coincide plenamente con la de Costa Rica.

Impacto global. El desarrollo y respeto de normas e instituciones multilaterales, no solo para guiar el comercio, sino también el resto de las relaciones entre países y regiones, ha sido clave para la estabilidad global.

Aunque imperfecta y asimétrica en los recursos de poder, esta arquitectura, que se diseñó y comenzó a ejecutarse tras la Segunda Guerra Mundial, y se aceleró después de la apertura económica de China y el colapso del bloque soviético, ha impulsado como nunca antes el comercio global; ha permitido evitar, reducir o gestionar conflictos; ha brindado seguridad jurídica a los actores del sistema internacional; y ha creado condiciones para un mayor desarrollo económico.

Actualmente, sin embargo, está en riesgo. No se trata únicamente, como dijo el presidente de la Comisión Europea, de las “tensiones comerciales”, que sin duda son muy inquietantes, amenazan severamente las cadenas de valor y generan enorme incertidumbre —y hasta desaceleración— económica. Peor aún es que el principal creador y garante del sistema —Estados Unidos— se ha convertido en su mayor amenaza.

Desde que llegó al poder, el presidente Donald Trump ha revelado no solo desdén, sino también hostilidad, hacia el comercio multilateral, los acuerdos y alianzas regionales y las instituciones en que estos se asientan. En su lugar, se ha inclinado por las transacciones bilaterales, las presiones como estrategia de negociación y la crispación constante como medio para extraer supuestos beneficios de sus contrapartes comerciales.

También hay que tomar en cuenta que China, a pesar de su retórica favorable a la libertad de comercio, está muy lejos del juego limpio en la materia. Al contrario, introduce serias distorsiones mediante la protección y subsidio de amplios sectores de su economía, desarrolla políticas altamente mercantilistas, irrespeta la propiedad intelectual y restringe la operación de empresas extranjeras en su territorio.

En este contexto, el acuerdo Mercosur-UE, por su magnitud, amplitud y profundidad, puede convertirse en un bastión esencial para el andamiaje del comercio internacional, del cual tantos países dependemos.

Revela, además, lo mucho que ha evolucionado el Mercosur desde su creación en 1991, mediante el Tratado de Asunción, como un espacio regulado de libre comercio interno, pero fuertes aranceles externos. Bajo este esquema dinamizó el comercio intrarregional, pero perdió muchas oportunidades de mayor integración global, con serios perjuicios para las economías de sus países.

Es posible suponer que un acuerdo tan amplio y moderno con la UE marque el fin de esta actitud y pueda dotar al bloque sudamericano de un peso económico y político mucho mayor al actual.

Razón de más para enfatizar su naturaleza histórica.

El autor es periodista.