19 diciembre, 2020

El 7 de noviembre, luego de increpar enérgicamente a un policía que entró sin autorización en su casa para acosarlo, el rapero Danis Solís fue apresado, juzgado sumariamente y condenado a ocho meses de cárcel por uno de los aberrantes delitos que abundan en el Código Penal cubano: «Irrespeto a la autoridad». Hasta aquí, los hechos siguieron al pie de la letra una de las rutas del cotidiano guion con que la dictadura trata de mantener a raya a la población: actuar con tanta rapidez como arbitrariedad para acallar las voces de protesta y evitar que se multipliquen.

Sin embargo, muy pronto se produjo un «punto de giro», que ha derivado en un serio desafío para la cúpula del poder en la Isla. El momento es particularmente desafiante: forzado por el colapso económico, el régimen se apresta a decretar una unificación del tipo de cambio y otras inevitables decisiones postergadas por años, con un grave impacto inmediato en la población.

Tras su condena, Solís comenzó una huelga de hambre en la cárcel. De inmediato fue seguido por 14 miembros del Movimiento San Isidro, colectivo de artistas independientes al cual él pertenece. El 26, fuerzas de seguridad, presentándose como personal de Salud, asaltaron la sede, en el barrio habanero del mismo nombre, con el pretexto de que los huelguistas estaban violando los protocolos contra la covid-19. Durante un apagón digital de casi una hora, fueron capturados y enviados a estaciones de Policía. A partir de entonces los giros han sido más rápidos y profundos.

A pesar del bloqueo de las comunicaciones, el asalto se divulgó con rapidez por redes sociales, y al día siguiente sucedió lo inesperado en la sociedad más controlada del hemisferio: 400 jóvenes artistas, disidentes y periodistas independientes, aproximadamente, hicieron un «plantón» enfrente de la sede del Ministerio de Cultura, en demanda no solo de la liberación de los detenidos y la revisión de la condena contra Solís, sino también de libertad de expresión artística y política. A ellos se sumaron algunas figuras emblemáticas del mundo cultural oficialista, que hasta entonces habían mantenido un cómplice silencio frente a las arbitrariedades del régimen.

La multitudinaria presión hizo que el viceministro Fernando Rojas recibiera a una treintena de los manifestantes, se comprometiera a analizar el pliego de peticiones que le plantearon, solicitar la revisión de la condena del rapero Solís, liberar a sus compañeros e iniciar un «diálogo» en torno a las posibles medidas de flexibilización.

El diálogo, sin embargo, fue anulado. En su lugar, el régimen apresó —más bien, secuestró— brevemente a algunos de los manifestantes, entre ellos a la reconocida artista plástica Tania Bruguera, y renovó su campaña de asedio contra el Movimiento San Isidro y otra serie de jóvenes artistas. Pero estos no se han rendido. En ocasiones, mediante confrontaciones directas con turbas lanzadas a rodear sus casas o con la documentación y difusión del asedio y las agresiones por las redes sociales, la protesta continúa y siguen sumándose adherentes dentro y fuera de Cuba.

En los últimos días, unidades militares fueron enviadas a patrullar algunos puntos de la capital, no solo por temor a las protestas impulsadas desde el mundo artístico, sino también por temores a cómo reaccionará la población ante las medidas económicas que se pondrán en práctica. La principal de ellas es la unificación cambiaria, indispensable para reducir enormes distorsiones y mejorar un desempeño económico desastroso, pero que de arranque desatará una gran inflación en la Isla. Además, sacará a flote las crónicas ineficiencias de las empresas estatales y sin duda dará al traste con muchas de ellas. Esto aumentará el desempleo, dará mayor visibilidad a las enormes desigualdades existentes y reducirá aún más la limitada capacidad de consumo de la gente.

Se trata de un verdadero big bang económico que, en la peor crisis desde los años 90, la creciente deslegitimación de la cúpula dictatorial, las protestas constantes de los creadores jóvenes, el uso de las redes sociales para saltarse el control informativo y expresivo y el empeño oficial por cerrarse a cualquier diálogo interno augura momentos muy difíciles. Por desgracia, lo que a corto plazo puede predecirse es mayor represión. Pero no podemos descartar que lo que comenzó en la calle Damas 855, en La Habana Vieja, sede del Movimiento San Isidro, se extienda a otros lugares de la capital y la Isla, y su fermento genere cambios sociales y políticos.