Columnistas

Uvas verdes en Suecia

En cuanto al Nobel de Literatura, no hay razones para creer que es la voz sagrada de los dioses escandinavos

Anunciado el Nobel de Literatura del 2021, reconozco que hace unas semanas aposté en esta columna que le sería adjudicado a un escritor francés maldito. Lamenté, de pasada, que todavía no se lo hayan concedido a mi escritor balcánico favorito, Kadaré, pero omití mencionar mi reconcomio porque los suecos nunca quisieron otorgárselo a Jorge Luis Borges.

Un lector que no captó el carácter lúdico de mi comentario descargó sus dragones del aire —así fueron llamadas las flechas en la poética islandesa— contra los noruegos, porque alguna vez tuvieron la intención de ofrecerle ese premio a Adolfo Hitler. Esto nunca ocurrió porque el Nobel que confieren los noruegos es el de la Paz, y a Hitler nunca «se le ofreció», aun cuando sí fue postulado, pero, a razón de postular, de estar vivo Calígula también lo sería, pues el Nobel de la Paz le fue adjudicado a personajes cuyo pacifismo es tan discutible que posiblemente ni sus nietos desearían darles el saludo de año nuevo. Los nombres son bien conocidos.

En cuanto al Nobel de Literatura, no hay razones para creer que es la voz sagrada de los dioses escandinavos, pero ahí los casos discutibles son menos. Seguiremos a la espera de saber quiénes fueron los «ghost writers» que se lo tallaron a Winston Churchill y, aunque el bengalí Rabindranath Tagore fue muy bien premiado, los académicos suecos fueron ingenuos si quisieron hacer creer que habían justipreciado toda su obra: en 1913, menos de la décima parte de la obra de Tagore había sido traducida al inglés y, me figuro, una porción mucho menor al sueco. Aún hoy, la única lengua a la que Tagore ha sido traducido en su totalidad es el mandarín, así que no solo en Suecia vuelan mediante instrumentos.

Nadie hizo tanto como Borges, con sus innumerables alusiones a Islandia y sus tres libros sobre la literatura islandesa, para divulgar en el ámbito de las lenguas romances la literatura nórdica de la Edad Media y el Renacimiento. En su caso, la injusticia de negarle el Nobel es tan mezquina que me tienta a creer que los suecos le cobraron un agravio a su orgullo nacional. Podría pensarse que no pudieron perdonarle al genial argentino que le atribuyera lo más interesante de la literatura nórdica a Islandia —una nación tanto celta como vikinga— y no a la vikinga Suecia.

duranayanegui@gmail.com

El autor es químico.