Columnistas

Polígono: Vaticinios con el Premio Nobel

Por una vez, un escritor ganador del Nobel de Literatura no ocultaba una aguja envenenada.

Fernando Durán
Fernando Durán Fernando Durán

Hasta hace algún tiempo, a principios de enero, en vez de las promesas de año nuevo hacía mi lista personal –nunca divulgada– de candidatos al Premio Nobel de Literatura. Los resultados del vaticinio fueron erráticos: estuvieron, entre los candidatos que “me propuse” y murieron sin recibir el galardón, Calvino, Müllisch y el sempiterno Borges, y entre los que sí lo alcanzaron, aunque no en el año en que los “postulé”, García Márquez, Saramago y Coetzee; pero con Imre Kertész acerté en toda la línea: lo hice mi candidato in pectore varios meses antes de que los académicos suecos me dieran la razón.

Fue a principios del 2002. Conforme se acercaba la fecha del anuncio, más razones –literarias y de las otras– encontraba para “apostar” por un autor que, me parecía, era poco conocido entre nosotros. Recibí la noticia una tarde, en el local de la librería universitaria, donde un amigo escritor me saludó, un poco amargado, diciéndome: “¿Viste?, le dieron el Nobel de Literatura a un húngaro de nombre raro”. Sin decirle que todos los nombres húngaros son raros, eché para mi coleto un ¡hurra! y pensé: “Por fin los suecos y yo estamos de acuerdo hasta cronológicamente”.

‌
‌

‌

‌
‌

‌

‌