Fernando Durán Ayanegui. 20 abril

Cierta vez, en un café de la Calle de la Amargura, los habituales hablábamos sobre un comunicador que no ejercía la función de informador, sino la de moldeador de la opinión pública mediante operaciones mediáticas no siempre éticamente sanas. Se admitió que, por lógica, en esas operaciones los resultados son más importantes que la veracidad o la utilidad de lo que se comunica —el fin justifica los medios—, y estábamos a punto de concluir en que casos como aquel son poco frecuentes y contra ellos no hay defensa posible. Entonces se oyó la voz del que siempre parecía ausente: “Si uno de ustedes, perdido al anochecer en un bosque, viera a la orilla de un río un animal enorme, espeluznante, bebiendo agua a través de una protuberancia que le cuelga de una oreja, ¿qué haría?”.

A la pregunta siguió el silencio de los ignorantes sabios, y solo después de un rato alguno propuso: “Decí, más bien, qué harías vos en ese caso”. “Lo que haría cualquiera de ustedes”, respondió el tímido, “me quedaría quieto en la espesura, pues no desearía comprobar por experiencia propia que el monstruo no come con la otra oreja, y al amanecer correría por mi vida convencido de que la bestia de la noche anterior no es la única de su especie que existe. Lo que sí puedo asegurar es que, si salgo sano y salvo de la aventura, nunca más regreso al lugar donde los animales no utilizan el hocico para quitarse la sed”.

Alguien, creyéndose muy listo, replicó: “Oíme, esa sería una reacción totalmente prejuiciada. Si solo viste un ejemplar de la especie, estarías generalizando sin pruebas, no es válido”. El interpelado nos miró uno a uno y, con un gesto de aburrimiento, nos hizo saber que deseaba abandonar lo que para él ya era un largo debate. “Esperate, vos”, dije sin pensar en las consecuencias, “creo que no te hemos entendido. ¿Podrías explicarte mejor?”. Se oprimió las sienes con los índices y, como si estos fueran los bornes de una pila eléctrica, dijo con acento de robot japonés: “Lo que quiero decir es que si a los paleontólogos se les permite que con el hallazgo de un solo esqueleto fósil describan toda una nueva familia de dinosaurios, ¿por qué nosotros no podemos proceder de la misma manera? Donde hubo uno, es probable que haya otros similares, así es como siempre ha funcionado la naturaleza”.

El autor es químico.