Fernando Durán Ayanegui. 2 mayo

Al comprender cuán devastadora podría ser una guerra nuclear, un personaje infantil de Quino se pregunta con angustia qué será de él cuando se quede solito en el planeta. En A History of the World in 101/2 Chapters, del inglés Julian Barnes, figura un relato sobre un gusano de la madera alojado sin permiso dentro de los maderos del casco del arca de Noé. Y había en mi escuela politécnica, colgado en una pared de la biblioteca, un cartel con la siguiente cita del filósofo y psicólogo estadounidense William James: “Muchos creen que están pensando, cuando en realidad solo están reorganizando sus prejuicios”.

Estos tres destellos semihumorísticos de la memoria se produjeron durante mi intento por hallar coincidencias entre los variados torrentes proféticos con los que pensadores de todas las artes y profesiones de nuestro país han anegado recientemente cuanto medio de divulgación se les pone por delante.

La mayoría de esos prolíficos ensayistas parecen soñarse, como le ocurre al pequeño de Quino, sobrevivientes indemnes de no importa qué sea lo que se nos ha venido o se nos vendrá encima. Quizás piensan que, cuando se les hunda el bote, ya habrán aprendido a nadar. Abundan también los que, como si fueran el gusano del arca, parecen confiar en que si el diluvio va demasiado lejos, y la nave zoológica se destroza en una tormenta, las piezas de madera seguirán a flote y hallarán tierra enjuta en alguno de los innumerables montes Ararat que existen.

Algún lector distraído querrá preguntar qué tienen en común los autores de esa ensordecedora catarata profética.

La respuesta podría ser que, si bien repiten entre ellos expresiones optimistas del tipo “vamos a reinventarnos”, “cambiaremos nuestros paradigmas”, “adoptaremos un nuevo modelo de desarrollo”, “haremos más justas las relaciones de poder”, “atenuaremos la desigualdad económica” y “procederemos por fin a escuchar la voz de la naturaleza”, casi todos malinterpretan entre líneas la cita de James y, en el fondo, proponen cambiar el mundo con solo acomodar sus prejuicios en orden alfabético.

Viene a cuento el estudiante que, cuando volvimos a utilizar un aula algo maltratada por un terremoto, llamó a la tranquilidad anunciando que, por orden del rector, había sido reforzada con pintura antisísmica.

El autor es químico.