Fernando Durán Ayanegui. 1 septiembre

Las dudas que suscita el reciente Informe Estado de la Educación han comenzado a ser aclaradas por expertos que cuando ocuparon importantes posiciones públicas tuvieron la oportunidad de influir para que el informe fuera menos inquietante, pero la desaprovecharon estrepitosamente. Ahora, algunos de esos “opinionólogos” se la toman contra el prestigio de los maestros atribuyéndole a un inexistente educador perfecto virtudes y talentos que son poco menos que celestiales. Pensando en que tal vez no alcanzaremos a leer el próximo informe, nos limitamos a plantear una pregunta puntual: ¿Será tan cierto eso de que los costarricenses le dan al hábito de la lectura una importancia que justifica el revuelo causado por la “revelación” de que una gran proporción de los educadores de nuestro país se llevan mal con los libros?

Circuló en la red, casi al mismo tiempo, el texto de un proyecto de ley sobre la promoción de la lectura y el fortalecimiento de la industria editorial, en el que se contempla establecer, como sustento económico de la entidad encargada de ejecutar el milagro, un impuesto de un dólar por cada kilo de ropa usada que se importe para la venta. Antes de “desnudar a un santo para vestir otro”, ¿no sería recomendable examinar de cerca el hecho de que, si bien en el país funcionan muchas editoriales, entre ellas seis financiadas por el Estado, al parecer no bastan para despertar el entusiasmo por la lectura ni siquiera en los maestros?

En el supuesto de que las generaciones adultas ya no podrán evitar que sus descendientes sean víctimas de una alfabetización efímera, a padres y abuelos solo les queda el recurso de acogerse a la creencia en que la lectura es un privilegio prescindible y dotar de tabletas a los menores de sus familias. Ojalá algunos decidan recurrir a los maestros que enseñan cómo infundir en los niños la idea de que la creatividad y la imaginación también son importantes. Gianni Rodari ofrece en su Escuela de fantasía una guía ideal para superar el desgano literario de algunos pedagogos, y es afortunado que hayan sido traducidos al español sus libros de cuentos infantiles, muy útiles para proteger a los niños del daño que causaría una literatura bobalicona basada en la falsa premisa de que ser niño significa ser tonto.

El autor es químico.