Roberto Sasso. 7 julio

Después de la publicación de mi artículo “No hay sustituto para el entendimiento” (2/6/2019), un amigo me escribió para sugerirme organizar una mesa redonda y discutir por cuáles tecnologías debería apostar Costa Rica. Me pareció muy buena idea y le contesté que el Club de Investigación Tecnológica lo hará.

Para mí, un país pequeño de ingreso medio no puede acoger todas las nuevas tecnologías disruptivas. Debe escoger de manera consciente. No hacer nada es la manera inconsciente de elegir y el resultado, inevitablemente, será fatal.

Quedarse de brazos cruzados lleva consigo desechar tecnologías cuyo uso necesita cambios legales y regulatorios, como los vehículos autónomos, la energía solar y ni que decir de editar el genoma humano. También es posible desechar, o por lo menos desestimular, el fomento de las tecnologías utilizando la herramienta fiscal. Gravar los robots agrícolas e industriales es una buena manera de alargarles la vida laboral a los trabajadores poco calificados y de mantener la productividad en niveles poco competitivos.

Como todo, debe hacerse proactivamente. La mejor forma de ilustrarlo es con la telefonía celular. Si no se hubiera abierto el mercado de las telecomunicaciones, sería muy difícil obtener una línea celular y, por tanto, la producción de apps sería limitada.

Los incentivos fiscales son muy eficaces para aumentar la compra de vehículos eléctricos, pero es políticamente incorrecto mencionarlos. La educación y la capacitación son una excelente manera de generar nuevas tecnologías.

No hacer nada para acelerar la construcción de infraestructura digital (fibra óptica y 5G) es una manera de retrasar el aprovechamiento de tecnologías valiosas.

Transformaciones. El asunto se las trae: por un lado, a los políticos no les gusta hablar del tema, no se sienten cómodos y, por eso, la tendencia es no hacer nada. En los últimos 40 años, ha habido tres políticas públicas que han cambiado el país.

La primera fue eliminar impuestos a las PC, en 1985. Dentro de un paquete de leyes, calladito, un médico (tengo entendido) introdujo la exoneración para las computadoras personales. Eso causó de inmediato que el mercado se disparara por el temor a que volvieran a gravarlas.

La segunda fue la creación de la Fundación Omar Dengo (FOD), que, como todos sabemos, ha cambiado la vida a más de dos millones de personas, y la tercera fue el TLC, que facilitó la adopción acelerada de la telefonía celular (aunque en la Internet fija ha sido un fracaso).

Si a las diez tecnología mencionadas por Klaus Schwab, cuando acuñó el término cuarta revolución industrial, le agregamos blockchain, energía solar y la edición del genoma, tenemos trece muy poderosas, todas capaces de producir profundos cambios en la productividad, el mercado laboral y la competitividad.

No estoy de acuerdo con rechazar ninguna tecnología por la vía de la inacción. Si por algún motivo se decidiera que no queremos alguna, debería decirse abiertamente. No hacer nada no es una política pública válida. Si Abel se siente ofendido, de una vez me disculpo.

Estrategia. Me parece más estratégico escoger cuáles tecnologías queremos tener en el país. Pero eso no es fácil. Si bien la mesa redonda propuesta será sin duda interesante y entretenida, difícilmente producirá más que anécdotas e ideas personales de qué podría funcionar, pero no sabremos hasta que lo intentemos.

Cuando se les quitaron los impuestos a las computadoras personales o se fundó la FOD, nadie sabía qué iba a suceder. Abrir el mercado de las telecomunicaciones no era, para nada, innovador y todos sabíamos lo que iba a suceder.

Un análisis de riesgo muy somero nos muestra que no hacer nada es el riesgo más grande. Escoger o apostar por las tecnologías equivocadas es un riesgo menor, pero sigue siendo muy grande, sobre todo, por el tiempo que se perdería en la adopción de las correctas.

Es más fácil escoger un caballo que una tecnología porque estas últimas interactúan entre ellas, con la sociedad y la economía. Hace diez años muchos creían que las redes sociales eran una maravilla de comunicación y mercadeo. El valor de mercado de las grandes redes sociales se mide en cientos de miles de millones de dólares. Muy pocos previeron el costo de la pérdida de privacidad y ni que decir del daño que iban a causarle a la democracia.

Efectos desconocidos. De las nuevas tecnologías sabemos algunas cosas, pero desconocemos muchas otras. Sabemos que la inteligencia artificial brinda enormes beneficios a la productividad, pero también puede destruir muchos puestos de trabajo a corto plazo y crear, tal vez incluso más, a mediano plazo. Pero al desaparecer el puesto de trabajadores calificados, no sabemos que sucederá. Podemos especular, mas no sabremos hasta que suceda.

De los vehículos autónomos, tanto rodantes como voladores, sabemos cómo mejoraría la calidad de vida de todos al eliminar la pesadilla del tránsito; sin embargo, no tenemos idea del resto de las repercusiones en la economía.

Por ejemplo, ¿qué pasará con los bienes raíces al desparecer los parqueos de las ciudades? No sabemos qué destino le espera a la venta de vehículos porque los autos pasan estacionados el 95 % del tiempo. Cuánto tardará la transición para dejar de convivir los vehículos autónomos con los malos choferes, tampoco es posible preverlo.

No sabemos cómo influirá en el desarrollo urbano la combinación de viajar menos (teletrabajo y drones para servicio a domicilio) con viajar mejor (sin presas). No tenemos ni la menor idea de cómo deberán reformarse las leyes y regulaciones.

Si decidiéramos no hacer nada al respecto, y esperar a que otros países lo resuelvan para copiarles, retrocederemos en competitividad. Tal vez eso no nos importe y seguiremos dejando que mueran cientos de personas al año en las carreteras.

En los próximos meses, llevaremos a cabo la mesa redonda mencionada, producirá insumos valiosos a la construcción del simulador que, insisto, necesitamos para aprender cómo interactúan las tecnologías entre ellas, con la economía y la política.

Ya formamos un equipo multidisciplinario, estamos lidiando con el reto de definir el alcance inicial del trabajo. Si somos muy ambiciosos, no llegaremos a ningún lado, pero si no somos suficientemente ambiciosos, el aporte será ínfimo. Es difícil, y ese es otro motivo para hacerlo.

El autor es ingeniero, presidente del Club de Investigación Tecnológica y organizador del TEDxPuraVida.