Roberto Sasso. 20 abril

El físico César Hidalgo, chileno residente en Boston, comentó recientemente en el sitio web de latercera.com que en Occidente utilizamos la misma estrategia de hace 200 años: todos encerrados porque no sabemos quiénes están contagiados. Para levantar la cuarentena sin que se disparen los contagios, es necesario tener esa información. Él la llama “cuarentena focalizada”. El economista y sociólogo Víctor Cheng le dice “cuarentena de precisión”, descripción que me parece más acertada.

La georreferenciación sería sin duda una intromisión grosera a la privacidad, pero vivimos momentos excepcionales.

La idea es rastrear dónde estuvo y con quiénes tuvo contacto la persona contagiada dos semanas antes de diagnosticada la enfermedad.

Si se aislaran quienes estuvieron en contacto con la persona, se les practicaran pruebas rápidamente, y se repitiera el procedimiento con quienes resultaran positivos, sería posible la reactivación de la economía de una manera segura y controlada.

Intentar la trazabilidad con herramientas manuales, como lo serían las hojas de cálculo, es a todas luces impráctico, y se saldría de las manos después de unos pocos cientos de casos.

Además, es difícil recordar con exactitud dónde estuvimos las personas durante las pasadas dos semanas. Es casi imposible recordar quién nos atendió en el supermercado o en la farmacia, o cuáles otros clientes estaban ahí al mismo tiempo.

Pequeños ayudantes. Por suerte, tenemos teléfonos celulares. Cierto, hay algunos más inteligentes que no los usan, pero esas personas probablemente tendrán que estar en cuarentena, por si acaso.

Existen aplicaciones diseñadas para dar seguimiento a los contagiados. En Costa Rica, el app del expediente digital único en salud (EDUS) de la Caja Costarricense de Seguro Social tiene incorporada una función de rastreabilidad de los síntomas y dibuja un grafo de contactos hasta de cinco niveles (los que estuvieron en contacto, con quiénes estuvieron en contacto, etc.) y, además, construye el grafo en ambas direcciones (aunque Juan no recuerde que estuvo en contacto con Ana, si Ana se acuerda de haber saludado a Juan, se establece la conexión).

Apple y Google se unieron (prohibidísimo en otras circunstancias) para incluir en iOS y Android un sistema de rastreo de contactos por Bluetooth, con códigos que cambian cada cierto tiempo —como el token del banco—, de manera que, cuando se confirme que el dueño de un teléfono contrajo la covid-19, será posible que quienes estuvieron a 9 metros o menos de distancia de esa persona en los últimos 14 días se enteren, tomen medidas, o, si la ley lo permite, les sea emitida una orden de cuarentena. La función está prevista para ser usada dentro de un mes.

Información sensible en tiempos de crisis. En Oriente, parecen estar más claros en que la salud pública está por encima de la privacidad, no tanto en Occidente.

Los operadores de servicios celulares poseen enormes bases de datos con suficiente información para dibujar en un mapa por donde anduvo una persona —en realidad es por donde anduvo el celular— durante los últimos 14 días, y cerca de cuáles otros celulares estuvo.

La rastreabilidad puede hacerse ya, pero viola la ley de protección de datos de casi todos los países occidentales.

Hay dos maneras de lidiar con eso: o los usuarios accedemos a que se utilice nuestra información por el bien de la salud pública o la Asamblea Legislativa lo aprueba temporalmente.

La gran mayoría de los teléfonos cuentan con sistemas de geolocalización bastante precisos con capacidad para ser utilizados por una o varias apps a fin de generar un rastreo permanente (las apps de corredores, por ejemplo, dibujan un mapa de los lugares por donde anduvo la persona, qué distancia recorrió, cuánto duró, etc.). Como ven, las posibilidades para registrar los recorridos de la gente son numerosas y confiables.

En tiempos normales, la georreferenciación sería sin duda una intromisión grosera a la privacidad, pero vivimos momentos excepcionales. Numerosas discusiones se han producido ya con respecto a si le corresponde al Estado o al sector privado coordinar estos esfuerzos.

Mi respuesta es que no hay tiempo para palabrerías, debemos poner manos a la obra. Aunque hay que construir un botón de autodestrucción del sistema para activarlo cuando pase la crisis.

La utilización de la tecnología es urgente. El app de la CCSS debe ser adoptado a velocidades más propias de las nuevas generaciones que de la institución. La aplicación está lista, no hay tiempo para la consabida “administración del cambio”, hay que hacerlo sin enfrascarse en conversaciones.

Los cientos de millones de registros detallados de llamadas (CDR, por sus siglas en inglés) en poder de los operadores de servicios celulares son muy valiosos y ayudarían un montón, mas no debemos perder tiempo; empecemos a sacarles provecho a fin de que volvemos a salir, pero de manera segura y ordenada.

El autor es ingeniero, presidente del Club de Investigación Tecnológica y organizador del TEDxPuraVida.