Fernando Araya. 5 marzo

La creatividad es esencial para el bienestar y la libertad de las personas. En las redes de información y conocimiento en que se han transformado las sociedades contemporáneas, las artes escénicas, visuales, literarias y audiovisuales, así como el diseño, la música, la publicidad y el mercadeo se constituyen en contenidos claves para el desarrollo social y económico que se ramifican y encadenan con otras actividades relevantes.

En Costa Rica, por ejemplo, el valor agregado del sector artístico representa un 2,2 % del producto interno bruto (PIB), y en términos de empleo genera alrededor del 2,1 % de las personas ocupadas, lo cual significó, solo en el 2015, cerca de 42.000 puestos de trabajo.

El arte es la argamasa de la cohesión social y de la vida compartida en la diversidad, y esto posee un valor cualitativo asociado a la felicidad, la sabiduría, el sentido de la vida, el gozo y el placer, factores que no se reducen y no deben reducirse a solo dinero, mercancías y consumo.

Si a esto se agrega que es un área donde puede promoverse desarrollo organizacional e industrial que superen por mucho las realidades actuales, es fácil entender la importancia estratégica de las artes, expresión del gozo y del placer del ahora, y de la libertad del mañana.

La información anterior es congruente con fenómenos análogos a escala planetaria, donde las bellas artes generaron, según datos del período 2000-2010, el 2,6 % del PIB en la Unión Europea y el 6,4 % en los Estados Unidos.

El ritmo de crecimiento de la creatividad para la economía contemporánea, indicado en porcentajes, es del 17,6 % en Oriente Próximo, un 13,9 % en África, un 11,9 % en América Latina, un 9,7 % en Asia, un 6,9 % en Oceanía y un 4,3 % en América del Norte y Central. En cuanto al empleo, representaba en ese período 29,5 millones de trabajos, lo que superaba los generados por la industria automovilística en Europa, Japón y Estados Unidos.

A la luz de estos datos, es lamentable la ausencia de una reflexión política sistemática sobre el significado estratégico del arte en Costa Rica, tanto en aspectos sociales como económicos.

Frente a esta circunstancia, conviene insistir en un principio básico de las modernas teorías del desarrollo: para superar el subdesarrollo, es necesario transformar el producto artístico en uno de los ejes transversales de la política pública y de las iniciativas privadas; y, para lograrlo, es cardinal modernizar la gestión, impulsar rediseños institucionales, propiciar la cooperación permanente entre los sectores públicos y privados, elevar los recursos disponibles sobre la base de la responsabilidad macro y microeconómica y mejorar la eficiencia y calidad en la administración y distribución de los recursos disponibles.

Capacidades de negociación. La cuestión presupuestaria y su gestión es relevante, no solo por las dificultades fiscales y la desaceleración de la economía, sino también por el carácter estratégico del arte en el desarrollo humano.

El asunto no es tan simple como decir que el 0,45 % del presupuesto nacional se destina “a la cultura”, y opinar sobre si eso es mucho o poco (esta es una discusión derivada y secundaria), lo decisivo es analizar la gestión cualitativa de esos recursos, su impacto en el territorio nacional y su relación con el conjunto de la situación del país, para así definir el ritmo y contenido de un responsable y progresivo fortalecimiento de las instituciones relacionadas con el quehacer artístico.

Atender las demandas sociales de bienes y servicios para el arte exige lucidez financiera con respecto a la oferta de proyectos. Esto es esencial para que los impactos sociales y de equidad de las distintas iniciativas puedan maximizarse. Cuando se consideran aspectos como exportaciones, importaciones, industria del entretenimiento, generación de empleo, actividades y resultados en letras, plástica, música, teatro, danza, cine, producción audiovisual, fiestas populares e industria artesanal, es notoria la necesidad de potenciar y fortalecer las capacidades de negociación para el diseño y la ejecución de las políticas económicas y sociales.

Por qué se desvaloriza el arte. Existen dos causas para explicar este fenómeno: primera, en los partidos políticos se concibe como algo poco importante, casi inútil, o útil como trampolín político de intereses creados vinculados al quehacer artístico.

La segunda causa se relaciona con la historia de las doctrinas económicas y su influencia en las ideologías. Voy a ahondar en esto.

En las formulaciones de la economía clásica no se incorporó el producto artístico como un factor del desarrollo. El énfasis se puso en las economías industrial, tecnológica, agrícola y comercial, y en ese marco se dividió el trabajo en productivo e improductivo, asociando lo improductivo con el arte. Esto ocurrió en las distintas corrientes de la economía política clásica.

En Teoría de los sentimientos morales, Adam Smith profundizó en consideraciones éticas y culturales de la convivencia humana, y en los siglos XVII, XVIII y XIX, varios economistas observaron la autonomía y trascendencia del arte clásico griego respecto a la sociedad esclavista en la que vivieron Platón y Aristóteles, mientras que las corrientes liberales insistieron en afirmar que un economista que solo conozca de economía es un mal economista, tesis ilustrada por Joseph A. Schumpeter en su monumental Historia del análisis económico.

Nada de eso logró evitar que el arte quedara marginado en las formulaciones pioneras de las teorías económicas, pero el tiempo no pasa en vano, y hoy es un lugar común decir que autores como Smith, Eugen Böhm von Bawerk, Pareto, Hayek, Keynes, Angus Deaton o Stiglitz ahondan en la trascendencia de las bellas artes para los procesos económicos y tecnológicos.

Argamasa. Después de muchas décadas de investigación y diálogo, está aceptado que lo económico es clave para el desarrollo, pero que no debe concebirse ni diseñarse ni ejecutarse como si fuera opuesto a las variables artísticas, y que tales variables culturales poseen cierta autonomía en relación con las condiciones económicas, pero no deben gestionarse como si no tuviesen contenidos económicos y no necesitaran responsabilidad financiera, adecuada fundamentación económica y coordinación con las situaciones generales del país.

Existe, por lo demás, algo más fundamental. En tiempos de la sociedad de la información y del conocimiento, el arte es la argamasa de la cohesión social y de la vida compartida en la diversidad, y esto posee un valor cualitativo asociado a la felicidad, la sabiduría, el sentido de la vida, el gozo y el placer, factores que no se reducen y no deben reducirse a solo dinero, mercancías y consumo.

Ahora que en el país se discuten asuntos vinculados con las finanzas públicas, el empleo, la productividad o la modernización del Estado, es necesario que quienes se desempeñan en el ámbito del arte ofrezcan su experiencia y su visión en estos debates.

El autor es escritor.