Víctor Hurtado Oviedo. 27 abril

Hay poetas jóvenes y, pasados los 70 años, poetas-niños (mujeres y hombres, valga decir). Más raro, más agradecible, es encontrar ensayistas jóvenes; pero casi no existen, pues el ensayo es como el Sol: se levanta con el tiempo.

En vez de ser exaltación del mediodía, el ensayo nos habla con elegancia, con humor, en la sobremesa de la tarde. Nadie se agita luego del café, y el ensayo que se agita no es ensayo.

El ensayo es un largo hijo de la vida y las lecturas, no de la intuición. Así, el escritor mexicano Gonzalo Celorio nos enseña: “El joven poeta un día se asoma al género que no es el de la iniciación, sino el de la madurez: el ensayo” (Ensayo de contraconquista).

El (precisamente) ensayista costarricense Luis Ferrero Acosta nos ilustra además: “El ensayo exige cultura vasta y profunda” (Ensayistas costarricenses); esto es: tiempo y más tiempo.

Aquellas dos son coincidencias inesperadas (como todas las coincidencias), pero no son las únicas, y lo veremos. El tiempo es un espacio: es un salón de clase, y en él aprende quien desee atender las lecciones, día a día.

¿Brotan los ensayos de la fuente de la juventud? Sería improbable. Toma muchos años adunar los materiales del ensayo, leve casa: crecer, leer, viajar, pensar, rectificar, hallar a los demás personajes del teatro impensado de la vida.

“El ensayo es un género para escritores maduros. Quien se abstiene de toda tentación, fácilmente evitará el error”, nos advierte el escritor argentino Adolfo Bioy Casares (“Estudio preliminar” del libro Ensayistas ingleses).

“Nadie sabe para quién trabaja”, nos repite la sabiduría popular, mas un oficio del vivir es trabajar encadenando experiencias que revivirán en un ensayo en la madurez. Al fin, hemos trabajado para nosotros mismos.

Cruce del jardín. Vamos cayendo y recayendo en que los propios ensayistas han reparado en esta propiedad: la madurez amiga. Vemos pasar las cosas durante la juventud y la madurez, para reencontrarlas más tarde. También, por algo, quien fue secretario de la Academia Guatemalteca de la Lengua, Mario Alberto Carrera, asegura: “El ensayo da sus mejores frutos en la madurez” (Memoria del IX congreso de la Asociación de Academias de la Lengua, de 1989).

Brevemente, el escritor cubano Medardo Vitier anota: el ensayo “es género de madurez en las culturas” (Del ensayo americano). Por su parte, el vasto crítico español Guillermo Díaz Plaja subscribe lo que ya parece una conspiración de cofradía: “El ensayo es síntoma inequívoco de madurez […]. El ensayo [es], pues, género difícil porque es un género adulto” (cita tomada del libro Teoría del ensayo, del crítico español Luis Gómez Martínez).

No es que falten ensayistas jóvenes (el propio Michel de Montaigne empezó a escribir con 38 años), mas hemos de reconocer que, por cada cien Arthur Rimbaud, hay un Alfonso Reyes.

Entre las profusas ramas de la literatura, el ensayo nos aparece cuando hemos pasado mucho más allá de la mitad del jardín de la vida.

Ya que rondamos la naturaleza, podríamos recordar de cuál modo el crítico José Luis Martínez Rodríguez cosechó los textos de El ensayo mexicano moderno, libro que antologó: “Respecto a los nuevos ensayistas, se ha elegido aquellos que inician ya su madurez”.

Felizmente, todo el mundo es campo y surco para el ensayo. “¿No es un poco absurdo oír hablar de ‘un país de ensayistas’?”, pregunta retóricamente y se contesta el escritor argentino José Bianco (Diarios de escritores y otros ensayos).

Fuga de lectores. No es el presente el sitio para que insistamos en otra singularidad, pero valdría anotarla. Desde el otro lado del jardín, sobre la banca del lector, lectores también revelan que, con los años, la tarde los inclina más hacia los ensayos.

En el 2000, con 81 años, Martha Hildebrandt, quien fue directora de la Academia Peruana de la Lengua, confesó a un periodista: “Leo poca poesía porque, entre la poesía y la prosa, prefiero la prosa, y, entre la novela y el ensayo, prefiero el ensayo” (revista Cambio, Lima, 6/3/2000).

Cerca de ella, aunque desde la Península, se manifestó Francisco Rico, historiador de la literatura y miembro de la Real Academia Española: “Últimamente leo menos libros de creación y bastantes más de historia, pensamiento o lo que en tiempos venía a ser 'le newtonianisme pour les dames’” (El País, 14/12/2004). El “newtonianismo para las damas” equivale a los libros de divulgación científica: no están de más.

Hay más casos, pero valgan aquellos dos ejemplos de abandono de las naves de la poesía y de la narrativa para lanzarse a la residencia en la tierra del pensamiento y del ensayo.

¿Por qué ocurren tales fugas? Porque, tal vez, de mayores, busquemos filosofías que respondan las preguntas que no supimos responder durante nuestra juventud.

Las fugas, quizá también, se deban a lo que podríamos llamar “las abrumaciones / de las narraciones”: en el año anterior, 564 novelas se presentaron al Premio Planeta.

Sabiduría. Ahora tornemos a la casi senecta gravitación de algunos escritores hacia el ensayo, “género de la madurez”. Para escribir ensayos, ¿bastan las numerosas lecturas que nos obsequia el tiempo? ¿Hablamos de erudición o de sabiduría? De sabiduría. Las muchas, las demasiadas lecturas no construyen, solas, la mansión de un ensayista.

Los libros cursados están bien, pero, con solo ellos, a tal mansión le falta la torre del vigía, desde la que nos observaremos el pasado.

“En contra de cierta tendencia malsana, [el ensayo] no demanda tanto un derroche de erudición como de saber. De ahí que su escritura se sitúe en la fase más elevada del conocimiento, y no propiamente en sus inicios. Se trata, por tanto, de un género de madurez”, acierta al decir el escritor colombiano Jaime Alberto Vélez González (El ensayo, entre la aventura y el orden).

Ciertamente, no es fácil precisar la distancia que separa la erudición de la sabiduría, pero ha de ser la misma que separa una agotada y agotadora conferencia, de una máxima, siempre breve.

“Sé tú mismo” es sabiduría, pero dos horas de estar girando alrededor de “sé tú mismo” es una erudición enredada con una conferencia.

Después de haberse dado los naipes años tras años, el juego del solitario ha terminado, y el escritor comienza a recoger las cartas. El ensayo no solo es juego: también es meditación en la que el humor no resta, sino suma.

Con el polvo y la luz de las andanzas se escriben los ensayos. ¡Ah!, y la forma, el cuidado del estilo. En el prólogo de su libro Estancias del pensamiento, el filósofo costarricense Roberto Murillo Zamora precisa: “Ambiciosamente, aspiro a más. En estos ensayos alienta una voluntad de forma”.

Muy cerca de esta voluntad vive La voluntad de estilo, cual se titula el libro sobre ensayos españoles que el también ensayista Juan Marichal dedicó a sus colegas.

Al fin, el ensayista es el anciano de la tribu de las palabras, y los ensayos, las últimas más comprensivas y compasivas miradas que lanzamos sobre nuestros pasos —pasos de plebeyos en el reino de este mundo—. Caminando por la vida, subiendo a la torre del vigía para vernos llegar, se hace el ensayo, tesoro de la senectud, sonata del pensamiento.

El autor es ensayista.