Roberto Sasso. 24 junio

La pandemia sacó a flote las deficiencias de la Internet fija y la inefectividad de la Internet móvil para la educación virtual y el teletrabajo.

La apertura del mercado de las telecomunicaciones es increíblemente exitosa para la telefonía celular y la Internet: el número de suscripciones celulares como porcentaje de la población es un 170 % y de Internet móvil, un 95 %. Sin embargo, gran cantidad de personas tienen serios problemas para recibir clases virtuales o trabajar por medios telemáticos, sobre todo cuando hay varios miembros del hogar conectados al mismo tiempo.

Estoy seguro de que hay muchas mentes brillantes en este país que, si se abocaran a construir en vez de obstruir, esta y muchas otras cosas se harían de manera expedita.

El Ministerio de Educación (MEP) calcula que, cuando menos, medio millón de estudiantes están excluidos de la educación por falta de dispositivos, conexión o cobertura.

La Internet fija es “cara, lenta y asimétrica”, dice la gente, y eso es precisamente lo contrario de lo requerido para brindar educación virtual y teletrabajar. Durante la pandemia, cientos de miles de hogares necesitan hacer ambas.

Internet debe ser barata para que la cobertura se acerque al 100 %; actualmente, solo un 57 % de los hogares tienen Internet fija y, de esos, un porcentaje muy pequeño (se desconoce, pero debe ser, a lo sumo, un 2 %) tiene velocidades de subida superiores a los 10 Mbps.

La cobertura y velocidades requeridas pueden proveerse mediante subsidios, más competencia o innovación legal y regulatoria, o todos los anteriores.

Superveloz. Internet debe ser rápida para que los miembros del hogar suban y bajen grandes cantidades de datos al mismo tiempo. La videoconferencia es un buen ejemplo de una aplicación necesitada de banda muy ancha. Otro es el intercambio colaborativo de videos educativos.

Internet debe ser simétrica (misma velocidad de subida y de bajada) para poner en práctica la colaboración. Tanto la educación como el trabajo de oficina son labores inherentemente colaborativas.

Por suerte, ya no hay discusión sobre cuál es la tecnología requerida. Estamos de acuerdo en que la solución tecnológica es fibra hasta el hogar (FTTH, por sus siglas en inglés).

Costa Rica posee aproximadamente 35.000 kilómetros de fibra, pero el porcentaje de hogares que sacan provecho es muy pequeño y, de esos, muy pocos tienen conexiones simétricas.

Con tanta fibra en el país, no hay ningún premio por deducir que la gran mayoría (¿90 %?) vivimos (trabajamos y estudiamos) a menos de una milla de la fibra.

El costo de instalación de la última milla de fibra no se ve por ningún lado, no lo cobran o no aparece en ninguna factura. Está escondido dentro del total del servicio. Esto, a pesar de que la ley de telecomunicaciones diferencia claramente entre el operador de la red (el que instala y mantiene la fibra) y el proveedor del servicio (el que provee Internet, pero hay muchos servicios posibles de brindar cuando la conexión es de fibra).

Esto, a la vez, redunda en que si un cliente desea cambiar de proveedor de servicio debe cambiar también de operador de la red, e instalar otra fibra, lo cual significa cuadrilla, escaleras, taladros, etc.

En este mercado, supuestamente en competencia, el costo de dejar un proveedor es muy alto, a diferencia del mercado de telefonía celular.

La lógica sugiere que ese costo es mucho mayor si la instalación se hace en un único hogar en un barrio que si se hiciera en todas las casas. Más aún, si a cada hogar, empresa, institución y centro educativo se le instalara una única fibra y se le permitiera al cliente decidir cuáles servicios y de qué proveedores quiere esa fibra, es probable que en muy poco tiempo tuviéramos Internet rápida, barata y simétrica en todo el país.

Abaratamiento de costos. Hace unos años, un directivo de la Sutel me comentó que el 90 % del costo de una conexión a Internet era el cable submarino. Debe haber bajado considerablemente (como todos los costos asociados a tecnologías), quizás a un 75 %.

Lo anterior sugiere que, para educación virtual y el teletrabajo, los proveedores deberían ofrecer servicios de Internet con un componente local de muy alta velocidad y a muy bajo costo, por ejemplo 100 Mbps tanto de subida como de bajada, suficiente para que en un hogar de cinco miembros estudien y trabajen sin sufrir una experiencia atroz, como ahora.

Lo anterior se facilita por el hecho de que hoy todos los operadores de redes están interconectados localmente. Por tanto, el tráfico nacional no viaja al exterior, como antes si el operador de origen o destino no estaba conectado al IXP.

La lista de servicios posibles con una conexión de fibra óptica está solamente limitada por la imaginación. El recibo debería desglosar todos, empezando por el costo de la fibra misma; luego, el servicio de Internet (con la velocidad de subida mencionada antes que la de bajada); después, servicios de televisión, videoseguridad (cámaras monitoreadas en la nube por un software, no por gente viendo televisión), servicios de Internet local (solo educación, o educación y teletrabajo), servicios de VPN, etc.

El país debería emprender una campaña vigorosa de instalación de FFTX (x es igual a hogar, oficina, escuela, etc.), con un subsidio al costo de instalación inversamente proporcional al quintil económico del subsidiado.

Fonatel es perfecto para eso, con la salvedad de la velocidad con que hay que hacerlo. Es posible lograrlo sin licitaciones y sin burocracia. Los operadores instalan y contra la aceptación del cliente (indicando la ubicación exacta) se gira el subsidio.

¿Demasiado rápido y fácil?, probablemente no faltarán 18 razones por las cuales no se pueda conseguir así de rápido.

Por suerte, estoy seguro de que hay muchas mentes brillantes en este país que, si se abocaran a construir en vez de obstruir, esta y muchas otras cosas se harían de manera expedita.

Tarea urgente. La función de Fonatel es reducir la brecha digital, pero, como espero haber dejado claro, aún los que se supone están conectados, porque tienen Internet de algún tipo, no pueden acceder a la educación virtual o al teletrabajo.

Es urgente cambiar la definición de la brecha digital y, por ende, qué incluye el derecho a la conectividad.

Lo más importante es separar los costos de instalación del de operación. Note que, como cada ubicación únicamente tendrá una fibra, el valor mensual, si se prorratea a 30 años, que es la vida útil de la fibra, producirá un costo mensual muy bajo.

El costo de la fibra sin servicio es muy barato, pero igual debe subsidiarse para que todos los estudiantes del país obtengan educación virtual.

El costo de los diferentes servicios también es subsidiable, por ejemplo, la Internet local para educación virtual y teleconferencias para el teletrabajo.

Los otros servicios no esenciales (televisión y videoseguridad) no necesitan subsidio; sin embargo, puesto que los clientes pueden cambiar de proveedor con suma facilidad, eso hará bajar el precio y subir las velocidades. En pocos años podríamos estar al nivel de países no pobres.

La Internet necesaria para apoyar la educación virtual y el teletrabajo no es un problema pasajero, tampoco es un asunto fácil, pues afecta muchos intereses, pero sí es una cuestión urgente por resolver.

El autor es ingeniero.