Velia Govaere. 19 noviembre, 2020

El comercio mundial toma vuelo, por encima del ruido ensordecedor del proteccionismo de Trump. Bajo el signo de la victoria del multilateralismo y el libre comercio, Li Keqiang, alto funcionario chino, saludó desde Pekín la firma de la Asociación Económica Integral Regional (RCEP), que asocia comercialmente a 15 países bajo liderazgo chino.

Además de China, incluye los 10 países de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ANSA), a los que se suman Japón, Corea del Sur, Australia y Nueva Zelanda.

Es un tratado de libre comercio que ha sido calificado como el acuerdo regional más productivo de la historia económica. Sus dimensiones son colosales. Las economías combinadas de sus miembros equivalen al 30 % del PIB mundial. Su intercambio representa el 28 % del comercio global con un mercado de 2.200 millones de consumidores, en la región de mayor crecimiento del orbe.

Se estima que el tratado acelerará las economías de esos países, generando un incremento comercial de $428.000 millones, con un impacto en el PIB mundial de $186.000 millones en una década.

Pero su aspecto más relevante es de carácter geopolítico, como un cambio de eje de la economía mundial. Por vez primera, desde inicios de la globalización, el liderazgo del comercio estará desacoplado de los Estados Unidos. Esto apunta a un giro histórico en la hegemonía económica, bajo el liderazgo de China, que se presenta como el motor de este acuerdo.

Este resultado, contraproducente para los intereses estadounidenses, es la secuela más trascendental de la política de confrontación comercial desatada por Trump, en su guerra comercial con China.

Contrapeso perdido. China era ya una estrella ascendente. La administración Obama comprendió el creciente peso geopolítico del sudeste asiático, su progresiva importancia económica y la relevancia que tenía para los Estados Unidos participar activamente como parte y líder en ese proceso, haciendo contrapeso a la cada vez mayor influencia regional de China.

Por eso, Obama promovió el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés). La Latinoamérica bañada por el Pacífico había visto la oportunidad que ese acuerdo abría para la región. México, Chile y Perú se habían integrado a esa ambiciosa iniciativa que habría sentado el cimiento del futuro económico con dominancia asiática, pero sin China.

China lo había entendido así y, para no quedarse al margen, desarrolló, desde el 2012, sus propias iniciativas de megaacuerdos regionales.

Tanto Trump como, extraña y contradictoriamente, Hillary Clinton no vieron la relevancia del TPP de Obama. Clinton, como secretaria de Estado de Obama había liderado el proceso, pero se había echado atrás.

Ambos renegaron del TPP en la campaña del 2016, bajo la influencia distorsionante del resentimiento de la clase obrera industrial, por la deslocalización de empresas a favor de China y los efectos del déficit comercial por la competencia de productos asiáticos.

Guerra personal. Trump, ya presidente, retiró formalmente a su país de ese acuerdo, dejando un vacío que ya China había comenzado preventivamente a llenar.

Con su guerra comercial, bajo el lema proteccionista de «Estados Unidos primero», destruyó la política de Obama de formar parte del desarrollo de la región más dinámica del mundo y de contrarrestar así la influencia china.

Su resultado fue que los países de Asia no solo siguieron el esquema del TPP sin Estados Unidos, sino que, además, volvieron el rostro a China, que supo aprovechar el vacío de liderazgo que había dejado Washington. Obama lo vio venir e intentó prevenirlo.

Aspectos excluidos. Con Estados Unidos dentro, el TPP habría sido un acuerdo más profundo que tocaba temas de trascendencia, como derechos laborales, políticas ambientales y propiedad estatal de las empresas.

El RCEP se queda corto en eso. El 65 % de los productos entrará en calendario de desgravación arancelaria, se abordan cuestiones como economía digital, inversiones y alguna cobertura de propiedad intelectual, pero no se tocarán derechos laborales ni ambientales.

Eran asuntos que tenía el TPP y que habrían creado un cerco a la explotación laboral y al subsidio de empresas estatales como ventajas comerciales discriminatorias.

Con un RCEP sin Estados Unidos, la exclusión de esos aspectos le da mayores ventajas a China. El RCEP es menor que el TPP, pero presenta extraordinarias oportunidades de inversión regional, así como la creación de un entorno favorable para encadenamientos productivos.

Al estar cubiertas las cadenas de valor por reglas comunes de origen, la producción de partes e insumos puede integrarse como regional con libertad de movimientos sin aranceles, simplificando la inversión extranjera y aumentando las ventajas de operar dentro de la región asiática.

En enero del 2021, Biden encontrará este panorama. En la campaña, el tema comercial estuvo ausente. Biden evita ahora tomar posiciones. No es su prioridad. Su mirada está en combatir la pandemia y reactivar la economía. Pero el capítulo comercial no puede estar mucho tiempo fuera de su agenda. Estados Unidos sigue siendo el motor de la economía mundial y el primer destino de los productos chinos.

China tiene un superávit comercial de $421.000 millones, de los cuales más de la mitad son exportaciones a Estados Unidos. El RCEP le permite una fuerte diversificación de destinos para disminuir esa dependencia comercial.

Para Estados Unidos, el RCEP no puede ser un TLC más. Simboliza y encarna la ascendente hegemonía de China como potencia económica dominante en el entorno asiático.

Estamos en un instante en el que se está cimentando la imagen de China en detrimento del liderazgo estadounidense. No es tiempo para incertidumbres con esa región. Washington necesita una reorientación.

El RCEP es testigo del vacío que dejó Estados Unidos y también de cómo la guerra comercial de Trump no detuvo, sino más bien aceleró el ascenso de la estrella china.

La autora es catedrática de la UNED.