Kanni Wignaraja. 8 febrero
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NUEVA YORK– En su autobiografía, el padre fundador de Singapur, Lee Kuan Yew, cuenta la historia de cómo el liderazgo y la determinación transformaron una pequeña nación sobre un banco de arena en una metrópolis abierta, competitiva y próspera.

En las décadas que transcurrieron desde entonces, Singapur fue gobernada por una clase política conocida por su eficiencia y su honestidad, y hoy día hace alarde de una fuerza laboral sumamente calificada.

En el último índice de desarrollo humano (IDH) del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo —concebido por primera vez hace 30 años por el premio nobel Amartya Sen y el economista Mahbub ul Haq—, el país se ubica en el puesto número 11 de un total de 189.

Pero cuando se ajusta el IDH para considerar las emisiones de dióxido de carbono y la llamada huella material (que mide el porcentaje de extracción global de materias primas en la demanda final de un país), Singapur cae 92 posiciones en el ranquin.

No hay ningún país que alguna vez haya podido alcanzar un nivel alto de desarrollo humano con un uso reducido de recursos, y Singapur, al no tener prácticamente ningún recurso natural propio, importa casi todas las materias primas que necesita.

Esto no tiene nada de inusual; Singapur es emblema de crecimiento en todo el planeta. Pero el entorno natural no puede sustentar esta forma de crecimiento y desarrollo.

La intensa presión que nuestros modelos actuales de desarrollo están ejerciendo sobre los ecosistemas locales quizá quede mejor ilustrada por la pandemia de la covid-19.

Un pequeño patógeno dejó al descubierto vulnerabilidades gigantescas y desigualdades groseras inclusive en las sociedades más fuertes y más prósperas, y los desequilibrios económicos y sociales no hicieron más que reforzar el daño infligido por la pandemia.

Mientras la enfermedad se fue propagando, aprendimos que la acción colectiva necesaria para enfrentar semejante desafío se torna mucho más difícil cuando las divisiones domésticas y las rivalidades internacionales prevalecen sobre la solidaridad global.

Pero si bien el desarrollo al estilo de Singapur no es sostenible, tampoco es posible reformular el desarrollo como una compensación entre la subsistencia de la gente y salvar árboles.

Mirando el mañana. Ese es el argumento central en el nuevo Informe de desarrollo humano (IDH) del PNUD, que examina maneras nuevas o poco utilizadas de alcanzar bienestar humano y ambiental.

En el futuro, debemos alentar a los países a buscar la prosperidad minimizando al mismo tiempo su huella de carbono, mediante la aplicación del conocimiento, de la ciencia y de la tecnología que tenemos a nuestra disposición.

El informe reinventa el futuro papel de los Gobiernos, pero resulta evidente que estos no van a cargar con toda la responsabilidad de las elecciones vitales que deberán hacerse en los próximos años.

El IDH también reclama un sector privado social y ambientalmente responsable, que considere que la naturaleza redunda en su beneficio y que ayude a reformular normas e incentivos para la acción climática.

Se resaltan cuatro áreas fundamentales en las cuales adoptar medidas. Primero, las ciudades —que representan el 85 % de la producción de energía y el 75 % de las emisiones de CO2— ahora necesitan allanar el camino para una renovación verde.

El IDH destaca un papel para las ciudades como teatros para la acción verde: poniendo un precio al verdadero costo social del carbono, protegiendo los espacios verdes y plantando árboles, y limpiando las vías navegables y los mares de la basura plástica que está devastando la vida marina.

Segundo, además de las medidas que tomen las ciudades y de las promesas nacionales —incluida la región Asia-Pacífico— para alcanzar una neutralidad de carbono en las próximas décadas, los ciudadanos comunes deben adaptar sus estilos de vida.

El IDH insta a la gente a reconsiderar qué es lo que más valora y a cambiar lo que consume y cómo produce, se traslada e invierte. No es imposible. A lo largo de la historia, hemos visto que el comportamiento y las normas sociales pueden cambiar.

El consumo de tabaco, por ejemplo, pasó a estar socialmente estigmatizado, lo que hace que la gente fume menos, y el uso de mascarillas se volvió una norma en muchos lugares durante la pandemia de covid-19.

Tercero, si bien el cambio de actitud puede surgir de incentivos duros (por ejemplo, mayores impuestos al tabaco) y de regulaciones, también puede inspirarse en llamadas colectivas a la acción, como las que instan a los inversionistas institucionales, grandes y pequeños, a financiar nuevas tecnologías verdes.

El dinero privado debe equipararse al financiamiento público, y estar afianzado por una eliminación de lagunas impositivas locales e internacionales y la erradicación de subsidios innecesarios.

El modelo de crecimiento de Singapur es ecológicamente insostenible. Shutterstock
El modelo de crecimiento de Singapur es ecológicamente insostenible. Shutterstock

El subsidio a los combustibles fósiles por sí solo le cuesta a la economía mundial $5 billones al año. En la región Asia-Pacífico, esos subsidios llegan a representar el 50 % del presupuesto de salud o educación de un país.

Los impuestos correctos al carbono, a las transacciones financieras y a la riqueza extrema podrían recaudar $200.000 millones adicionales cada año para inversiones verdes, según el informe de la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible sobre los costos y el financiamiento de los ODG para países de bajos ingresos.

Las limitaciones financieras claramente no tienen por qué impedir la transición a una economía verde.

Acciones eficaces. Debemos entender que la naturaleza no es nuestra enemiga. El IDH documenta 20 acciones costo-efectivas relacionadas con los bosques, los humedales y los pastizales que generan el 37 % de la mitigación necesaria para mantener las temperaturas globales en un rango de 2 °C respecto de los niveles preindustriales.

La reforestación por sí sola representa dos tercios de este potencial. Reconocer y proteger a las comunidades locales que son las guardianas de la naturaleza será clave.

El aporte de las poblaciones indígenas del Amazonas para preservar la capacidad de almacenamiento de los bosques, por ejemplo, equivale a las emisiones de gases de efecto invernadero per capita del 1 % superior de los emisores globales.

El índice original de progreso humano de Sen y Ul Haq introdujo una nueva manera de medir cómo las sociedades son capaces de alcanzar su potencial. Sin embargo, cuando se ajusta para el estrés planetario actual, el índice muestra cómo sus elecciones se ven radicalmente restringidas.

En lugar de esperar de manera pasiva nuestro destino, debemos utilizar nuestro conocimiento, nuestra razón y nuestra capacidad de acción para establecer nuevos modelos de desarrollo y dar forma a nuestros destinos colectivos.

Kanni Wignaraja: es sub secretaria general de las Naciones Unidas y directora regional del PNUD para Asia y el Pacífico.

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