Columnistas

Página quince: 35 años sin Victoria Urbano

Aunque poco conocida y apreciada en su país, no dejó de escribir sobre él y sus autoras.

José Ricardo Chaves
José Ricardo Chaves

No quisiera que acabara este año sin traer a la memoria de los lectores el nombre de la escritora costarricense Victoria Urbano, nacida en 1926 y muerta hace 35 años en Houston, Texas, a los 58 años, en plenitud intelectual y artística, cuando su trabajo literario, y no solo académico, comenzaba a ser valorado. Perteneció a esa generación de escritoras nacidas en los años veinte del siglo pasado, como Carmen Naranjo (1928) y Julieta Pinto (1921) y, casi, Rima de Vallbona, quien nació en 1931, posterior al brillante trío del exilio de la segunda mitad de la década de los diez: Yolanda Oreamuno y Ninfa Santos, de 1916, y Eunice Odio, de 1919. No obstante, dado que la mayor parte de su vida adulta la pasó fuera del país — sobre todo en España y Estados Unidos—, se la suele asociar con estas últimas, las exiliadas, aunque Victoria fue menor que ellas.

Inicios. Tras formarse en la escuela República de Argentina y en el Colegio de Señoritas, se fue a estudiar a Estados Unidos, donde escribió su primer libro, un conjunto de cuentos y algunos poemas que publicó en México en 1951 con el título de Marfil, a los 25 años, en la prestigiosa Editorial Botas. Hace poco tuve la oportunidad de conseguir un ejemplar, que me apresuré a leer, y es interesante ver cómo ahí se encuentran, en nuez, buena parte de los asuntos que va a desarrollar en sus libros posteriores: las mujeres, la soledad, el cosmopolitismo, la errancia, Costa Rica en la lejanía, el amor frustrado.

Uno de sus poemas, “Deseo”, retrata y sintetiza su posterior destino: “Pienso y vivo en el deseo/ De no compartir con nadie mi existencia,/ Vivir la vida que en mis sueños veo/ Y embriagarme yo sola de su esencia./ Sola y libre ser,/ Sin nadie que a mi lado/ Mi pensamiento transportado/ De alegría, pueda ver./ Amar la vida que es mi vida./ Ser la reina de su reino silencioso./ Y en este ambiente libre y amoroso,/ Cerrar los ojos y quedar dormida” .

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