Gustavo Román. 2 febrero

La injusticia y la crueldad, aparte de dolernos, deben desatar nuestro enojo. Y digo “deben”, porque, si no lo hacen, algo anda mal en nuestras cabezas. Pero no es de esa rabia de la que voy a escribir, ni tampoco de la que alienta el extremismo político, que es la misma, solo que tumoralmente expandida hasta atrofiar el juicio moral y las habilidades cognitivas del extremista. No, yo de la que voy a escribir es de la indignación epidérmica, que se viraliza por las redes sociales con la misma velocidad con que se le pasa a quien la padece, que, en un plis plas táctil sobre un muro de cristal líquido, pasa de explotar airado contra la barbaridad del día, a partirse de la risa con el meme que compartió un amigo.

Clics. Mucho se ha escrito sobre el asunto, sobre cómo medios de comunicación y políticos demagogos logran pescar clics y votos al manipular nuestro enfado, o cómo este se combina de forma peligrosa con la rapidez con la que consumimos información, para crear un clima de desasosiego general. Lo primero es explicado por los lingüistas J.R. Martin y P.R. White en su Appraisal Theory: las evaluaciones expresadas en términos emotivos (por ejemplo: “¡estoy harto de esto!”) refuerzan la solidaridad entre el emisor y su audiencia, pues mediante estas el emisor invita a compartir no solo una valoración particular, sino además la respuesta emocional adjunta que, si encuentra aceptación en el receptor, consigue aumentar la simpatía mutua.

Después de todo, en el Antiguo Testamento la ira de Dios no es sino una expresión de su santidad

Una vez establecida esa conexión empática, la audiencia estará más receptiva a los aspectos ideológicos más amplios de la posición del emisor. Lo segundo, recién lo comentaba en un artículo de prensa Gutiérrez-Rubí: “la relación entre el bien abundante (la información) y el bien escaso (el tiempo para procesarla) está provocando que las reacciones desplacen a las reflexiones en nuestros procesos cognitivos… esta nueva manera de pensar (que hace de lo efímero, del salto permanente, de la inmediatez, el nutriente de la conciencia) nos vuelve más caprichosos, impacientes y pueriles. Y manipulables, como acredita el informe Media Manipulation and Disinformation Online de Data & Society”.

Crisis. Todo ello es muy importante, pero aquí propongo comprender la indignación desde otra perspectiva menos frecuente y, pienso, más fecunda para el análisis. Propongo relacionar esa indignación con la crisis identitaria que la globalización produce en los individuos y con el fenómeno de la posverdad. Así entendido, indignarse es una forma de promocionar la propia identidad, esfuerzo constante en el que sacrificar la verdad importa poco.

Hace veinte años, Castells nos advirtió, en el segundo tomo de La era de la información, la centralidad que las identidades adquirirían en la “sociedad red”. Antes incluso, respecto de la modernidad tardía, Giddens ya reconocía que “cuanto más pierden su dominio las tradiciones y la vida diaria se reconstituye en virtud de la interacción dialéctica de lo local y lo global, más se ven forzados los individuos a negociar su elección de tipo de vida entre una diversidad de opciones”. Pero ya no es solo que lo local haya sido desacralizado por lo global; ahora, además, lo normativo ha sido barrido por lo alternativo.

Luego de que por ochenta años Walt Disney prescribiera a las niñas que debían ser princesas, hoy les insiste: “Puedes ser lo que quieras ser” (o, para no perder toda su stock de productos sobre esos personajes: “Soy princesa siendo yo”). Y aunque ser lo que se quiera ser es una irrenunciable conquista del espíritu humano, también es terriblemente fatigoso.

Así lo ve Chul Han. En su libro La sociedad del cansancio, dice que, más que el trabajo, lo que nos tiene tan agotados es la necesidad permanente de construcción de la propia identidad. Nietzsche matizó el júbilo por la muerte Dios con la consideración de que, con ella, la preocupación por la salud física saturaría nuestros pensamientos. Nuestro mundo, repleto de gimnasios y doblegado por dietas, en sustitución de capillas y penitencias, lo acredita como profeta.

Pero lo cierto es que actualmente se “suda” más en la construcción, cuidado y defensa del personal branding, que en la elíptica o en la bici estática. Brand yourself es un dictum más pesado que el de la salvación por buenas obras contra el que luchó Lutero.

¿Qué tiene esto que ver con la indignación? No solo lo obvio: que el estrés, asociado a esta constante puesta en escena de un yo apropiado, nos pone necesariamente hostiles. Hay algo más. Más sutil y relativo al agobio de nuestro tiempo: vivimos en la era de la desconfianza (Rosanvallón), la incertidumbre (Bauman) y el riesgo (Beck), cuyo lixiviado fundamental es el malestar. El clima de opinión general es el enojo y la forma ortodoxa de gestionarlo es (en una era en la que ser libre es, antes que cualquier otra cosa, tener libertad de expresión), expresándolo con nuestra opinión. Con ella expreso una valoración personal, sí, pero, más importante aún, proyecto una identidad adecuada a las expectativas que deseo satisfacer.

Indignados. Dime qué te enoja y te diré quién eres. La indignación como seña de identidad. Como carné de pertenencia a un grupo. Membresía que debe actualizarse cada vez que los eventos lo imponen. Como en la que Bernard Crick llamaba “antipolítica estudiantil”, propia de jóvenes que se entienden obligados a declarar su posición sobre todos los acontecimientos, siempre como una cuestión de principios. Porque de eso va la cosa, de principios.

Como hace poco decía David Brooks, en un artículo publicado en The New York Times: “En el pasado, la moralidad se trataba de amar y trabajar por los demás, pero ahora se trata de mostrarse indignado por las cosas que otras personas están haciendo mal. Cuando te sientes indignado, estás demostrando que tienes una conciencia moral superior. En realidad, no tienes que hacer nada. Tu indignación en sí es una señal de que eres buena persona, y si puedes estar indignado más rápido que los que te rodean, pues eso demuestra que eres mejor que ellos”. Así, acredito mi superioridad moral y la profundidad de mi compromiso con la causa, indignándome con el evento que las redes pongan en cartelera ese día.

Después de todo, en el Antiguo Testamento la ira de Dios no es sino una expresión de su santidad. Y del celo por su nombre, claro. Ese cuidadoso esmero por uno mismo que Chul Han, en otro de sus libros, En el enjambre, identificó en el movimiento de los indignados: “en gran medida es una preocupación por sí mismo”. Lo que es tanto como decir, por las propias opiniones (doxa no solo significa opinión, también fama).

Posverdad. Esa es la relación de este asunto con el de la posverdad: si la gente no cambia de opinión frente a la evidencia o a mejores argumentos, es por algo que Adorno anticipó en un pequeño texto llamado Opinión, locura, sociedad: el narcisismo atrinchera a las personas en su propia opinión. Convierte la opinión en una parte del yo, de modo que todo lo que parezca debilitarla se vivencia como una amenaza personal. En palabras de Fernando Vallespín: “esta predisposición a la autoafirmación nos dotaría de una especial astucia para defender hasta lo más disparatado… endurece la opinión hasta el punto de que no se puede modificar ni se puede ver su absurdidad”.

Fromm aporta un elemento adicional: la mercantilización de la persona. El propósito en la vida no es ya la felicidad o la realización personal, sino hacerse “vendible”. Lo que termina por dificultar, aún más, que los individuos, escenificada la alharaca del cabreo, rectifiquen por respeto a la verdad: “dado que el éxito depende en gran manera de cómo vende cada cual su personalidad, uno se experimenta a sí mismo como una mercancía”. Lo que provoca que acabemos siendo presa de las exaltadas opiniones que otros han “comprado” de nosotros y por las que nos han apreciado. Mejor ¡a otra cosa mariposa!, que de todas formas la fugaz vigencia de los acontecimientos en agenda permite olvidar las metidas de pata y mantener incólumes las credenciales de uno como indignado moral legitimado para explotar contra el siguiente escandalillo.

Son mentiras ideológica y existencialmente condonadas. Un nuevo tipo de mentiras piadosas que acaban siendo mentiras despiadadas si se consideran sus efectos sobre los chivos expiatorios encima de cuyos huesos se erigen. Que el humorista no había hecho un chiste sobre violencia contra las mujeres, que el adolescente católico no se le había plantado al frente al nativo americano para hostigarlo, que la Sala Constitucional no rechaza documentos porque vengan con firma digital, que a la muchacha no le dejaron en el vientre el feto muerto durante una semana y que el asaltante del BAC no gozaba de beneficio carcelario. Sí, ya todo eso hoy lo sabemos y sabemos que explotamos indignados sobre la base de mentiras. Pero eso es lo de menos. La verdad es lo de menos. ¿Retractarme de una publicación? ¡jamás! Yo, cuando me indigno, me indigno con razón y aunque aquellos hechos puntuales se demostraron falsos, mi causa es justa y eso me hace mejor persona. ¿Like?