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¿Es el momento de la epidemiología?

Nunca en la historia la palabra ‘epidemiología’ había sido mencionada tantas veces como en estos dos años

Nunca en la historia la palabra epidemiología había sido mencionada tantas veces en conversaciones casuales, notas de prensa, discursos de autoridades y documentales reproducidos cientos de miles de veces en el mundo. Una palabra difícil de pronunciar hasta hace dos años entró a formar parte de nuestro léxico cotidiano.

La gente sabe o tiene noción ya sobre qué es una epidemia, un brote y una pandemia; está familiarizada con conceptos como curva epidémica, pruebas de antígenos y de anticuerpos, cuarentena, aislamiento, recuperado, inmune, inmunidad de rebaño, R0 y Rt, eficacia vacunal, vacunas —de diversas tecnologías—, etc.

Tal ha sido la exposición mediática sobre la materia que las personas se toman la libertad de opinar con gran convicción, cual doctas, aunque no llegan ni a legas; hay quienes incluso se atreven a cuestionar lo que algún epidemiólogo dice. El efecto Dunning-Kruger masificado.

Hablo de la epidemiología, no de la pandemia, porque la segunda es imposible sin la primera. Salgo en defensa de la epidemiología y, con algo de pena y en un acto de contrición, debo decir que hay muchos, quizá yo también, que, como epidemiólogos, tocamos la epidemiología con las manos sucias y la usamos incorrectamente, con desatino o, peor aún, desprecio por la correcta aplicación del método epidemiológico.

A veces, aun cuando creo que no tantas, la crítica a los epidemiólogos está bien granjeada, pero no quiere decir que sea la epidemiología la que se equivoca.

Para comprender esta disciplina científica, debemos comenzar por entender que no es una ciencia en sí misma ni, mucho menos, una ciencia exacta. Se nutre de otras ciencias y especialidades, como estadística, medicina, farmacia, biología, microbiología, genética, ómicas (genómica, proteómica, etc.), sociología, antropología, psicología, geografía y una larga lista, que convierten la epidemiología en una materia que busca, por medio del método científico (epidemiológico), catalizar todos esos saberes en pro del análisis de la distribución, las tendencias y el comportamiento de los eventos (no solo enfermedades propiamente dichas) y sus determinantes (causas). Todo ello con el propósito de prevenirlos y controlarlos.

La epidemiología ha sido relacionada con problemas exclusivamente de la salud, es decir, las enfermedades; sin embargo, sus aplicaciones abarcan la explicación de fenómenos sociales, como pobreza, deserción escolar, repitencia, hogares disfuncionales, supervivencia de las empresas o de los matrimonios, entre otras.

Pero intentar explicar un evento que no ocurre por obra del azar, entraña la dura tarea de identificar todas sus posibles causas, sus relaciones y sus efectos.

En ello, aunque se utilizan métodos muy robustos, siempre hay un componente esencial: la incertidumbre. Lidiar con ella es, en mucho, el arte del epidemiólogo, que complementa todo su arsenal de conocimiento y experiencia.

Si bien es cierto que muchos fenómenos ocurren en forma más o menos constante, lo que es más constante aún es la variabilidad. De ahí que los modelos estadísticos explicativos tienen siempre un gran componente de error, una porción no explicada; diría, sin pena alguna, una parte imposible de explicar.

Ni que decir de los modelos predictivos, que requieren que los factores (variables) se comporten de una forma casi invariable para que el resultado ocurra en la realidad, dentro de un intervalo de confianza (o de incerteza).

Lo anterior es particularmente azaroso, a pesar de todo el conocimiento y la información disponibles, si uno solo de los elementos incluye componentes de alta variabilidad y gran efecto sobre el resultado final.

El caso típico es el factor humano. Es casi imposible saber cómo reaccionarán las personas ante un evento, una petición, una regulación o un mandato. Lo hemos visto durante esta pandemia. Hay quienes creen que se trata de una conspiración diseñada por agentes con intereses económicos particulares y ansias de dominación; están los que creen todo tipo de variopintas teorías sobre los “reales” propósitos de las vacunas anti-covid-19; no podemos dejar de lado los que, a pesar de creer en la ciencia, abusan de ella y no siguen recomendaciones para evitar contagiarse; o incluso los científicos que, no obstante su sólida formación académica, dudan de las vacunas anti-covid-19 aunque no respecto de otras. Lugar especial ocupan los antivacunas, los anticiencia y los antitodo; diría, los clientes de la anarquía, los antisistema.

En esas condiciones, a las que hay que sumar fenómenos políticos, geopolíticos, económicos, sociales y de muchos otros rasgos y orígenes, el epidemiólogo debe intentar contextualizar los eventos, explicarlos y, en la medida de lo posible, predecir lo que podría ocurrir.

He escrito premeditadamente “lo que podría ocurrir”, porque tal pronóstico no deja de ser una probabilidad dentro de un intervalo de incerteza, resultado de los vertiginosos, impensables e impredecibles cambios que ocurren a cada minuto en la totalidad de los aspectos de la vida. El SARS-CoV-2 y la covid-19 nos han enseñado que sea cual sea el escenario que creíamos que ocurrirá no siempre será así.

¿Quiere decir lo anterior que la epidemiología no tiene sentido porque está sujeta a errores de estimación y a constantes cambios? Todo lo contrario, quiere decir, más bien, que, a pesar de los elementos en contra, la correcta aplicación del método epidemiológico ha permitido salvar millones de vidas a lo largo de los tiempos, por ejemplo, durante la pandemia de covid-19.

Lo que quiero dejar claro es que la epidemiología, como disciplina, aun empleando con todo el rigor el método científico, posee margen de error y, por tanto, es que se tiende a hablar en términos de “probablemente”, “riesgo”, “entre tal y tal valor”, “si las condiciones actuales se mantienen”, “si el virus no muta”, etc.

La epidemiología se aprende formalmente en la universidad, se amplía con el estudio diario, constante y selectivo, pero se afina y perfecciona en la vivencia diaria y el trabajo de campo, ya sea gastando suela o diseñando modelos matemáticos de alta sofisticación, con el fin de brindar apoyo a sistemas de salud pública, a propiciar la producción de nuevas medicinas, terapias o dispositivos.

Quizá, al final, lo que pido es un poco más de comprensión del público para quienes pretendemos desarrollar la mejor epidemiología posible, y, a la vez, mayor responsabilidad para quienes ejercemos tan apasionante pero comprometedora disciplina científica.

¿Es este el momento de la epidemiología como disciplina científica? Estoy seguro de que a partir de ahora muchas escuelas de ciencias médicas y salud se tomarán más en serio la enseñanza de esta dentro de sus planes de estudio; del mismo modo, estoy seguro de que muchas instituciones públicas, relacionadas con la salud o no, y empresas privadas verán las ventajas de contar con personal especializado en esta disciplina.

Sin la cantidad de personas formadas en epidemiología en los últimos 20 años, el desenlace de la pandemia y otras que nos han afectado antes, habría sido peor.

juan.romero.zuniga@una.ac.cr

El autor es epidemiólogo y profesor de la maestría en Epidemiología en la Universidad Nacional.

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