Armando González R.. 11 agosto

En las montañas de Asturias, verdes y rocosas, mineros y agricultores se reúnen en el chigre, al mismo tiempo cantina y club social, para jugar a la baraja, reír unos a costa de otros y escuchar a los ancianos, nostálgicos, relatar vivencias en bable, la lengua regional, tan dulce como el gallego de las provincias vecinas.

En verano, la conversación se anima con sidra y en invierno con vino blanco, azucarado y caliente, cuando no hay ánimo de orujo, es decir, fuego extraído de la uva destilada. En los ochenta todavía abundaban los relatos de la guerra (en España no hace falta decir de cuál).

No dejaba escapar del relato una sola nota de ironía. Las aprovechaba todas para ilustrar el sinsentido de la guerra

El único requisito para acreditarse como protagonista era la edad. Ningún español afincado en la península dejó de participar, aunque fuera como víctima. Así es la guerra desatada con la furia del Guernica. Nadie puede olvidar y nadie en su sano juicio esperaría el olvido de aquel anciano del chigre, obligado a pelear, hoy por una causa y mañana por la contraria.

Llegaban los socialistas y ¡hala!, a luchar por la república, la revolución o la democracia. Venían después los nacionales y de vuelta al frente, ¡por Dios y por España! El viejo nunca supo por qué peleaba. Su reclutamiento forzoso, por no decir secuestro, lo contaba con humor negro. No dejaba escapar del relato una sola nota de ironía. Las aprovechaba todas para ilustrar el sinsentido de la guerra.

Sabía de cabras, corzos y rebecos. También de vacas casinas. No aspiraba a más conflictos que la rivalidad con los mozos de Villaviciosa, tan impertinentes con los de Campo Caso en las fiestas pueblerinas. Pero le pusieron un fusil en las manos y luego otro para llevarlo a morir, si la suerte lo abandonaba, o a matar, si no se le alejaba del todo.

Al otro lado del Atlántico, y de las décadas, Juan Pérez camina por la trocha fronteriza. Huye, una vez más, de la guerra. Se confiesa marcado para siempre por los conflictos de fines del siglo veinte en Nicaragua. A su madre la mataron los sandinistas, al padre, los contras. La muerte, como él y como el anciano de Asturias, no escogió bando.

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Hoy, no puede ser neutral. Lo de Nicaragua no es una guerra, sino una ola de represión unilateral. Los responsables, Daniel Ortega y Rosario Murillo, militan en el mismo bando. El régimen, dice Juan, es como una epidemia. Todo lo daña. Tampoco conoce límites cuando lidia con sus adversarios. No hay lugar para dudas y no hay confusiones, solo sufrimiento, también sin sentido.

El autor es editor general del Grupo Nación y director de La Nación.