Armando González R.. 12 septiembre

La educación cívica estará incompleta mientras la desinformación y su efecto corrosivo sobre los valores democráticos sean temas secundarios. Sin exagerar, esos fenómenos ligados con el desarrollo tecnológico reclaman preeminencia en la formación de los jóvenes, por el bien de ellos y de la sociedad.

En el plano individual, la desinformación atenta contra la salud, como los hemos visto con claridad en tiempos de pandemia. Las curas milagrosas y las promesas de inmunidad adquirida mediante el consumo de sustancias químicas o productos naturales pueden causar daños directos o crear un falso sentimiento de seguridad.

Atenta, también, contra el bienestar material. Incontables ardides cazan incautos en las redes sociales y su éxito es sorprendente. No se trata de seguridad informática propiamente dicha, como la prevención del robo de claves o el hackeo de una máquina, sino de información engañosa publicada para esquilmar al prójimo.

Pero las consecuencias de mayor alcance operan sobre el cuerpo político. La desinformación desgasta el tejido social incitando al odio y confirmando prejuicios. Desune y confronta mediante la promoción del racismo, la xenofobia, la homofobia y todo tipo de resentimientos. Lo vimos en los violentos incidentes del parque La Merced y las fotos montadas de una legisladora con pancartas a favor del aborto.

Al mismo tiempo, la desinformación desgasta la confianza depositada en las instituciones y las hace blanco de sospechas infundadas. Ni siquiera el Tribunal Supremo de Elecciones está libre de ofensivas informáticas dirigidas a restarle credibilidad. Ningún otro despacho se salva, pero si algo ha librado a Costa Rica del triste destino de muchos países hermanos es la fe en la pureza de los comicios.

El daño es devastador, como puede comprobarse en democracias avanzadas de todo el planeta. La desinformación digital ya ha alterado procesos electorales y valores republicanos. Ha cambiado el curso de la historia y crea oportunidades para manipularla. En sus esferas cerradas, las personas confirman sus prejuicios alejadas del efecto saludable del diálogo con quienes opinan diferente.

Sobre la descomposición de la institucionalidad democrática renace el totalitarismo de cualquier signo, especialmente, en los últimos años, el fascismo en variadas versiones. La desinformación y las redes sociales han hecho méritos de sobra para figurar en los cursos de Cívica, no un año, sino varios.

agonzalez@nacion.com