Jorge Vargas Cullell. 8 enero

No es cuento, por supuesto, y tiene que ver con el 2020, el nuevo año que amanece. Resulta que hace un buen rato ya, a inicios de este siglo, me hice el examen de la licencia para conducir en uno de los “consultorios” que pululaban por las oficinas del MOPT central.

Me pasan con el doctor, me siento; el tipo pregunta, sin verme, el nombre y la cédula, marca un montón de casillas en el formulario, firma y sella, y menos de un minuto después me da el “examen”. Miro el documento y noto que puso que tengo una visión “20/20”, 2020 si ustedes quieren, y le digo: “Pero ¿cómo puede ser, si uso anteojos?”. Agarra de vuelta la hojita, la rompe, y me dice: “Ah, es que no me había dado cuenta”.

Mejor empezar el año amarrado a la esperanza de que las cosas no están fatalmente escritas, a pesar de acontecimientos trágicos como los conflictos en Oriente Próximo o los terribles incendios en Australia.

Ese fue mi primer encuentro, premonitorio, con el 2020. Que recuerde yo, no es una cifra que haya escrito con frecuencia o que haya leído en documentos. Es una cifra ajena, excepto aquella vez, y ahora, cuando por trescientos sesenta y pico días la pasaré escribiendo un montón de veces.

En esa ocasión, salí del cuchitril (que, para redondear la historia, estaba en un parqueo), enojado por el fiasco del tal examen de licencia. Afortunadamente, las cosas han cambiado, y para bien, al menos en mi experiencia, pues las últimas veces me han hecho una revisión sencillita, es cierto, pero metódica. Sin embargo, lo que pasó, pasó, y quedó en mi memoria.

Con los años —seguro las canas me han reblandecido, diría un tango—, he abierto las puertas a la duda: ¿Y si el tipo realmente leyó mi deseo profundo de tener una vista perfecta, como la que tuve fugazmente de chiquito, y me hizo el favor de plasmarlo en un documento oficial? Debería, entonces, darle las gracias.

En este inicio de año, quisiera aferrarme a la duda. Prefiero pensar en la posibilidad de que mi primer encuentro con el 2020 haya sido un acto de generosidad encubierta (muy escondido —concedo— por la parafernalia de la desvergüenza) y no lo que casi de seguro fue: una muestra vívida de la mecánica nacional en ciertos ámbitos de nuestra vida social.

Mejor empezar el año amarrado a la esperanza de que las cosas no están fatalmente escritas, a pesar de acontecimientos trágicos como los conflictos en Oriente Próximo o los terribles incendios en Australia. ¿Autoengaño? Pudiera ser; lo sabremos pronto. Por ahora, abrigo ilusión, pues esta siempre trae la promesa de nuevos horizontes y me permite desear un feliz año a todos.

El autor es sociólogo.