Jorge Vargas Cullell. 2 octubre, 2019

Decía yo la semana pasada que, para los dictadores, “se trata de resistir las presiones, reprimirlas y aguantarlas, con tal de sobrevivir y enriquecerse”. Pues bien, a propósito de esa reflexión, esta semana analicé los resultados de un estudio de opinión pública en Nicaragua y para Daniel Ortega los números, si bien en un terreno negativo, muestran una mejora en relación con meses atrás (Borge y Asociados, setiembre del 2019).

Para Costa Rica los números son preocupantes: la dictadura tiene una resiliencia política mayor a la esperada y la crisis nicaragüense puede convertirse en crónica.

Dos terceras partes de las personas creen que la situación económica en Nicaragua empeoró en los últimos meses (64,4 %) y casi tres cuartas partes opinan que es peligroso hablar de política aun entre amigos (73,3 %). Ambas percepciones están alineadas con la situación que vive la gente: la Fundación Nicaragüense para el Desarrollo (Funides) estima que la economía nicaragüense se contraerá nuevamente este año y el temor a hablar es una respuesta lógica al clima de represión instaurado por Ortega.

Varios datos claves, sin embargo, apuntalan al dictador, y lo digo con mucho pesar. Logró detener la hemorragia de apoyo popular y retiene una importante base política. Una cuarta parte de los electores votarían por él. El partido sandinista es la agrupación política con más arraigo entre la gente, con una simpatía diez veces mayor al segundo (un 40 % frente al 4 %). Finalmente, la mayoría de las personas no están apuntadas con la oposición.

Podría pensarse que los resultados están afectados debido al temor de las personas a hablar francamente. Sin embargo, esta distorsión no alteraría las tendencias favorables para Ortega, pues su efecto se distribuiría sistemáticamente a lo largo de las distintas mediciones.

Vuelvo al punto inicial. Ortega atiempa la crisis política, la amasa, gana tiempo, retrasa y enreda las decisiones, maniobra para dividir la oposición, a la espera de la oportunidad que necesita para amarrar el futuro suyo y de su camarilla.

Para Costa Rica los números son preocupantes: la dictadura tiene una resiliencia política mayor a la esperada y la crisis nicaragüense puede convertirse en crónica. Siendo uno de los principales socios comerciales, un mercado para nuestras pequeñas y medianas empresas, es una mala noticia en un mal momento. Por otra parte, el país debe prepararse para oleadas migratorias, mejorar la calidad de las políticas de atención y evitar brotes xenófobos. Menuda tarea.

El autor es sociólogo.