Jorge Guardia. 27 agosto

Varias preguntas incómodas le formularon al nuevo presidente del Banco Central, Rodrigo Cubero. Incómodas, quiero decir, desde el ángulo de quienes esperaban respuestas complacientes o, al menos, afines a su forma de pensar. ¡Pero nada! El jerarca les recetó respuestas aún más incómodas. Sin duda, los desilusionó.

Por ser el crecimiento real inferior al potencial, hay espacio para una política monetaria más laxa sin comprometer las metas de inflación

La primera versa sobre la encendida polémica en campaña de si el tipo de cambio estaba en equilibrio o era necesario un ajuste. Unos insistían en que sí; otros opinábamos que no. La respuesta de Cubero (a ojo de buen cubero) nos dio la razón. Dijo: “El tema de si estamos o no en punto de equilibrio del tipo de cambio lo que sugiere el mercado cambiario en este momento es que la oferta y demanda de divisas están más o menos equilibradas”. ¡Contundente!

La segunda buscaba una redefinición de la política cambiaria, algo para apaciguar a quienes pretendían que el Banco se desentendiera del mercado cambiario, lo lanzara por la libre y se dispararan las cotizaciones. Le insinuaron: “El sistema de flotación administrada era más administrado que flotación y pareciera que bajo su gestión va a nivelar las dos palabras”. De nuevo, una decepción. Aunque estuvo anuente a aumentar la flexibilidad, insistió en que sería gradual y que, en todo caso, siempre estaría dispuesto a intervenir para evitar oscilaciones violentas, como reza la vieja decisión de la Junta Directiva. Agregó que hay muchos deudores no generadores de divisas y es importante hacerlo gradualmente para no comprometer las expectativas inflacionarias.

Para mí, buscar coherencia en su nueva política cambiaria exige amalgamar las dos respuestas: si el tipo de cambio es de equilibrio, más flexibilidad no significa, necesariamente, devaluar, sino permitir alzas y bajas: volatilidad.

Enfadó también a quienes lo criticaron por dar más espacio a Hacienda en las subastas y a quienes vaticinaban una subida de la tasa de política monetaria. Aclaró que esa tasa estaba donde debe estar (5 %) y no había tal complacencia con Hacienda. Por ser el crecimiento real inferior al potencial, hay espacio para una política monetaria más laxa sin comprometer las metas de inflación. Más liquidez y menos presión en las tasas —agrego yo— ayudaría a la reactivación, según la buena teoría. Finalmente, amohinó a quienes querían ver más inflación. Se casó con una baja y estable: 3 % anual (+-1 punto porcentual). Al dar el sí, elevó una justa plegaria para los consumidores. ¡Bendiciones!