Jorge Guardia. 4 noviembre

Un pequeño, pero selecto grupo de lectores sigue fielmente esta columna cuando se aleja de los ásperos temas económicos para abrazar otros distintos, propios del ser humano. Es gente de mi generación, inclinada a lo emotivo y literario, a quienes he tenido en abandono. Hoy, les traigo una canción transcendental: What the world needs now. Fue compuesta por Hal David y Burt Bacharach, interpretada con mucho feeling por Dionne Warwick en 1966 y reivindicada por la rebelde juventud parisina en 1968, cuando protestaban sin saber por qué o contra quién; también, en los riots en Cambridge, Massachussets, donde cursé mis estudios universitarios (1969), en las revueltas de California por la guerra de Vietnam (y su famosa pancarta: “Make love, not war”), y ahora cobra vida en “Chile despertó”.

La clave de la felicidad es el amor. ¿Descubrió el agua tibia? El asunto es más complejo.

Ellos buscaban la felicidad sin aceptar que esa ansiedad colectiva se debía librar primero en el fuero personal. En esos años, en un stand de música en Harvard Square, vi a una joven esculcar en un escaparate discos de acetato de Warwick. Tenía ojos cafés, inconfundibles, de la mujer costarricense. Intrigado le pregunté: “Do you know the way to San José?” (otra bella grabación de Warwick) y ella, sonriendo, respondió: “I do”. Celebramos el encuentro como si nos conociéramos de siempre, y terminamos la tarde en un café. Le pregunté de la infelicidad estudiantil. Me relató un estudio de la Universidad de Harvard, de renombrados psiquiatras sobre las verdaderas causas de la felicidad. Después, se fue a Washington a buscar trabajo y yo regresé a San José. Nunca la volví a ver.

Años después, el Dr. Robert Waldinger, conductor del estudio, reveló detalles de la investigación. Entre muchas variables, rescató una constante: la clave de la felicidad es el amor. ¿Descubrió el agua tibia? El asunto es más complejo. Hay tres dimensiones: 1. Relaciones cercanas: aquellos que permanecieron en estrecha unión con sus familias, amigos y vecinos tendían a ser más felices que los seres solitarios, como yo. 2. La calidad, no la cantidad, de relaciones coincide con la edad: de joven, muchas y, a veces, revoltosas; en la madurez, pocas, pero gratificantes. 3. Parejas estables y solidarias viven en plena armonía. Pero ninguna habla de una felicidad colectiva.

Para Warwick, el mundo necesita más amor, no solo para unos, sino para todos. ¡Poético! Pero debemos redimirnos internamente antes de inculpar a los demás.

El autor es abogado y economista.