Columnistas

El trágico ‘déjà vu’ afgano

La naturaleza radicalmente sectaria del talibán hace en extremo difícil todo asomo de pragmatismo

Tras 20 años de entrar en movimiento, la rueda de la intervención militar estadounidense en Afganistán regresó a su punto de origen: los talibanes al mando del poder central. La gran pregunta es si esta vuelta total, mediada por enormes pérdidas humanas y materiales y el colapso de un gobierno inepto (lo peor), pero también del disfrute de derechos hasta entonces ausentes (lo mejor), implicará un regreso completo al «statu quo» previo. Me refiero a la reinstauración de un régimen oscurantista, cruel, primitivo, dogmático y misógino, que además se convierta en santuario para grupos terroristas islámicos, llámense Al Qaeda o como quieran.

Este es uno de los polos en la escala de lo probable. En el otro se perfila la esperanza de que una presunta «madurez», combinada con las realidades de gobierno, la carencia de cuadros técnicos y la necesidad de acuerdos intertribales para mantener cierto control territorial, induzca a los talibanes a cierta moderación.

Me temo que el péndulo se inclinará hacia el primer extremo, y que todo avance hacia el segundo, de darse, será errático y pasará primero por la escenificación del lúgubre libreto previo al 2001.

La naturaleza radicalmente sectaria del talibán, que se nutre de los acervos e interpretaciones más oscuros, crueles e inflexibles del islam como móviles de inspiración, fuentes de legitimidad y motores de acción, hace en extremo difícil cualquier asomo de pragmatismo. Los discursos apaciguadores —pero siempre autoritarios— durante su campaña final y tras la toma de Kabul pierden sentido frente a los hechos que los contradicen y a la esencia de un movimiento que sin dogma absoluto dejará de ser. Por esto, debemos esperar lo peor para los afganos.

Tal es la gran tragedia a que conducirá el giro de 360 grados en que concluyen la fallida intervención y desastroso acto final de Estados Unidos. No desdeño la gravedad del golpe a su credibilidad como aliado, a la estabilidad regional y a los pesos y balances geopolíticos. Pero frente al espectro de una tragedia humana, estas consideraciones de realpolitik palidecen. La traición, si es que la palabra cabe en estas decisiones, no ha sido contra el gobierno o los militares afganos. Su gran y lamentable víctima es el pueblo. Un «déjà vu» indignante, pero no sorprendente.

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