Columnistas

‘El brindis del bohemio’

Por la década del 1950, el 24 y el 25 se dedicaban a los niños y el 31, a los mayores. Pero había un poema que no podía faltar y de eso les hablaré hoy

Allá por la década de 1950, en la Meseta Central, los últimos días de diciembre se disfrutaban así: el 24 y el 25 se dedicaban a los niños, y conforme avanzaban los días llegaba el turno de los mayores.

La noche del 24 era famosa por las visitas a la avenida central de San José para, estrenando ropa, “ver ventanas” llenas de los más novedosos juguetes, lanzar confeti a diestra y siniestra y regresar a la casa a esperar la llegada del Niño Dios, quien, en la Nochebuena, traía regalos (no se conocía nada de Santa Claus, Papá Noel ni san Nicolás).

Al día siguiente, se asistía a las fiestas de “plaza Víquez” (plaza Cleto González Víquez, en San José, cerca del Liceo de Costa Rica). Se disfrutaban la rueda de Chicago, el tobogán, los caballitos, el algodón de azúcar, los tamales, el pozol y los tacos mexicanos, entre otros. No se vendía, entonces, comida china.

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