Columnistas

Convivencia democrática en un mundo hiperconectado

Las personas y naciones no debemos resignarnos a ser espectadoras y, menos aún, fichas instrumentales del ajedrez tecnológico cambiante, invasivo y multidireccional

Desde los inicios de la historia, la especie humana ha estado interconectada. Originalmente, nuestras redes eran inmediatas, determinadas por vínculos sanguíneos y la proximidad física y geográfica. A partir de la creación de la internet, la conectividad se aceleró e intensificó hasta llegar al mundo globalizado e hiperconectado de hoy. Y aunque no todas las personas del mundo están conectadas, todas se ven afectadas por las redes globales.

Según el sociólogo Manuel Castells, en la sociedad actual, o “sociedad red”, compuesta por millones de redes mutuamente entrelazadas, los procesos de comunicación influyen decisivamente en la manera en que construimos las relaciones de poder y también en cómo las desafiamos. Es decir, la hiperconectividad está mediatizando el ejercicio del poder en todas sus formas y ámbitos. Ha minado la verticalidad del poder político, religioso, económico, financiero, militar, familiar, el de los medios de comunicación, etc. A la vez, ha facilitado la operación de los grupos insurgentes, el terrorismo, el crimen organizado, los ciberdelincuentes y toda forma de contrapoder.

Las nuevas formas de activismo generan un tsunami de respuesta instantánea —de personas reales y artificiales— y ponen mucha presión sobre los gobiernos, los partidos políticos y otras estructuras de poder que aún no atinan cómo gestionarla adecuadamente.

‌
‌

‌

‌
‌

‌

‌